A lo largo de este año 2008 se cumplirán veinte años (es posible que se hayan cumplido ya) desde que comencé a trabajar en serio con los ordenadores. Es cierto que mi primer PC data del año 1989, pero varios meses antes de comprarlo había tenido oportunidad de velar las armas informáticas con diversas estaciones de trabajo, en las que comencé a trabajar con procesadores de texto, bases de datos, y los indescriptibles juegos de aquella época en que un disco duro era una rareza y un monitor en color un tesoro inapreciable.

Desde mis primeros pasos con un PC he aprendido muchas cosas, la mayor parte de las veces a costa de darme de bofetadas con las máquinas y sus sistemas operativos, pues mi formación ha sido casi siempre autodidacta, poco sistemática y a menudo errática. Sin embargo, hay tareas habituales en el uso del ordenador que se me resisten, por diversas causas y circunstancias. Como sé que la confesión de las propias debilidades tiene un efecto curativo (y acaso también imitativo), voy a exponer a continuación una lista con veinte tareas que no sé realizar con un PC, y que me gustaría saber hacer.

1. Manejar Linux a fondo. Aunque he invertido muchas horas en el sistema operativo del pingüino, y me defiendo con una estación de trabajo, tanto en modo gráfico como con los comandos habituales de una consola, se me escapan muchísimos aspectos de la administración y configuración. Todos los años me prometo a mí mismo que voy a dedicarme sistemáticamente a practicar con alguna de las distribuciones más conocidas, pero siempre lo dejo para mejor ocasión.

2. Aprender a programar. La mente analítica y rigurosa de un programador es una de las gracias que, de forma más evidente, no quiso concederme el cielo, así que no aspiro a cursar una licenciatura en programación ni nada parecido. Me conformaría con una buena formación en PHP, que es el lenguaje que habitualmente me veo obligado a manejar en mis actividades cotidianas, porque lo que consigo hacer en la mayoría de los casos no pasa de unos balbuceos elementales, siempre sometidos al estresante procedimiento de la prueba y el error.

3. Aprender Flash. En su día me permití algunas alegrías con la que entonces era herramienta de Macromedia (ahora de Adobe), pero acabé estrellándome contra la línea de tiempos y sus flujos, simultaneidades, cruces y referencias, por no hablar de su lenguaje de programación, todavía más abstruso. Algo hay en mi cerebro que no funciona bien cuando se enfrenta con este tipo de herramientas relacionadas con la estructura temporal. Creo que alguna vez tendré que hacérmelo mirar.

4. Aprender a editar vídeo digital. Lo poco que he conseguido en este terreno ha sido absolutamente elemental, o bien se ha visto bendecido por la ayuda de tutoriales hiperminuciosos o compañeros con más paciencia que el Santo Job. Si me dejan solo, me pierdo enseguida en la maraña de conceptos, pistas y botones que hay que saber manejar. Por otra parte, en este ámbito como en muchos otros, me derrota la ansiedad: eso de que haya que invertir sesenta minutos de trabajo por cada minuto de vídeo digital, como suelen señalar los expertos, me saca de mis casillas.

5. Crear presentaciones atractivas. No es que no sepa manejar PowerPoint o Impress, es que me falta talento, ingenio y capacidad creativa para hacer una presentación como Dios manda. Cuando el otro día leía las entradas de Luis Barriocanal y Felipe Zayas sobre este particular, y confrontaba los ejemplos de buenas presentaciones con los que yo suelo hacer, se me caía la cara de vergüenza. Si algún lector de La Bitácora del Tigre se pregunta por qué nunca publico presentaciones en Slideshare, aquí tiene parte de la respuesta.

6. Profundizar en el retoque y la edición de imágenes digitales. Éste es otro ámbito donde he logrado algunos éxitos, que suelo exhibir siempre que me dan la oportunidad (y, a veces, sin que me la den). El problema es que yo sé perfectamente la inconmensurable distancia que hay entre el retoque de andar por casa y el trabajo fino y delicado que puede conseguirse utilizando el diez por ciento de la descomunal potencia de cualquiera de los programas de edición y retoque fotográfico. De hecho, cada vez que cojo del estante uno de los muchos libros que tengo sobre el uso de Photoshop, para repasar algún procedimiento elemental, me entra la flojera de piernas y la depre.

