Portada de la novelaAl pasado sábado terminé de leer las 1113 páginas de Vida y destino, la monumental novela del escritor ruso (en realidad ucraniano) y judío Vasili Grossman. A pesar de que transcurre en un escenario histórico que por diversos motivos me resulta muy querido y que he frecuentado a lo largo de los años (véase, por ejemplo, mi reseña de Stalingrado, de Antony Beevor), me ha costado bastante esfuerzo terminar el libro. Admito que en esta dificultad pueden haber influido mis malos hábitos, pues hace mucho que no leo una de esas novelas “totales”, al estilo de Guerra y paz, tantas veces comparada con la de Grossman. Por otra parte, soy muy consciente de que una obra de estas características no se puede abordar de cualquier manera, pues Vida y destino acoge de mala gana la mezcla con otras lecturas y exige del lector una atención y una disposición de ánimo que tal vez me ha faltado en ciertas ocasiones.

Con todo, creo que la de Grossman es una novela un tanto irregular. Es cierto que ello no disminuye en modo alguno su valor como testimonio, y que tampoco ha de afectar negativamente a la valoración de la novela desde la perspectiva de un historiador de la literatura, pero aunque sea indiscutible que la novela de Vasili Grossman contiene momentos sublimes, de una grandeza asombrosa y una intensidad emocional casi insoportable, también me parece evidente que en la inmensidad del relato (más de doscientos personajes y unos veinte escenarios distintos), hay algunos vacíos difíciles de llenar. Por ejemplo, las conexiones entre los personajes de esa enorme multitud literaria no siempre son tan sólidas como debieran, y la técnica narrativa, de una soltura y libertad admirables por muchos otros conceptos (no sé si la analogía estará un poco cogida por los pelos, pero me ha recordado al estilo de Baroja), puede llegar a causar cierto desconcierto en el lector.

No se me oculta que tales reproches son semejantes a los que se han hecho a otros monumentos de la historia de la literatura universal (al Quijote, sin ir más lejos también se le han encontrado fallos de estructura, y no digamos de estilo), y no tengo ningua intención de insistir en ellos, pues Vida y destino es una novela que aplasta cualquier crítica que se le pueda hacer gracias a sus indiscutibles méritos: su enorme ambición literaria, las dimensiones colosales del mundo novelístico que retrata y, sobre todo, los admirables valores que definen la perspectiva adoptada por el autor para reflejar los atroces momentos históricos que tuvo que vivir.

Pues, en efecto, la enorme variedad de personajes, historias y escenarios que configura la novela cobra unidad por obra de una visión humanizadora, de una afirmación radical de esperanza y de confianza en la bondad del corazón humano. Habrá siempre sufrimiento y dolor, parece decirnos Grossman, pero en las peores circunstancias imaginables un corazón bondadoso sabrá imponerse a la crueldad generalizada y realizar una acción que salvaguarda la dignidad de la condición humana. En otro contexto, o si fueran otros su autor y la época en que se sitúa la acción novelística, podría parecer una perspectiva ilusoria e ingenua, pero los acontecimientos que se relatan en Vida y destino tienen lugar en medio de una de las carnicerías más despiadadas que ha conocido la especie humana, como parte de un episodio que muchos historiadores consideran crítico en el desarrollo de la historia contemporánea: la batalla de Stalingrado, a orillas del Volga, entre junio de 1942 y febrero de 1943.

En realidad, la acción novelada se circunscribe a un período más breve, que comprende los momentos más encarnizados del combate, a partir del otoño de 1942 y hasta la caída del VI Ejército alemán de Von Paulus, cercado entre las ruinas de Stalingrado. Grossman conoció bien la implacable dureza de esa batalla, como cronista que fue del Estrella Roja, el periódico oficial del ejército soviético, así que su afirmación de la bondad como elemento esencial de la condición humana no tiene nada de ingenuo, y sí mucho de reivindicación apasionada. Es cierto que en muchos momentos de esta vibrante novela patriótica (pues también Vida y destino lo es), la esperanza en lo humano está asociada a los valores del sacrificio, la determinación y la capacidad de resistencia demostrados por el pueblo y los soldados soviéticos, capaces de vencer, casi in extremis, a la poderosísima maquinaria militar alemana, pero la intensidad emotiva y la expresividad de los episodios narrados por el autor les otorgan una representatividad universal.

