Esta tarde he pasado un rato muy entretenido tratando de incorporar a la barra lateral de mi blog el menú desplegable de etiquetas al que hace poco se refería Mario Núñez en su blog. No he conseguido ponerlo en práctica a mi entera satisfacción, porque la anchura del menú desencuadraba la barra lateral derecha de La Bitácora del Tigre. En todo caso, puedo certificar que el hack funciona, por si algún bloguero tiene interés en seguir las fructíferas enseñanzas de Mario y los algo más infructuosos experimentos míos.

Después de devolver la barra lateral a su ancho habitual, me he puesto a hacer algunos cambios: modificación de algunos elementos de publicidad, actualización de varios plugins, ajustes en algunos elementos de código que tenía pendientes, etc. De repente, al comprobar los resultados de la actualización del plugin Flickr Slideshow Wrapper, me he dado cuenta de que las entradas que utilizaban esta extensión habían perdido su conexión con mi cuenta de Flickr. Rápidamente he ido hasta allí, para comprobar que en la entrada a mi cuenta aparecía un mensaje, tan ominoso como paradójico (algo así como “No se alarme, su cuenta ha caducado”), acompañado por la no menos alarmante desaparición de casi todos mis álbumes de fotos.

A punto he estado de sufrir un síncope, pero como ya tengo el culo muy pelao con este tipo de sucesos, me he dicho: “calma, Eduardo, tómate tu tiempo y lee el manual de instrucciones, que para eso está”. Dicho y hecho: he acudido a la lista de preguntas más frecuentes, he comprobado que si una cuenta Pro caduca Flickr no borra las fotos en ella alojadas (es decir, la cuenta vuelve a su estado “gratuito”, por decirlo de algún modo), y que basta con renovar la suscripción para devolver a la vida todas las fotografías que tan laboriosamente he ido subiendo a Flickr durante los últimos años.

Vale, ahora respiro tranquilo, pero el sofocón no me lo quita nadie. Y como sé que entre los colegas blogueros hay unos cuantos devotos de Flickr, aquí cuento mi experiencia, por si le sirve a alguien para practicar a buen recaudo ese maravilloso deporte hispánico que se llama “escarmentar en cabeza ajena”. Podéis reíros de mis neuras, compañeros, siempre que lo hagáis con la debida discreción.

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