Aunque el título de la entrada lo sugiera, no voy a escribir una reseña de la celebérrima película de François Truffaut, sino otra cosa muy distinta. Aprovechándome del tirón del film (que me disculpen mis lectores por recurrir a un truco bloguero tan viejo y tan evidente), quiero aludir a un hecho más humilde y cercano: que en sus treinta meses de vida La Bitácora del Tigre acumula ya en su base de datos nada menos que cuatrocientas entradas, además de doce páginas estáticas. Sale, pues, a algo más de diez entradas al mes, lo que no está del todo mal.

En su día me prometí a mí mismo disparar fuegos artificiales virtuales el día que el blog acumulara un millón de palabras. Ignoro por dónde andará la cifra ahora, porque el plugin que controlaba esta cifra se perdió en alguno de los muchos cambios y transformaciones que ha sufrido la bitácora. No puedo disparar la autoprometida colección de salvas de artillería (y me da pena no hacerlo, porque me encanta el olor de la pólvora), de modo que tendré que conformarme con una celebración más modesta.

Que puede ser, por ejemplo, y a tono con la vocación cinéfila de este blog y con el título de la presente entrada, una cita del film de Truffaut con el que ésta comenzaba. He aquí, pues, la secuencia final de Los 400 golpes, o Les quatre cents coups, que es su título original, con uno de los actores fetiche del director francés (y de la nouvelle vague francesa), Jean-Pierre Léaud, entonces un jovencito de catorce años, en el episodio de la huida del reformatorio, que es todo un canto a la libertad y a la alegría de vivir. Pocas veces el cine ha logrado un travelling tan maravilloso como el que protagoniza el joven Antoine Doinel, que el propio Truffaut reconocía como un cercano trasunto suyo, por la playa interminable y vacía.

http://www.youtube.com/watch?v=yrp3VVR82Go