Portada del libroEn ese texto descomunal que es, por muchos y diversos motivos (longitud, variedad de escenarios y personajes, ambición narrativa, optimismo y fe en la condición humana a pesar de los desastres causados por la guerra y los totalitarismos), la novela Vida y destino de Vasili Grossman, hay un pasaje minúsculo, que me ha causado una vivísima impresión (se encuentra en el capítulo 17 de la segunda parte, página 523):

Los alemanes hablaban una lengua gutural cuya pronunciación no se parecía en nada a la de los profesores de los cursos de lenguas extranjeras. Katia se dio cuenta de que el gatito había abandonado su lecho. Tenía las patas traseras inmóviles, pero arrastrándose con las delanteras se apresuraba a llegar hasta donde estaba Katia.

Luego se detuvo, abrió y cerró la mandíbula varias veces. Katia intentó levantarle un párpado. “Está muerto”, pensó con repugnancia. De pronto, comprendió que el gato había pensado en ella al sentir próxima su muerte, que se había arrastrado hacia ella con el cuerpo medio paralizado… Puso el cuerpo en un agujero y lo cubrió con trozos de ladrillo.

El estilo de Grossman, con su acumulación de materiales heteróclitos, que tanto recuerda a la escritura barojiana, a sus detalles a veces chuscos y su infatigable curiosidad, puede resultar desconcertante, pero lo que a mí me interesa de este relato es la figura de ese gato inválido atrapado entre las ruinas de la posición rusa cercada por los alemanes. Y es que mi tía-abuela Anastasia Maquirriain Sarasíbar (a nadie se le escapará la resonancia eslava de su nombre, que evoca la figura de Anastasia Nikolaevna Romanova, la más joven de entre las bellísimas hijas del zar Nicolás II de Rusia) nos contaba de pequeños un episodio parecido: el de un gato a quien ella y su madre adoraban, y que al sentir la inminencia de la muerte se tendió a los pies de la cama de mi tía-abuela, donde ella lo encontró por la mañana, ya cadáver.

Me emociono al recordar a la tía Chacha, como la llamábamos en la familia, tan cariñosa, tan llena de amor por los suyos. Sirvió en la Guerra Civil como enfermera, y nos gustaba mucho oírle contar historias de soldados heridos, de prisioneros republicanos a los que después de atender y curar, veía partir hacia la cárcel o el paredón, historias de requetés jovencísimos, con los que tal vez ella había coincidido en un baile, muchachos que, sin posibilidad de curación, la entretenían con historias divertidas y patéticas.

Ya que este blog tiene como emblema la mirada feroz de un tigre, quiero creer que tal vez los grandes felinos rayados de Bengala y los Sunderbans compartan el instinto de sus parientes domésticos, que eran los animales favoritos de mi tía, una mujer de pueblo acostumbrada a moverse entre gallinas, caballos, mulos y demás bichos. Seguro que los tigres no acuden a morir ante las puertas de sus grandes enemigos, los hombres, pero puede que cuando se sientan llamados por su último destino se arrastren hasta un templo ignoto en las profundidades de las selvas asiáticas y se tiendan a los pies de alguna de las figuras innumerables del panteón hinduista: Kali, la de los muchos brazos, Shivá, con su sonrisa enigmática, el sabio mono Hanuman, la elefantina estatua de Ganesha.

Vasili Grossman, Vida y destino, Barcelona, Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, 2007, 1111 páginas.