Conviene precisar, no obstante, que Vida y destino no es una novela de guerra, y de hecho los escenarios bélicos ocupan una parte relativamente pequeña de su desarrollo. La mirada del autor abarca los campos de batalla (con secuencias realmente poderosas, de una intensidad narrativa admirable, en lugares que todo buen aficionado a la historia militar reconocerá, como el barranco Tsaritsa, la colina Mamaev Kurgan o la fábrica Octubre Rojo), pero también las viviendas, las calles y los parques de varias ciudades rusas, las estepas calmucas en que las tropas de refresco soviéticas esperan la ocasión de entrar en batalla, los barracones y las cámaras de gas de los campos de exterminio nazi, los aeródromos de la aviación rusa, los lager alemanes destinados a los prisioneros de guerra, los campos de trabajo del gulag soviético en la taiga siberiana, la siniestra prisión moscovita de la Lubianka, etc. El sufrimiento, el hambre, la violencia y el dolor habitan en todos o en casi todos esos escenarios, pero también el coraje, la gallardía, la esperanza y, a menudo, unos signos de bondad inesperados y por ello mismo conmovedores: una campesina ucraniana que acoge en su isba a un prisionero ruso, medio muerto de hambre; una mujer de Stalingrado, enloquecida por el dolor, y aun así capaz de ofrecer un trozo de pan a un cautivo alemán; la médico militar Sofia Ósipovna Levinton, prisionera en un campo de exterminio, que en la inminencia de la muerte en las cámaras de gas siente por fin satisfechas sus ansias de maternidad en la compañía de un niño judío; Grékov, un valiente oficial soviético que, sabiendo que su posición es insostenible, permite que la joven telegrafista Katia Véngrova la abandone para reunirse con el hombre del que está enamorada.

Ninguno de los personajes de la novela está presente en la totalidad de los escenarios en que se desarrolla la historia. De hecho, ocurre más bien al contrario, pues la mayor parte de las vidas transcurren en uno o dos escenarios. Esta circunstancia, unida a la dispersión que impone la inmensa geografía rusa y a la abundancia de personajes (y hay que tener en cuenta, además, que la singular complejidad de los nombres rusos, con sus patronímicos y sus caraterísticas formas de enunciación, obliga al lector a un esfuerzo de atención suplementario), hace inevitable en ciertos momentos una sensación de fraccionamiento del universo narrativo. La unidad esencial del relato queda a salvo, no obstante, por la intrincada red de relaciones biográficas que se establece entre los personajes, lo cual permite que en torno a los miembros de la familia Sháposhnikov gravite una parte esencial de los acontecimientos de la novela.

Así, por ejemplo, Abarchuk, el primer marido de Liudmila Nikoláyevna Sháposhnikova, es uno de los internos del campo de trabajo ruso en Siberia; Nikolái Grigórievich Krímov, comisario del Ejército Rojo durante la batalla de Stalingrado, y posteriormente detenido y torturado en la prisión de Lubianka, estuvo casado con Yevguenia Nikoláyevna Sháposhnikova, a su vez amante del coronel Piotr Pávlovich Novíkov, uno de los héroes de la contraofensiva rusa en Stalingrado; Yevguenia, por otra parte, es amiga de la ya citada Sofia Ósipovna Levinton, que cayó prisionera junto a Mijaíl Sidórovich Mostovskói, preso en un campo de concentración alemán. Otra de las hermanas Sháposhnikov, Marusia, está casada con Stepán Fiódorovich Spiridónov, director de la central eléctrica de Stalingrado, y la hija de ambos, Vera Spiridónova, es la novia del teniente Víktorov, uno de los pilotos del escuadrón de cazas de la fuerza aérea rusa que se disponen a combatir contra la Luftwaffe. Por último, Seriozha Sháposhnikov, hijo de Dmitri Sháposhnikov, está destinado en el frente de Stalingrado, en una de las posiciones más peligrosas, allá donde Grékov y sus hombres se enfrentan a la aniquilación.

