Cartel de la película La niebla

Cartel de la película La niebla

La niebla, dirigida por Frank Darabont en la que constituye su tercera adaptación de los relatos breves de Stephen King, tras Cadena perpetua y La milla verde, es una película que todo buen aficionado al cine fantástico, de terror y de ciencia ficción no debe dejar de ver. La historia de un grupo de ciudadanos atrapados en un supermercado por una extraña niebla de la que emergen criaturas de pesadilla tiene todo el atractivo y el regustillo de las películas de serie B de antaño. Además, se trata de una película inteligente, muy bien contada, con un ritmo narrativo intenso y poderoso, pero en absoluto frenético. Nada que ver con esos filmes para públicos juveniles cuyo mayor atractivo es adivinar, a partir de sus primeras secuencias, quién de entre todos los personajes es el más cretino y por tanto candidato a ser devorado, destripado o descabezado en primer lugar.

En estricta aplicación de las normas del género, La niebla ofrece todo lo que los espectadores exigen a este tipo de historias: por supuesto, acción y sustos (y conviene destacar que hay unos cuantos muy consistentes), bien dosificadas muestras de sangre, violencia y sucesos repulsivos (qué secuencia tan impresionante la del hombretón barbudo que sale de la tienda con una cuerda atada a la cintura y regresa, arrastrado por sus compañeros, como un cadáver sin torso ni cabeza), una estructura narrativa articulada en torno al espacio claustrofóbico en el que conviven y disputan varios personajes, y las inevitables lecturas alegóricas o parabólicas.

En todos estos aspectos La niebla no se aleja demasiado de títulos que inmediatamente acuden a la memoria del aficionado (sin ir más lejos, la vigorosa Amanecer de los muertos, de Zack Snyder, de 2004, a su vez inspirada en La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero). Por ejemplo, aunque los personajes atrapados en la tienda sean algo más que estereotipos, su configuración es perfectamente reconocible para los aficionados al género: el líder valiente y abnegado y su hermosa compañera ocasional, los palurdos imprudentes, los hombres y mujeres desbordados por las circunstancias e incapaces de hacer frente a la situación, la fanática religiosa que considera el desastre como un mensaje de Dios, el dependiente de la tienda, inesperado portador de habilidades y talentos heroicos, etc.

Tampoco en la planificación narrativa destaca demasiado el film. Es cierto que Frank Darabont logra una creciente atmósfera de tensión y desasosiego a base de graduar con acierto los incidentes de una trama cuyo potencial conflictivo aumenta a consecuencia del espacio cerrado y aislado donde quedan recluidos los personajes, pero éste es un recurso argumental que el cine ha utilizado hasta la sociedad en todo tipo de películas (bélicas, policíacas, de aventuras, dramas, historias de época), no necesariamente fantásticas o de terror. Incluso cabría decir que los efectos especiales dedicados a plasmar en imágenes las bestias que emergen de la niebla -una auténtica ecología de lo monstruoso, tan imaginativa como terrorífica, con sus presas y predadores distribuidos en distintos nichos ecológicos y categorías zoológicas- no son tan convincentes como los que suele producir el cine norteamericano de gran presupuesto (por algún sitio he leído que Darabont tuvo que trabajar con unos fondos bastante exiguos).

La verdadera novedad, y lo que hace tan interesante a La niebla, se halla en otros terrenos. En primer lugar, en la reiteración de un motivo de carácter psicológico, el miedo como detonante de la irracionalidad y de la descomposición del orden social, un miedo denso y asfixiante que conforme avanza la trama va convirtiéndose en un monstruo mucho más insidioso y mortífero que las mortíferas criaturas que acechan a los protagonistas. El miedo es la causa de peleas y discusiones que enconan los conflictos sociales latentes (hay montones de pequeños detalles argumentales que sugieren un trasfondo nada envidiable en la aparente placidez de la pequeña localidad donde transcurren los hechos), el motivo que explica actuaciones torpes y desordenadas con su corolario terrible de muertes perfectamente evitables, y la razón de que la mayor parte de los personajes sean atraídos por un fanatismo religioso y homicida que tiene su voz profética en la enloquecida figura de Mrs. Carmody (una excelente Marcia Gay Harden, en un papel que le va como anillo al dedo).

El profetismo atroz de Mrs. Carmody es, sin lugar a dudas, una representación de un tipo humano muy reconocible en la sociedad norteamericana, el del predicador fanático y sectario, pero también cabe interpretarlo en clave compensatoria de sus profundas carencias afectivas, pues se trata de una mujer antipática y hosca, trastornada por el rencor, que encuentra en las bestias antinaturales no sólo la representación objetiva de la furia del Dios vengativo en el que cree, sino también una oportunidad inesperada de erigirse en líder de la comunidad, con cuyas pulsiones más profundas y ocultas conecta en un momento de crisis. No dudo de que el tipo sea fiel a la verdad y esté bien retratado, aunque si he de ser sincero yo creo que al director se le va la mano en los trazos gruesos con que lo dibuja y en la reiteración del exasperante clima de fanatismo religioso que se apodera de la mayor parte de los supervivientes conforme éstos constatan su incapacidad para hacer frente a la amenaza.

No menos tentadora es la posibilidad de leer toda la película en una clave política, como se ha hecho en muchos comentarios y reseñas que he podido leer en los últimos días: el supermercado asediado como metáfora de una Norteamérica convencida de la amenaza terrorista universal, las discusiones y fracturas entre los protagonistas como alegoría de las divisiones de una sociedad cada vez más desigual y más asustada de sí misma, la aparición de las bestias como expresión oblicua de condena hacia as aventuras bélicas y el creciente militarismo del gobierno norteamericano, etc.

No se pueden negar esas posibilidades, pero a mi modo de ver resulta más plausible la interpretación inicial, la de que el miedo a una muerte atroz (el ser mutilado y devorado vivo, que constituye uno de los terrores primigenios de la especie humana) es lo que mejor explica las reacciones de los personajes y el devenir de la trama. Y, por supuesto, lo que explica un desenlace apabullante, estremecedor e inesperado, uno de los mejores del cine fantástico y de ciencia ficción de los últimos años (por no decir de todo el cine de las últimas décadas), cuya capacidad de suscitar la angustia y el escalofrío del patio de butacas sólo es comparable, y que conste que la analogía no supone ninguna pista, antes al contrario, con la del inolvidable final de El planeta de los simios.

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