Esta mañana me he dado de bruces, de pura chiripa, con una situación que me ha hecho pensar: una reseña que escribí hace veinte años y que versa sobre el libro de Amaro Soladana, La poesía de Eugenio de Nora, León, Institución “Fray Bernardino de Sahagún”, Excma. Diputación de León (CSIC), 1987 (se publicó en Anales de Literatura Española, VI, 1988, pp. 477-482) ha sido digitalizada e incluida en el sitio web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Es una de mis escasísimas incursiones en el terreno de la crítica de poesía (de hecho, la única) y un trabajo al que no tengo demasiada simpatía, dado que en las separatas no figura el ISBN, por lo cual la reseña carece de valor en los procesos administrativos a los que he concurrido desde entonces.

No traigo este suceso al blog para presumir de currículo (bueno, un poco sí), sino para propiciar una reflexión pública sobre el alcance de Internet en nuestras cotidianas existencias. Mi caso, aunque muy diferente y desde luego mucho menos problemático, enlaza con la reciente declaración de la Agencia de Protección de Datos, la cual acaba de dar la razón a un profesor que se quejó de que Google había rastreado una sanción impuesta contra él en 2006 por una falta leve (un tanto chusca, por otra parte). La APD ha exigido al buscador que desactive el rastreo de ese incidente, señalando que la publicidad universal de la sanción atenta contra la dignidad del docente.

Por supuesto, en la acción de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes nadie podría encontrar el más mínimo atentado contra mi dignidad, pero… ¿y si yo no hubiera querido que la reseña se publicara fuera del ámbito para el que fue creada?, ¿y si fuera una obra tan infame que denigrara mi crédito y buen nombre?, ¿y si…? Imaginemos, por un momento, que todo aquello que escribimos con destino a hacerse público en ámbitos limitados -las actas del Claustro y del Consejo Escolar de nuestro centro, del club deportivo o de la junta de vecinos, las cartas al Director que enviamos a periódicos y revistas, los sitios web experimentales o incluso nonatos que colgamos en servidores de prueba, las quejas al ayuntamiento o al sursuncorda- sale de su rincón por obra de una anónima mano digitalizadora (hay quien tiene obsesión por guardarlo todo, por almacenarlo todo, acaso con la intención de que un hipotético investigador futuro extraiga de esa masa informe un descubrimiento social asombroso, como un Hari Seldon en busca de su particular Psicohistoria) y comienza a ser indexado por los infatigables robots y arañas que rastrean la Red. ¿No amenaza eso no sólo nuestra intimidad, sino hasta nuestra higiene mental?

Ya veo en el horizonte cercano un porvenir nada hipotético, en el que las cartas de amor que escribimos a nuestras novias (o, todavía peor, a nuestras amantes), las confesiones inconfesables que garrapateamos en un papel angustiado, a altas horas de la noche, los improperios o los actos íntimos que intercepta una cámara de vigilancia o una webcam ocasional por delante de cuyos ojos de pez insomnes tenemos la desgracia de pasar, se transforman en ubicuos PDFs, que rebotan de servidor en servidor para exhibir al aire nuestras vergüenzas. El Gran Hermano es una nimiedad comparado con ese Gran Cotilla y sus minuciosas e infinitas averiguaciones.

Y que conste que incluso antes de que Internet fuera universal, pasaban cosas raras con los papeles. El 17 de marzo de 2001 me enteré de que un artículo mío sobre los Cuentos del reino secreto, de José María Merino, redactado doce años antes y del que me había olvidado completamente (hasta el punto de que ni siquiera recordaba haberlo escrito), se había publicado en uno de esos gruesos volúmenes de homenaje cuyo contenido misceláneo se parece a los catálogos clasificatorios inventados por Jorge Luis Borges. Los detalles de esta historia los publiqué en Lengua en Secundaria, a cuyas páginas me remito. Aseguro a quien me quiera creer que aquel día en que descubrí que mis textos tenían vida propia me costó mucho conciliar el sueño.

Addenda de las 16,15 horas

A través de Planeta Educativo, acabo de encontrar un artículo de Benedicto González Vargas que, con un tono algo más serio y concienzudo que el del mío, apunta a objetivos muy semejantes. Se titula Tiene derecho a guardar silencio o todo lo que suba a internet puede ser usado en su contra, y trae a la palestra algunos sucesos sobre los que merece la pena pararse a meditar.