Aunque la cosecha cinematográfica del 2007 no haya sido precisamente memorable (el año ha resultado más bien flojo para el cine norteamericano, que además parece haberse olvidado de títulos tan interesantes como Deseo, peligro, de Ang Lee, o Zodiac, de David Fincher), la inminente ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood , que se celebrará esta noche en el Teatro Kodak de Los Ángeles, constituye una buena oportunidad para ceder a la tentación frívola y mitómana. Vaya pues, a continuación, y como ya hice el año pasado, mi particular quiniela de los Oscar.

El premio a la mejor película es justamente el que me resulta más difícil de decidir. Sólo he visto cuatro de los cinco films que aspiran al galardón (Expiación, Juno, Michael Clayton, No es país para viejos y Pozos de ambición), pero a no ser que Juno sea una maravilla (es la que me falta del lote), yo no se lo daría a ninguna. Expiación me gustó bastante, pero no es la película redonda que uno quisiera premiar a ojos cerrados. Michael Clayton tiene un indudable interés, pero para comprobarlo el espectador ha de sobreponerse a una trama densa y plomiza, sobre todo en sus primeros cuarenta o cincuenta minutos. Por su parte, Pozos de ambición es una historia grandilocuente, inflada y desmedida hasta decir basta, a la que le cabe el dudoso mérito de albergar la banda sonora más insoportable de los últimos tiempos. Tampoco los hermanos Coen han dado del todo en el clavo con No es país para viejos; de todas formas, cuentan con todas mis simpatías (y con mi voto reticente), por si de algo les sirve en la competición.

Me faltan algunos argumentos para decidir mi voto a la mejor dirección, pues como ya he dicho no he visto Juno, de Jason Reitman, ni tampoco La escafandra y la mariposa, de Julian Schnabel. Así que, puesto en la tesitura de tener que elegir entre Michael Clayton, de Tony Gilroy, No es país para viejos, de Joel y Ethan Coen, y Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson, me quedaría con el film de los cineastas de Minnesota, una película que, por motivos que no vienen al caso, he visto dos veces, y que me gustó bastante más en la segunda que en la primera proyección. No me importaría nada volver a verla una tercera, cosa que no puedo decir de los títulos de Gilroy y Paul Thomas Anderson.

En cuanto al premio al mejor actor, lo tengo algo más claro que los anteriores: con permiso del Johnny Depp que hace de barbero homicida en Sweeney Todd , con abundante exhibición de ceño fruncido y mirada de loco, del George Clooney que interviene en Michael Clayton con una de esas actuaciones de héroe civil con conciencia en los que últimamente se ha especializado, y del Daniel Day Lewis de Pozos de ambición, tan exageradamente reconcentrado y enérgico que el espectador acaba por no creérselo, mi voto debería dividirse ex aequo entre Tommy Lee Jones, que hace un papel colosal en En el valle de Elah (su interpretación en No es país para viejos no le va a la zaga, tampoco) y Viggo Mortensen, eficacísimo y sólido como una roca en Promesas del este. Como creo que la Academia de Hollywood no es partidaria de que sus premios se compartan, voy a decidirme por Viggo Mortensen (dicen que va a interpretar el personaje del padre en la adaptación cinematográfica de La carretera, de Cormac McCarthy), pues al fin y al cabo Tommy Lee Jones ya ganó el suyo, hace años, por El fugitivo.

No dispongo de suficientes elementos de juicio para expresar una valoración sobre las candidatas al galardón a la mejor interpretación femenina, porque de todas ellas (Cate Blanchett por Elizabeth: la edad dorada, Julie Christie, por Lejos de ella, Marion Cotillard, por La vie en rose, Laura Linney, por The Savages y Ellen Page, por Juno) sólo he visto el papel que protagoniza, desde luego de forma sobresaliente, Marion Cotillard en el biopic dedicado a la carrera artística de Edith Piaf. Tengo el barrunto, no obstante, de que la actriz francesa tiene poco que hacer al lado de la joven Ellen Page, que parece haber encandilado a todo el mundo.

