Cartel de la películaFui a ver Las 13 rosas, la reciente película de Emilio Martínez-Lázaro sobre las jóvenes fusiladas por la represión franquista poco después del término de la Guerra Civil, con el firme propósito de no dejarme conmover. Ya he señalado alguna vez en este blog que tengo la lágrima fácil y me emociono hasta con los anuncios de la radio, de modo que no lo hice por un prurito de impasibilidad o altanería. Más bien tuve presente una observación que más de una vez ha hecho Javier Marías, creo recordar que aplicada al cine español: al llevar este tipo de historias a la gran pantalla, sus productores juegan con ventaja, pues resulta imposible que el espectador no simpatice con los personajes y no apoye su causa.

Con todo, la película me conmovió. Es probable que su recuerdo no sea tan perdurable como lo pretende, pero durante algunos momentos me dejó transido de emoción y de angustia ante el trágico destino de sus protagonistas y lo injusto y cruel de su martirio. Y todo ello a pesar de un comienzo muy flojo, y de su innegable tendencia a abusar de los trucos (no sólo los sentimentales, inevitables hasta cierto punto) y a ceder a la tentación del recurso fácil. Mal comienza, en efecto, Las 13 rosas, pues arranca con unos títulos de crédito un tanto tramposos, que simulan fotos de época y que luego se revelan como planos extraídos de la película, sigue con un mitin del todo inverosímil (mal interpretado y rodado de forma muy desangelada), en el que llevan la voz cantante Virtudes y Carmen, dos de las protagonistas de la historia, y muestra a continuación unas escenas a campo abierto donde los figurantes que desfilan -la típica mezcolanza de falangistas, requetés y soldados regulares, todos ellos cantando el “Yo tenía un camarada”- parecen haber salido de la utilería diez minutos antes de marchar ante la cámara.

Le cuesta coger aire a Las 13 rosas, y asentar un discurso fílmico creíble, entre otras razones porque el diseño de producción es poco convincente. Se echan en falta más escenarios reconocibles para quienes no sean vecinos de Madrid (sólo hay una secuencia suficientemente explícita, en la que aparece la cabeza de la Cibeles protegida por sacos terreros, mientras al fondo se ve el arranque de Gran Vía y la calle de Alcalá, pero incluso ese plano tiene algo de artificial), se abusa de los planos cortos y de interiores, las escenas de masas tienen un tono forzado y algún detalle de ambientación militar parece difícilmente creíble, como por ejemplo el vuelo en formación de una escuadrilla de Junkers Ju 52, a una altura tan baja que podrían haber chocado con el edificio de la Telefónica. La estructura narrativa de la película también influye en la dificultad de hacerse con el hilo de la trama, y es que las historias de las principales protagonistas alternan entre sí, de modo que el espectador tiene que hacer un cierto esfuerzo para ir reuniendo las conexiones que entre ellas existen.

Pero lo cierto es que conforme el film avanza, va ganando en solidez y en interés: las interpretaciones son más sueltas, más apasionadas; los personajes se adensan, cobran fuerza y entidad ante los ojos de los espectadores y toda la historia va creciendo en verosimilitud e intensidad dramática. El hecho esencial de la trama -la llegada a prisión de todas las muchachas, unidas en un mismo y cruel destino- es el factor fundamental que explica esta mejoría. La reclusión en la cárcel permite al espectador apreciar la humanidad vibrante de unos personajes que encuentran en la solidaridad y el auxilio mutuo la única fuerza posible en un ambiente de hacinamiento terrible, de abusos constantes, de adoctrinamiento ideológico feroz. Las secuencias que muestran la alegría de vivir propia de las jóvenes, a través de bromas, risas y canciones, no resultan postizas (bueno, hay una hermosa escena de baile de claqué estropeada por la entrada de una música imposible que rechina como una clara manipulación de la emoción y la alegría del momento), sino al contrario, un elemento de vigoroso contraste con la sordidez y opresión del ambiente carcelario.

De hecho, creo que lo mejor de la película es que consigue hacer creíble (y admirable) la solidaridad interna del grupo de mujeres, la alegría momentánea de su agrupamiento en la prisión y, sobre todo, su creciente desesperación al comprobar la suerte que les aguarda. Hay varios momentos de muy intensa emotividad durante la etapa de encarcelamiento, como el encuentro entre el sargento de la Guardia Civil expulsado del cuerpo (un colosal José Manuel Cervino, cuyas breves apariciones en la gran pantalla dejan un excelente sabor de boca) y su hija Adelina, en una sala de visitas atestada, donde casi es imposible oírse y hacerse entender; el hombre, incapaz de verbalizar su afecto por su hija, acaba manifestándoselo por escrito en un papelito. O la estremecedora secuencia, por cuanto revela de la mezquina crueldad del régimen franquista, en que las presas se ven obligadas a aceptar el sacramento de la confesión si quieren escribir sus últimas cartas a familiares y allegados.