Esta decisión de organizar toda la estructura novelística en torno a la peripecia vital de un núcleo familiar responde a un evidente propósito de entroncar con la tradición literaria rusa (y a este respecto la mención de Guerra y paz, de León Tolstói, resulta inevitable), pero también a una finalidad probablemente más esencial para su autor: la de captar y transmitir lo que significa para el ser humano individual, más allá de abstracciones y grandes principios históricos, el dolor y el sufrimiento de la guerra. A través de la perspectiva familiar y entrañable que adopta Grossman, al lector le es más fácil comprender la angustia de Liudmila ante la muerte de su hijo Tolia, la exhortación febril (“Vive, vive, vive siempre…”) con la que finaliza la carta de Anna Semiónovna a su hijo Vitia, y tantos otros episodios, teñidos de un patetismo que, más que a Tolstói, recuerda al admirable humanismo de Antón Chéjov. No es casualidad, creo yo, que sea justamente Chéjov el escritor preferido en una novela donde hasta los soldados atrapados en las trincheras de Stalingrado entretienen sus ratos de ocio con discusiones sobre Balzac o Stendhal.

Lo familiar en Vida y destino es inseparable de lo cotidiano (digamos que es la forma más emotiva de lo cotidiano), y continuamente se manifiesta en el relato, incluso en los momentos de soledad y aislamiento de los personajes, a través de sus pensamientos y recuerdos, o bien mediante cartas y diversos testimonios y evocaciones de las conversaciones con amigos y parientes. La figura de la madre que abraza a su hijo, tan cara a la iconografía tradicional rusa de los iconos, aparece una y otra vez en algunos de los episodios más emocionantes de la novela, elevado a la categoría de símbolo de la bondad inherente a la naturaleza humana: la angustiosa búsqueda de Anatoli Sháposhnikov (Tolia) por parte de su madre, la carta que Anna Semiónovna dirige a su hijo, la pasión con la que Sofía Ósipovna Levinton acoge al niño judío en el trance final de la cámara de gas, el episodio de la mujer que cuida a un soldado alemán herido, uno de los miembros del mismo pelotón de ejecución destinado al exterminio de sus familiares. Este último episodio, que se narra en el capítulo 16 de la segunda parte de la novela, dentro del testimonio del “loco santo” Ikónnikov-Morzh, un interno del campo de prisioneros alemán, forma parte de uno de esos interludios reflexivos tan esenciales en la configuración del universo narrativo de Vida y destino y en la caracterización de las intenciones de su autor:

Esa bondad, esa absurda bondad, es lo más humano que hay en el hombre, lo que le define, el logro más alto que puede alcanzar su alma. La vida no es el mal, nos dice.
Esta bondad es muda y sin sentido. Es instintiva, ciega. Cuando la cristiandad le dio forma en el seno de las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, comenzó a oscurecerse; su semilla se convirtió en cáscara. Es fuerte mientras es muda, inconsciente y sin sentido, mientras vive en la oscuridad viva del corazón humano, mientras no se convierte en instrumento y mercancía en manos de predicadores, mientras que su oro bruto no se acuña en moneda de santidad. Es sencilla como la vida. Incluso las enseñanzas de Jesús la privaron de su fuerza; su fuerza está en el silencio del corazón humano (p. 519).