La única categoría a la que entrego mi voto sin la más mínima reserva u objeción es la del mejor actor de reparto. Sí, es cierto que Javier Bardem está muy convincente en su papel del asesino psicópata Anton Chigurh de No es país para viejos, pero su interpretación no es como para elevarla a las alturas olímpicas en que algunos medios han querido situarla. Mucho mejor (más completa y matizada, y también más difícil) es a mi modo de ver la de Tom Wilkinson en Michael Clayton, y sobre todo la que pone en escena Philip Seymour Hoffman en La guerra de Charlie Wilson; su actuación, a la que contribuyen sobremanera unos diálogos incomparables, es sencillamente antológica. El veteranísimo Hal Holbrook que interviene en Hacia rutas salvajes resulta entrañable, pero su intervención es tal vez demasiado breve para poder competir en igualdad de condiciones con las anteriores. En cuanto a Cassey Affleck, que completa el quinteto de candidatos por su interpretación en El asesinato de Jesse James poco puedo decir, porque sólo he visto algunos tráilers.

Tampoco conozco todos los films en que intervienen las candidatas a obtener en premio a la mejor actriz de reparto, pues por diversos motivos me he dejado en el tintero las películas en que participan mi admiradísima Cate Blanchett (I’m not there) y Amy Ryan (Adiós, pequeña, adiós). Por otra parte, el papel de Ruby Dee en American Gangster es demasiado episódico para dejar huella en el espectador (yo creo que su candidatura obedece a otros motivos que los puramente cinematográficos: quizá el reconocimiento a la cuota correspondiente a la minoría de color, quizá la compensación por la casi completa exclusión de la cinta de Ridley Scott de la nómina de candidaturas). La jovencísima Saoirse Ronan de Expiación (su mirada líquida y sus gestos de rabia contenida son impagables) se llevaría mi voto si no fuera por Tilda Swinton, que borda un papel de abogada glacial, implacable y aun así llena de remordimientos en Michael Clayton.

Mi conocimiento sobre los títulos que aspiran al resto de candidaturas es demasiado incompleto como para hacer constar aquí mis preferencias. Aun así, voy a permitirme expresar algunas, descaradamente subjetivas: por ejemplo, que el Oscar a la mejor película de animación debería concederse a esa auténtica delicia que es Ratatouille; que el premio al compositor de la mejor banda sonora debería adjudicarse a Michael Giacchino, también por Ratatouille (sí, ya sé que, estando de por medio Alberto Iglesias, candidato por la música de Cometas en el cielo, mi selección es poco patriótica, como lo ha sido no votar por Bardem para el premio al mejor actor secundario); y que de todas las candidaturas al Oscar por el mejor guión adaptado mis preferencias se decantan por los hermanos Joel y Ethan Coen, que han llevado a cabo en No es país para viejos una reescritura fidelísima a la letra y el espíritu de la novela de Cormac McCarthy.

No es país para viejos, de Cormac McCarthy

No es país para viejos, de Cormac McCarthy

Esta última elección me da pie para escribir el epílogo prometido en el título de esta entrada. Y es que, desde que leí La carretera, he disfrutado con la lectura de otras dos novelas del escritor norteamericano: la que sirvió de base para la adaptación dirigida por los hermanos Coen, y Meridiano de sangre. La primera es una novela policíaca intensa, durísima, narrada en el mismo estilo seco, cortante y áspero que es signo de identidad de La carretera. Los diálogos minimalistas, restallantes como latigazos, la precisión y firmeza del ritmo narrativo, el tono como de tragedia fatalista que gravita sobre los protagonistas, perseguidos por ese símbolo de la violencia ciega y sarcástica que es el asesino Anton Chigurh (que a veces no parece humano, sino una manifestación diabólica sin las restricciones del dolor, las emociones o los remordimientos) caracterizan el discurso novelístico de una obra teñida por un moralismo desesperanzado y terriblemente amargo. Animo a los espectadores que han visto la película de los Coen a que la lean, y que luego vuelvan a ver la cinta, como hice yo. Comprobarán que la lectura fílmica que han realizado los cineastas norteamericanos es de una fidelidad extraordinaria al texto original, pero sin ninguno de esos resabios (el manierismo, la ampulosidad, la literaturización) que con tanta frecuencia suelen afectar a muchas adaptaciones cinematográficas de textos literarios.

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

A pesar de sus evidentes méritos, No es país para viejos no deja de ser una obra de alcance limitado, muy inferior, desde cualquier perspectiva que se pueda adoptar para analizarla, a Meridiano de sangre. Dicen que constituye la cumbre de la narrativa de Cormac McCarhty, y hay quien la considera (por ejemplo un crítico tan cualificado como Harold Bloom), una de las mejores novelas en toda la narrativa norteamericana del siglo XX. Sin ánimo de competir con Bloom en elogios ni mucho menos en cultura o perspicacia crítica, yo puedo señalar, modestamente, que es una de las novelas más impresionantes que he leído en toda mi vida. Y eso que es un libro difícil de leer, con un estilo denso, ensimismado, que parece haber brotado de una especie de éxtasis compositivo en el que el autor se recrea, pero al mismo tiempo de un realismo desconcertante. Uno cree estar leyendo una ficción alegórica, hiperbólica, algo así como un descensus ad inferos situado en un escenario prototípico del western fronterizo, y sin embargo se trata de un relato histórica y geográficamente muy preciso, muchos de cuyos episodios se corresponden perfectamente con sucesos que tuvieron lugar en la frontera norteamericano-mexicana hacia 1850.