La conjunción del extenso reparto, y particularmente del elenco de actrices escogidas por Martínez-Lázaro, tiene mucho que ver en la credibilidad de la historia. La idea de escoger a actrices relativamente desconocidas, con sólo algunas figuras destacadas pero no de primerísima fila, ha dado excelentes resultados. Las más famosas (Marta Etura, como Virtudes, Verónica Sánchez, como Julia y Pilar López de Ayala, como una dignísima Blanca) están francamente bien. Y consiguen sorprendentes interpretaciones otras actrices no tan conocidas: Gabriella Pession, que interpreta a Adelina, Nadia de Santiago como Carmen, la benjamina del grupo (para mi gusto, el mejor de todos los papeles), o Bárbara Lennie, como Dionisia. Parece que la generación de actrices y actores (pues también se lucen Fran Perea, Asier Etxeandia o Félix Gómez, en sus breves papeles), nacida del vivero de las series adolescentes y juveniles que tanto éxito han tenido en la televisión española durante la última década, comienza a rendir sus frutos.

Emilio Martínez-Lázaro consigue un equilibrio muy aceptable (y estoy seguro de que la tripleta de guionistas habrá tenido que dar muchas vueltas a sus papeles para lograrlo) entre la significación ideológica del sacrificio de las protagonistas de su historia, de la cual ellas mismas aparecen plenamente conscientes, y la tragedia que representa, desde una perspectiva estrictamente humana, la muerte injusta de trece muchachas en la flor de la vida. No hay dogmatismo ideológico en su planteamiento, o sólo en momentos muy contados y sí, en cambio, una aproximación sincera y dignísima al dolor, la injusticia y el sufrimiento. La toma de partido es inevitable, pero no cabe reprochársela a una historia tan marcada por la injusticia como ésta (porque entonces también habría que cuestionar el que los nazis siempre figuren como culpables en las películas que narran la persecución de los judíos), ni tampoco a un director que, al lado de detalles muy significativos sobre el señoritismo brutal de los falangistas, el sadismo de la policía franquista y la implacable y burocrática maquinaria de los juicios militares sumarísimos, es también capaz de mostrar detalles de humanidad entre los vencedores de la guerra: por ejemplo en el rostro crispado de la directora de la cárcel, muy bien interpretada por Goya Toledo, cuando se llevan a sus presas de camino al paredón, o en la mirada al mismo tiempo cobarde y enamorada de Perico, el novio franquista de Julia, cuando la contempla, escondido entre las tumbas, durante el entierro de la hermana de la muchacha.

Más reprochable me parece, en cambio, la tendencia a los subrayados emotivos, que se percibe en detalles muy diversos: por ejemplo, en la música de Roque Baños, realmente hermosa en varias ocasiones, pero también innecesariamente enfática en momentos que ya de por sí son conmovedores; en algunos planos repetitivos (el canto del “Cara al sol” en la galería de la prisión), que además forman parte de una puesta en escena deliberadamente expresionista, con angulaciones poco habituales; o en la utilización de un recurso de elegancia tan cuestionable como el discurso final de Blanca a su hijo, mediante un plano fijo que se halla fuera de la acción y para cuyo efecto probablemente hubiera bastado con la voz en off. Algún otro aspecto del film, como por ejemplo el leitmotiv de la presencia de un par de chavales que aparecen jugando entre las ruinas, correteando luego por entre las tiendas que alojan las tropas participantes en el Desfile de la Victoria y al final imitando los fusilamientos junto a los muros de la cárcel, me ha parecido desconcertante. Si no me he fijado mal, son siempre los mismos chicos, un detalle que se me antoja inverosímil y cuya funcionalidad narrativa no acabo de entender.

Quizás quepa reprochar también a los responsables de Las 13 rosas cierto oportunismo en la formulación explícita de algunas ideas y principios (la necesidad de que los hechos no caigan en el olvido, la reivindicación de la inocencia de personas inicuamente juzgadas, condenadas y ejecutadas), que coinciden en el tiempo, y no parece una coincidencia casual, con proyectos legislativos de estricta actualidad. Ahora bien, no es menos cierto que esos hechos y esas reivindicaciones tienen todo el derecho a ser mostrados al público, y que ha de ser el público, en última instancia, el que desde la limitada pero legítima soberanía que le otorga el haber pagado su entrada, haya de emitir su propia valoración.

Si a mí se me pide opinión al respecto diré que, con todos sus fallos, con su propensión a la facilidad y a los trucos no siempre de recibo, Las 13 rosas es una película digna, que merece verse con atención y con respeto. Carece, desde luego, de los excesos panfletarios que yo me había temido por algún antecedente cinematográfico que prefiero no nombrar, y en cambio su relato de los hechos consigue tocar la fibra sensible del espectador. Es una lástima, sin embargo, que el film no alcance la redondez y el empaque que hubiera exigido una historia tan trágica y despiadada como la de las trece chicas ejecutadas a tiros, de madrugada, el 5 de agosto de 1939. Sigue faltándonos, pues, esa película redonda sobre la Guerra Civil en la que puedan reconocerse sucesivas generaciones de españoles, y bien que la echamos de menos.