Aunque en una narración tan amplia y poblada sea difícil señalar protagonistas en sentido estricto, destaca entre todos los personajes la figura del físico teórico Víktor Pávlovich Shtrum, esposo de Liudmila, a quien la mayoría de comentaristas de la novela han considerado como reflejo del propio autor, con el que comparte rasgos biográficos de singular relieve: intelectual judío de formación científica, primero encumbrado por el régimen soviético y luego considerado sospechoso de actividades contrarrevolucionarias, Shtrum es un testigo privilegiado de la historia rusa de la época: conoce gracias a sus contactos muchas de las interioridades del poder soviético, tiene trato directo con sus autoridades (en un curioso episodio recibe una llamada telefónica del propio Stalin), se ve obligado a evacuar su centro de trabajo a causa del avance de las tropas alemanas sobre Moscú y pierde a su madre, Anna Semiónovna, a consecuencia de la limpieza étnica llevada a cabo por los nazis en tierras ucranianas, en una acción muy semejante a la que sufrió la propia madre de Vasili Grossman. Precisamente el capítulo 18 de la primera parte de la novela (pp. 94-110), narrado en forma de carta en la que la mujer se despide de su hijo al comprender el destino que le espera, es uno de los momentos más emotivos e impresionantes de una novela especialmente pródiga en ellos.

Independientemente de su condición de reflejo más o menos directo del autor, como criatura novelística Shtrum es un personaje interesantísimo. La omnisciencia que es el signo característico del narrador de Vida y destino cobra en el caso de Víktor Pávlovich todo su sentido, pues la novela analiza meticulosamente las ideas, pensamientos y emociones del físico. Para un hombre íntegro y honrado, pero al mismo tiempo tendente a la abstracción y muy pagado de sí mismo, que sabe cuán fácil es perder el favor de las autoridades soviéticas por un comentario de más, una frase imprudente o un chiste, los más nimios detalles de su relación con la familia y con los compañeros de trabajo son objeto de un finísimo escrutinio, que la novela refleja con gran precisión. En Shtrum (y, en menor medida, también en el personaje del comisario político Krímov) se advierte con claridad una dialéctica que recorre toda la novela: la confianza en los ideales originales de la Revolución, pero al mismo tiempo el rechazo a los abusos del autoritarismo y el poder aplastante del Estado, con episodios como las hambrunas ucranianas derivadas de la colectivización o la terrible represión del año 1937, obsesiones constantes en los pensamientos de Shtrum; la abierta contradicción existente entre el proclamado internacionalismo del sistema soviético y el creciente e insidioso antisemitismo de sus autoridades; por último, la esperanza patriótica en la victoria sobre el nazismo, pero al mismo tiempo el horror ante la represión de las purgas, las confesiones obtenidas por medio de la coacción y la tortura, y las condenas de “diez años sin derecho a correspondencia”, como eufemismo de las ejecuciones secretas.

He escrito “dialéctica”, pero también podría haber escrito “ambivalencia”, pues llama la atención no tanto el esfuerzo de Grossman por preservar los ideales de la Revolución rusa (posición perfectamente defendible, a mi modo de ver, desde el punto de vista personal de un hombre en su día comprometido con aquéllos), como la actitud un tanto ambigua ante la figura de Stalin, la cual, por cierto, no libró al autor del ostracismo ni de la censura ni de la incautación de casi todos los manuscritos de su novela tras la muerte del jerarca soviético y la condena de sus métodos en el célebre discurso secreto que pronunció Nikita Jruschov, durante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956. En efecto, hay momentos en Vida y destino en que el lector puede tener la sensación de que las purgas del 37 o los desastres de la colectivización ocurrieron sin que Stalin o la jerarquía soviética parecieran haberse enterado de ello. Quizás la postura del autor sea entendible en su contexto (pues otra actitud hubiera sido propia de un suicida), o acaso tenga una explicación más compleja: al fin y al cabo, en la URSS de los años 1942-1943, la figura del padrecito Stalin fue un emblema galvanizador de la resistencia patriótica y del esfuerzo de guerra, y no hace falta recurrir a historiadores estalinistas para encontrar señales de admiración (el ya citado Stalingrado de Antony Beevor o el Por qué ganaron la guerra los aliados de Richard Overy son ejemplos elocuentes) hacia la voluntad y determinación mostrada por el líder ruso en tales circunstancias.