De las casi cuatrocientas páginas que tiene Meridiano de sangre es difícil olvidarse, olvidar su violencia feroz, sangrienta y ecuménica hasta extremos difícilmente soportables; olvidar la precisión geológica, mineral, de sus descripciones del desierto, las montañas, los árboles, las plantas y los ríos, que obligan a leer la novela teniendo al lado una enciclopedia (o Google, que siempre es más cómodo). Es imposible olvidar, desde luego, la figura de uno de sus personajes principales, el juez Holden, un nuevo Chigurh (pero Holden fue antes) por su calidad de criatura sin moral, o de moral darwiniana si así se prefiere, de enorme estatura literaria. Pues el juez Holden es un personaje asombroso, con su cultura insólita, su erudición y elocuencia asombrosas, sus innumerables talentos y habilidades (lo mismo sabe fabricar pólvora con materiales de emergencia que es capaz de perorar sobre el arte de la guerra o los fósiles de dinosaurios), su corpulencia lampiña y blanquecina en medio de una tropilla atezada de cazadores de cabelleras analfabetos que sólo viven por la emoción de la masacre y el pillaje, su capacidad sobrehumana de sobrevivir a todo tipo de contingencias e imponer su voluntad, su sexualidad arrolladora y homicida. Y tampoco se puede olvidar el desenlace de la novela, uno de los más extraños y difíciles de interpretar que yo haya leído nunca, en el que el anónimo protagonista (al igual que en La carretera, McCarthy opta por una denominación genérica, “el chaval”) parece fatalmente seducido, en un acto que no se sabe si es de pura violencia, de sumisión o de venganza, por el mismo juez Holden a quien siguió en el pasado y con el que ha vuelto a encontrarse, muchos años después.

Novela fascinante, obsesiva en su repetición del viaje como motivo narrativo, casi incomprensible en algunos de sus episodios, Meridiano de sangre es una obra en la que la imaginación creadora de Cormac McCarthy, y la potencia de su estilo, arrollan cualquier prevención, hasta sumergir al lector en un frenesí del que no es posible escapar. No es una hipérbole, sino una simple constatación, como puede comprobarse en esta larga cita del capítulo IV, la primera ocasión en que el protagonista se enfrenta a los indios, los temibles comanches:

Una legión de horribles, cientos de ellos, medio desnudos o ataviados con trajes áticos o bíblicos o de un vestuario de pesadilla, con pieles de animales y con sedas y trozos de uniformes que aún tenían rastros de la sangre de sus anteriores dueños, capas de dragones asesinados, casacas del cuerpo de caballería con galones y alamares, uno con sombrero de copa y uno con un paraguas y uno más con medias blancas y un velo de novia sucio de sangre y varios con tocados de plumas de grulla o cascos de cuero en verde que lucían cornamentas de toro o de búfalo y uno con una levita puesta del revés y aparte de eso desnudo y uno con armadura de conquistador español, muy mellados el peto y las hombreras por antiguos golpes de maza o sable hechos en otro país por hombres cuyos huesos eran ya puro polvo, y muchos con sus trenzas empalmadas con pelo de otras bestias y arrastrando por el suelo y las orejas y colas de sus caballos adornadas con pedazos de tela de vistosos colores y uno que montaba un caballo con la cabeza totalmente pintada de escarlata y todos los jinetes grotescos y chillones con la cara embadurnada como un grupo de payasos a caballo, cómicos y letales, aullando en una lengua bárbara y lanzándose sobre ellos como una horda venida de un infierno más terrible aún que la tierra de azufre de cristiana creencia, dando alaridos y envueltos en humo como esos seres vaporosos de las regiones incognoscibles donde el ojo se extravía y el labio vibra y babea (p. 72).

Cormac McCarthy, No es país para viejos, Barcelona, DeBolsillo (Col. “Best Seller”, 702), 2008, 242 páginas. Cormac McCarthy, Meridiano de sangre, Barcelona, DeBolsillo (Col. “Contemporánea”, 327-2), 2006, 397 páginas.