El viernes fuimos al cine a ver La boda de mi novia, una de esas comedias románticas que tanto nos gustan a Pilar y a mí. La película no es nada del otro jueves, pues no se aparta un milímetro del marco convencional y predecible de este tipo de historias, con su estructura mil veces repetida de chico-encuentra-chica, chico-pierde-chica, chico-recupera-chica. Con todo, se deja ver con agrado (el desfile de actores y actrices muy atractivos, encabezado por el telegénico Patrick Dempsey, ayuda lo suyo) y resulta entretenida y hasta por momentos graciosa.

Lo más interesante de La boda de mi novia, en cualquier caso, fue contemplar en la pantalla la última actuación de uno de los grandes de la cinematografía norteamericana de las últimas décadas: Sydney Pollack, director, actor, guionista, productor y hombre de cine en toda la extensión del término. A pesar de la enfermedad que ya minaba sus fuerzas cuando rodó las tres o cuatro secuencias en que interviene, Pollack está genial en su papel de padre del joven playboy al que da vida Patrick Dempsey. Su personaje, lúcido, vitalista, con un punto de jovial autoironía (hace falta mucho valor para hacer chistes a propósito de su propia salud), inunda la pantalla con una afirmación de optimismo y energía, y se come en todas y cada una de sus intervenciones al más bien soso Dempsey.

Siempre me gustaron mucho las películas de Sydney Pollack, desde los ya lejanos años del cine de los Escolapios de Pamplona, auténtico semillero de vocaciones cinéfilas, donde en compañía de mis amigos del colegio tuve ocasión de ver títulos tan emblemáticos de aquella época como Danzad, danzad, malditos (1969) y, sobre todo, Las aventuras de Jeremías Johnson (1972), una película que a todos los jóvenes espectadores que la vimos por entonces (eran los años iniciales de la Transición y del despertar de la conciencia política) nos causó un hondo impacto.

Naturalmente, yo no conocía personalmente al director norteamericano, pero veía sus películas y de vez en cuando leía sobre su cine y su intervención en diversas causas públicas. Todos sus filmes, tuvieran mejor o peor fortuna, me parecían sólidos y honestos, y su figura tenía un halo de seriedad y entereza poco común en el mundo del cine, tan dado a la frivolidad y el culto a la apariencia. Como tantos otros aficionados al séptimo arte, me conmoví con las peripecias amorosas de Barbra Streisand y Robert Redford en Tal como éramos (1973), me partí de risa con las discusiones que mantienen Pollack y un inspiradísimo Dustin Hoffman en Tootsie (1982), enjugué discretamente las lágrimas tras la muerte del aventurero Denys Finch Hatton en Memorias de África (1985) y disfruté con la cálida recreación de los movimientos pre-revolucionarios en Habana (1990), uno de sus títulos de menor éxito, pero al que siempre he tenido una peculiar e inexplicable devoción (debe de ser por la presencia en la pantalla de Lena Olin, una mujer bellísima y estupenda actriz).

La Bitácora del Tigre dedicó en sus inicios un par de artículos al cine de Sydney Pollack: Una intriga elegante, donde reseñaba La intérprete, que fue su última película como director, y Pollack hacía muy buen cine en los setenta, revisión de uno de sus filmes más representativos de esta época, Los tres días del cóndor. Me apena sinceramente que la tercera ocasión de celebrar la obra de Sydney Pollack sea la de su muerte, pero no quiero acabar esta entrada sin incluir aquí tres de los mejores momentos de su cine. El primero es la escena de la caza del oso, de Las aventuras de Jeremías Johnson, una escena cómica en una película más bien sombría y melancólica; el segundo, la impagable discusión (lástima que esté en inglés, pero no lo he encontrado en castellano) entre el irascible cómico Michael Dorsey y su atribulado representante artístico, George Fields (respectivamente, Hofmann y Pollack), de Tootsie; y el tercero, una de las escenas más líricas de ese monumento al romanticismo que es Memorias de África.

http://es.youtube.com/watch?v=Jw6FS4m7tMQ http://es.youtube.com/watch?v=pMnTMzOLDFA

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