Lecturas ideológicas al margen, hay un aspecto de la novela sobre el que difícilmente se puede discutir: el valor de la ficción narrativa creada por Vasili Grossman como instancia ordenadora de la realidad, que aporta una vía de conocimiento e interpretación tan valiosa (o quizás más, en ciertos aspectos) como las que puedan derivarse de la investigación histórica, el análisis económico o las especulaciones psicológicas en torno a los grandes protagonistas de los hechos que narra la novela. A este respecto, hay que destacar que el enfoque adoptado por el escritor para encuadrar la materia narrativa de Vida y destino -la particular mezcla de lo épico con lo cotidiano y lo doméstico, la valoración de las vidas y los destinos individuales por encima de los colectivos, el elogio de un vitalismo paradójico e indomeñable que sobrevive a las imposiciones totalitarias, el respeto hacia la dignidad del ser humano, sea un interno en los campos de trabajo siberianos, un famélico soldado alemán que se rinde a las tropas rusas, un heroico resistente de Stalingrado o un revolucionario de la primera hora, recluido en una celda de la Lubianka- constituye por sí mismo una forma de análisis e interpretación de la realidad, de la que se derivan consecuencias artísticas, morales e ideológicas muy profundas (y es evidente que el régimen soviético era perfectamente consciente de ello, como prueba la decisión con la que se aplicó al secuestro de los manuscritos de Vida y destino, para evitar que la novela pudiera verse publicada).

Pero es que además la novela, por vía de la omnisciencia narrativa que es una de sus señas de identidad más conspicuas, llega con la ficción a terrenos a los que jamás podría acercarse ninguna otra herramienta del conocimiento humano: por ejemplo, a la experiencia casi inconcebible de los prisioneros judíos en el interior de las cámaras de gas, en una larga e intensísima secuencia que constituye el momento culminante de la novela y uno de los episodios literarios más impresionantes que yo haya leído en mi vida. Me refiero, claro está, a los capítulos 46-49 de la segunda parte, aquellos que relatan el exterminio de un grupo de judíos en las cámaras de gas de Auschwitz, que tienen una intensidad emotiva irresistible y, al mismo tiempo, están narrados con una delicadeza y contención admirables. Así finaliza el capítulo 49:

Sofia Ósipovna Levinton sintió el cuerpo del niño derrumbarse en sus brazos. Luego volvió a separarse de él. En las minas, cuando el aire se intoxica, son siempre las pequeñas criaturas, los pájaros y los ratones, las que mueren primero, y el niño con su cuerpecito de pájaro se había ido antes que ella.
“Soy madre”, pensó.
Ése fue su último pensamiento.
Pero en su corazón todavía había vida: se comprimía, sufría, se compadecía de vosotros, tanto de los vivos como de los muertos. Sofia Ósipovna sintió náuseas. Presionó a David contra sí, ahora un muñeco, y murió, también muñeca (p. 707).

Mientras leía este episodio, sentía una especie de vértigo emocional, una mezcla de horror y fascinación que se nota físicamente por todo el cuerpo y que deja la boca seca, las manos temblorosas y los ojos febriles. No siempre llega Vida y destino a semejante nivel de intensidad y capacidad de convicción, aunque tal vez haya que agradecérselo a su autor, porque de otro modo la lectura de la novela sería una experiencia traumática. Por esas páginas, y por tantas otras de esta inolvidable novela que es Vida y destino, el escritor ruso se merece un lugar de honor en la Historia de la Literatura, con mayúsculas.

Vasili Grossman, Vida y destino, Barcelona, Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, 2007, 1113 páginas.

Como he señalado a lo largo de la reseña, la novela ha sido objeto de encendidos elogios. Véanse, entre otras, las reseñas de Alejandro Gándara, Almudena Grandes, Luis Fernando Moreno Claros, Antonio Muñoz Molina y Rafael Narbona.