Paseo por las riberas del Arga

El pasado doce de octubre, aprovechando el buen tiempo y el día de fiesta, nos fuimos a dar un paseo por el Parque Fluvial del Arga, cuyo recorrido entre Pamplona y Huarte no conocíamos. La mañana era espléndida y el aire limpio y quieto; como salimos relativamente pronto, pudimos hacer la mayor parte del paseo en gustosa soledad.

Nos asombró la limpieza y comodidad del recorrido, perfectamente señalizado, lleno de rincones hermosos donde descansar, echar un traguito de agua y ver pasar el agua (y la vida), bajo la fronda rumorosa de los árboles, espléndidamente vestidos de sus colores otoñales. Sotos ribereños, parques, puentes, antiguos molinos y batanes, huertas y casas de labranza (todavía quedan algunas, milagro entre milagros, en pleno casco urbano de Pamplona y en las localidades próximas de Burlada, Villava y Huarte-Pamplona) forman un conjunto tan deleitoso que dan ganas de sentarse en un banco y ponerse a recitar aquellos versos de Nemoroso, en la primera égloga de Garcilaso de la Vega:

Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno

Me quedé estupefacto ante el cambio que ha experimentado una población como Huarte-Pamplona, en la que yo pasé algunos veranos de mi infancia, en casa de mi tía-abuela Anastasia Maquirriain (”la tía Chacha”, tal como la conocíamos en la familia). Sobre todo en la zona aledaña al río, Huarte se ha convertido en una población de amplias avenidas, construcciones muy cuidadas y unos parques amplísimos, luminosos, que quitan la respiración.

Fruto del bucólico paseo es una colección de fotos en Flickr dedicada a las Riberas del Arga. Quien disponga de una línea medianamente potente, puede disfrutar de ella en forma de presentación. Aquí incluyo diez fotos (son setenta y una, en total), a título de ejemplo.

Campos de lechugas en las huertas de la Magdalena Vista de las riberas del Arga, desde el paseo de la Media Luna La Catedral de Pamplona Árbol a la vera del río El Parque Fluvial del Arga en Burlada Frutos otoñales El Parque Fluvial del Arga, en Villava La sede de Foro Europeo, en Huarte El Arga en Huarte Flores y frutos en las huertas de Huarte

También se puede disfrutar de esta colección en la sección de Fotos de La Bitácora del Tigre, aunque a tamaño más reducido. Hay dos posibilidades:

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¡Hola Eduardo!
He disfrutado mucho de las fotos de las orillas del Arga. Están muy unidas a mi vida.

Primero por el paseo que, siempre en otoño, nos llevaba hasta casa del tío Angel, en realidad tío de mi madre, en la vuelta de Aranzadi. Aún recuerdo el fuerte sabor de la leche de las vacas que tenían en los establos y con la que nos obsequiaban como si fuera un tesoro, leche que a duras penas acabábamos… Ibamos por el portal de Francia, el campo del moro y luego por el camino estrecho donde hoy están las piscinas. Aún guardo en la memoria los dorados de los chopos, el olor a humedad del río y el del abrazo de mi tía abuela, mezcla de vaquería, huerta y agua de lavanda…
Más adelante, mis maravillosas borotas de magisterio, cuando todavía estaba en La Normal de la plaza San José, me llevaban una y otra vez a explorar las orillas todavía salvajes, río arriba y río abajo, junto con una compañera de curiosidades. Entonces se veian pequeñas comadrejas, conejos y muchos más animales que no conocíamos…
Ahora, ya con unas pocas canas más, es una placer recorrer entre semana esas orillas con la bici: con un mínimo esfuerzo puedes ir desde Landaben hasta Burlada… Aunque añoro los caminos escondidos, solitarios y salvajes que descubrí en vez de estar perdiendo el tiempo en clase con un afamado psicologo conocido por todos nosotros…

¡Hola Eduardo!
He disfrutado mucho de las fotos de las orillas del Arga. Están muy unidas a mi vida.

Primero por el paseo que, siempre en otoño, nos llevaba hasta casa del tío Angel, en realidad tío de mi madre, en la vuelta de Aranzadi. Aún recuerdo el fuerte sabor de la leche de las vacas que tenían en los establos y con la que nos obsequiaban como si fuera un tesoro, leche que a duras penas acabábamos… Ibamos por el portal de Francia, el campo del moro y luego por el camino estrecho donde hoy están las piscinas. Aún guardo en la memoria los dorados de los chopos, el olor a humedad del río y el del abrazo de mi tía abuela, mezcla de vaquería, huerta y agua de lavanda…

Más adelante mis maravillosas borotas de magisterio, cuando todavía estaba en La Normal de la plaza San José, me llevaban una y otra vez a explorar las orillas todavía salvajes, río arriba y río abajo, junto con una compañera de curiosidades. Entonces se veian pequeñas comadrejas, conejos y muchos más animales que no conocíamos…

Ahora, ya con unas pocas canas más, es una placer recorrer entre semana esas orillas con la bici: con un mínimo esfuerzo puedes ir desde Landaben hasta Burlada… Aunque añoro los caminos escondidos, solitarios y salvajes que descubrí en vez de estar perdiendo el tiempo en clase con un afamado psicologo conocido por todos nosotros…

Te han podido el entusiasmo y la impaciencia, Belén: dos comentarios por el precio de uno. Pero como me hace mucha ilusión que te pases por aquí, no voy a borrar ninguno de los dos.

Un abrazo muy fuerte, y saluda de mi parte a Iñaki y a las niñas.

Preciosos parajes, Eduardo.
Gracias x compartirlos.

Ahora soy una asidua d tu Bitácora.

Saludos.
monse

Bienvenida al blog, Monse. Ayer completamos el paseo, esta vez en la otra dirección del río. Supongo que subiré a Flickr las fotos correspondientes un día de éstos.

Y muchas gracias por visitar al Tigre en su guarida.

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