7. Llevar al día una agenda digital. Otro objetivo que, por algún motivo que desconozco, nunca consigo cumplir. He probado montones de herramientas, me he propuesto a mí mismo cambiar de hábitos, pero me acerco al medio siglo de vida fiado a mis costumbres inveteradas: la buena memoria (y la verdad es que la tengo, pero todo lo bueno algún día se acaba), las notas garrapateadas en cualquier papel, y los correos que me mando a mí mismo, técnica que constituye la mayor innovación de la que he sido capaz.

8. Escribir una novela. Es evidente que este objetivo poco tiene que ver con el dominio de las tecnologías informáticas, y sí mucho con otra clase de habilidades, técnicas y esfuerzos. Tengo muchas páginas escritas, perfectamente ordenadas, y hasta con páginas e índices maestros, pero me falta la decisión de dar un golpe de timón a mi vida, mandar un montón de actividades a la porra (tendría que empezar por el blog, claro, pues no se puede servir a dos señores) y dedicar mis horas de ocio a la escritura creativa, que es una de mis ambiciones secretas desde que tengo memoria.

9. Terminar la tesis doctoral. Así, a la brava, se dice pronto, pero tendría que retomar lo que dejé hace ya muchos años empantanado, rehacerlo, reordenar los materiales y reconvertirlos a un formato digital que permitiera un aprovechamiento eficaz. En fin, sé perfectamente que éste es un anhelo puramente romántico, sin proyección real sobre el rumbo que ha tomado mi vida, pero lo hago constar aquí como un recordatorio de otros tiempos y otras situaciones del pasado, que bien pasado está.

10. Mantener bien clasificada y etiquetada mi colección de temas musicales en MP3 y otros formatos de audio. Miles y miles de archivos, procedentes de ripeos realizados con ocho o diez programas a lo largo de más de una década, esperan el día en que los ordene y, sobre todo, los nombre y etiquete de manera coherente y sistemática. De vez en cuando hago arreglillos parciales con las etiquetas correspondientes a los temas y discos que más escucho, pero esas incursiones son una gota en un gigantesco océano de música que todos los años crece a un ritmo mucho mayor del que soy capaz de absorber.

11. Crear bases de datos de películas y discos, fichar mi discoteca y videoteca y mantener los registros al día. No es un propósito imposible, como demuestra mi base de datos de biblioteca, así que es cosa de ponerse al tajo. Pero, claro, si quiero fichar todos los ítems de una película o un disco (y sólo si se ficha bien tiene sentido tomarse el trabajo de anotar todas las pistas de un CD o agotar el reparto y el cuadro técnico de una película) me puedo dejar los ojos, las manos y la paciencia ante la pantalla del ordenador.

12. Hacer álbumes de fotos digitales e imprimirlos. Desde que compré mi Canon EOS 300D, no he vuelto a imprimir una sola foto en papel, lo cual es, a todas luces, una exageración típica de mi carácter, de la cual me arrepentí el otro día, cuando mi hermana me regaló un álbum digital Hofmann creado a partir de las fotos que yo había hecho a mi sobrino y ahijado con motivo de su Primera Comunión. Me faltó tiempo para descargarme el programa y componer un par de colecciones, aunque no me decidí a enviarlas, pues quiero comprobar antes qué tal se portan los servicios de impresión asociados a Flickr.

13. Geolocalizar o georreferenciar mis fotos de Flickr. Una tarea muy relacionada con la anterior, que tengo pendiente no por incapacidad o falta de conocimientos (bueno, eso creo, porque parece una operación sencillísima, cuya única limitación consiste en unos mapas a los que les falta cierto nivel de precisión), sino por molicie, pereza, vagancia, holgazanería, galbana, apatía, indolencia, desidia, dejadez, desgana o como quiera llamársele.

14. Tomar notas de lectura en un dispositivo móvil que pueda comunicarse fácilmente con el ordenador. Ya sé que ahora mismo ese objetivo no es fácil de alcanzar, pero no hay que descartar que en breve se popularice un libro electrónico fácil de utilizar, cómodo, agradable, barato, con conectividad WiFi y asociado a un modelo de negocio que con la compra de un libro en papel permita descargar de la Red el documento digital correspondiente, sin gastos adicionales (sobre algo de esto ha tratado recientemente Felipe Zayas, en una entrada que apunta, entre otras, a las siempre jugosas elucubraciones de J.A. Millán). Qué gozada sería poder leer y anotar en la cama, en el sofá o en el sillón de orejas, procesar las anotaciones con la herramienta de escritura del libro electrónico y, a través de la WiFi, publicarlas en el blog.

