He vuelto de Santander muy contento: hizo muy buen tiempo (incluso demasiado calor para mi gusto), la organización y la atención del curso fueron impecables, las actividades extraescolares y complementarias, por utilizar la terminología que acostumbramos a utilizar los profesores de Secundaria, cumplieron sobradamente las expectativas y se prolongaron hasta altas horas de la noche y, aunque esté mal que yo lo diga, la ponencia me salió bastante bien.

Lo confieso ahora que ya he cumplido con las obligaciones contraídas: tenía un poco de mieditis ante el relumbrón de la UIMP y de los participantes en el curso de La lengua castellana en el nuevo marco curricular. Mientras una furgoneta de la UIMP me conducía al Palacio de la Magdalena, pilotada por un conductor que bien hubiera podido pasar por modelo de Armani, las abejas me revoloteaban en la boca del estómago. Sin embargo, como también suele pasarme, una vez en la tarima y con las herramientas de trabajo bien afiladas y engrasadas al alcance de la mano, se me pasaron los miedos en un santiamén.

A eso ayudó, sin lugar a dudas, el calidísimo recibimiento que me dispensaron el director y el secretario del curso (Luis González Nieto y Felipe Zayas, respectivamente), a quienes sólo había tratado a distancia. Ambos me acogieron como si me hubieran conocido de toda la vida. Y lo cierto es que disfruté en su compañía: en la de Felipe, que además de ejemplo de innovación didáctica ambulante es un tipo con una envidiable capacidad para disfrutar de la vida; en la de Luis, un hombre entrañable que cuenta unas historias maravillosas sobre los entresijos de la vida santanderina; y por supuesto también en la de Tíscar Lara, la gurú de la blogosfera más accesible y simpática que uno pueda concebir. Aquí van algunas fotos, a título de testimonio del encuentro; corresponden a la cámara digital de Tíscar Lara y son mucho mejores que las tres que incluí en la primera redacción de este artículo (y es que mi PDA hace lo que puede y puede más bien poco).

Felipe Zayas, Tíscar Lara y Eduardo Larequi en el Palacio de la Magdalena

Felipe Zayas, Tíscar Lara y Luis González Nieto en el Palacio de la Magdalena

Felipe Zayas, Luis González Nieto, Tíscar Lara y Eduardo Larequi en el Palacio de la Magdalena

Me alegro también del viaje por motivos más prosaicos y personales: he vuelto a ver Laredo, más grande, pero igual de hermoso que siempre, bajo la protección de su bahía y la hercúlea fortaleza del peñón de Santoña. Y qué decir de Santander, con ese paseo marítimo bajo la luz septembrina, que parece salido de un sueño adolescente: el rumor del mar, el chiar de las gaviotas, las olas rizadas por el viento, las chicas de buena familia, bellísimas, paseando en grupos desenfadados y alegres, sus ojos brillantes de luz y juventud… Aunque no tanto como quisiera, he tenido tiempo para callejear por la capital cántabra, para tomarme varios cucuruchos de limón en las innumerables heladerías que jalonan la fachada marítima de la ciudad y para dejarme caer por la librería Estvdio (un caos maravilloso de papeles), donde he comprado la biografía de Borges a cargo de Edwin Williamson y un volumen de estudios sobre la narrativa de mi admirada Cristina Fernández Cubas.

Además, he devorado en el viaje en autobús Muerte en un país extraño, de Donna Leon, que es, hasta la fecha, el libro que más me ha convencido de entre los que he leído de la escritora afincada en Venecia. Creo que, a pesar de sus fallos como novelista (ya los comenté en la reseña de Vestido para la muerte y por tanto no los repetiré aquí; en Muerte en un país extraño siguen siendo visibles, pero la historia tiene una cierta grandeza trágica, no exenta de melodrama, que casi los hace pasar desapercibidos) la seguiré leyendo, entre otras razones porque a lo largo del verano Pilar ha comprado y leído, a velocidad de vértigo, la práctica totalidad de la serie novelística protagonizada por el comisario Brunetti. Y por si no hubiera habido suficientes alegrías, he disfrutado como un chaval con la paliza que le propinó la selección española de baloncesto a la de Grecia, con un Rudy Fernández colosal que amenaza con disputar el estrellato al mismísimo Pau Gasol.

Me queda ahora la tarea de retocar la ponencia, a efectos de su posible publicación. No es la tarea más apasionante del mundo, pero prometo abordarla con entusiasmo. No creo que pueda hacer públicos los materiales en el blog, porque las normas de publicación exigen que la ponencia sea inédita, y la presentación con que la ilustré vale de muy poco sin los casi cuarenta folios del texto. Lo que sí puedo hacer es transcribir aquí unos ripios de circunstancias escritos para la ocasión, a fin de ilustrar las posibilidades didácticas de las aplicaciones Sílabas y Zurdo2; los recité, con toda la pompa y aparato de que fui capaz, al término de mi charla, y por lo menos conseguí que el público se riera, que no es poco:

Heme aquí, ya en Santander,
con las TIC, un gran saber,
y en casa de Marcelino,
hombre de gusto muy fino,
ante docta concurrencia,
que aun en verano hace ciencia,
con un portátil por banda,
que al menos no se desbanda,
y cien enlaces selectos
para agudos intelectos.

Es un placer hoy mostrar
lo que las TIC nos ofrecen:
webquests que hermosas florecen,
del jardín curricular.

Blogs y sus primos, los wikis,
para escribir en cuadrilla:
para el torpe, maravilla
y alucine pa’ los frikis.

Correctores cibernéticos
con que recordar acentos
y evitar gazapos cruentos
de los faltones frenéticos.

Hay en línea bibliotecas,
diccionarios, buscadores
donde encontrar escultores
que tallen bustos olmecas

o la estrofa más huraña
de un poeta asaz sutil,
capaz de escribir diez mil
a cuál más rara y extraña.

Y hasta ayudan a rimar,
las TIC, y a versificar.
Y con ellas hasta el verso
más difícil y perverso
¡qué fácil de analizar!

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