15. Llevar la contabilidad doméstica. No es que no sepa manejar las herramientas necesarias, es que me da una pereza tremenda ponerme a construir la hoja de cálculo necesaria para tal menester. Con ocasión de la reforma de la casa, hice algunos trabajillos parciales en tal sentido, diseñé los planos de un par de habitaciones y de las librerías que debían ocupar unas cuantas paredes, y hasta compuse una aplicación online para llevar al día los pagos de una empleada de hogar, pero nunca los he organizado en un sistema integrado.

16. Ahorrar dinero en la web. Yo he comprado casi de todo en Internet: software, hardware, libros, películas, discos, ropa, figuritas, cuadros e ilustraciones, regalos diversos, entradas para el cine y el teatro, viajes en tren y en autobús, reservas hoteleras, etc.; sin embargo, y a pesar de que nunca he tenido ningún problema serio con la compra online, sigo viéndome afectado por un inexplicable pudor a participar en sitios de subastas, rebajas, chollos, viajes de última hora y otros parecidos, aun a sabiendas de que en ellos pueden encontrarse auténticas gangas.

17. Crear un único repositorio de recursos online y mantenerlo actualizado y en perfecto estado de revista. Este es otra tarea que tengo pendiente, sea con Bloglines, con Netvibes, con Google Reader (servicios todos ellos en los que estoy dado de alta, pero que no frecuento con la necesaria continuidad) o con cualquiera que ventajosamente los sustituya. Mi posición con respecto a estos servicios es como la del proverbial Asno de Buridán, que de tanto mirar a montones de paja homogéneos se muere de hambre (o de envidia, sobre todo cada vez que leo alguno de los muchos artículos que Mario Núñez ha dedicado a este asunto, y su gigantesca lista de recursos).

18. Practicar con las herramientas de comunicación sincrónica. El chat y otras formas de mensajería instantánea en las que se escribe a través del teclado me parecen un invento diabólico, con el que me siento manifiestamente incómodo, pues soy incapaz de escribir con la desfachatez y falta de corrección que se requiere (que se exige, podríamos decir) en tales circunstancias. Otra cosa es el Skype, que aunque no utilizo mucho me produce sensaciones mucho más satisfactorias

19. Aprender a jugar con el Age of Empires III. Yo me confieso adicto absoluto al Age of Empires II: The Conquerors Expansion, y suspiraba por la aparición de la nueva versión. De hecho, cuando se publicó me faltó tiempo para comprarla no una sino dos veces (la edición normal se la regalé a mis sobrinos y yo me quedé con la “deluxe”), pero nunca he conseguido acostumbrarme a este juego de estrategia, cuya jugabilidad y dinamismo considero muy inferiores a los de su antecesor.

20. Tener más tiempo y criterio para alejarme de la tentación del PC y dedicar mis ocios a otras aficiones que me gustan tanto o más que el cotidiano trasteo con estos malditos chismes: leer, ir al cine, escuchar música sin estar pendiente de hacer otras mil cosas, montar maquetas de aviones y carros de combate (ésta es, Lu, la afición secreta a la que aludía a principios de año), pasear, sacar fotos, estar con la familia. Tengo que reconocer, no obstante, que todo esto lo digo con la boca pequeña, pues esta tarde he pasado un rato de lo más gozoso con el que fue mi profesor de Lengua y Literatura en BUP y COU. Le he enseñado cómo se extraen las pistas de audio de un CD y se recortan ruidos y aplausos, cómo se pueden descargar los vídeos en formato FLV que almacena YouTube, cómo se imprimen carátulas y etiquetas, y otros trucos del oficio. Mi antiguo profe, ahora misionero en Brasil, bullía de entusiasmo con cada descubrimiento, y yo con él. Devolverle aunque sólo sea una mínima parte de lo que me entregó durante sus años de docencia en el colegio de los Escolapios de Pamplona me resarce plenamente de las angustias y los agobios que de vez en cuando me hacen sufrir los PCs.

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