Desde finales del mes de octubre estoy embarcado en un curso online sobre PHP y MySQL. Ni el lenguaje de programación ni el servidor de bases de datos me resultan desconocidos (de hecho, a veces pienso que los conozco de toda la vida, o por lo menos de toda la vida de editor web y bloguero), pero mis conocimientos sobre ambos son incompletos, anárquicos, llenos de suposiciones y conjeturas que, una y otra vez, se me demuestran falsas de toda falsedad.

En alguna otra ocasión he confesado que la de programador fue una de las gracias que no quiso concederme el cielo. Mientras avanzo penosamente en el mundo de variables, operadores, arrays, funciones, estructuras de control y demás, compruebo que mis problemas con la programación no se deben a la dificultad de retener los conceptos, o a las sutilezas de la sintaxis (pues en tiempos de Internet toda consulta, y más sobre temas informáticos, se halla apenas a la distancia de un par de golpes de ratón), sino a una falla más honda y desalentadora: a mi dificultad para reducir los problemas a un diseño lógico que luego pueda ser reproducido mediante las correspondientes estructuras de programación.

Es una limitación de la que comencé a ser consciente en 2º de BUP, curso en que las Matemáticas empezaron a mostrarme su auténtico rostro. Hasta entonces, no había tenido problemas (de hecho, se me da bastante bien el cálculo), pero con la llegada de los logaritmos, las derivadas y las integrales, la asignatura empezó a hacérseme cuesta arriba. Los profesores -quiero adelantarme a cualquier objeción al respecto- no tuvieron ninguna culpa en este súbito golpe de realidad. La simple verdad es que eran (y lo siguen siendo, con muchos más años a cuestas) gente estupenda, y yo un torpe, un tarugo, un zoquete para comprender los misterios en los que trataban de iniciarme.

Cada sesión del curso online de PHP y MySQL es un tormento, sí, pero también tiene mucho de gozoso descubrimiento. Cada pequeña victoria sobre un problema de programación lo celebro con entusiasmo digno de mejor causa: me levanto de la silla, pego un grito, voy corriendo al cuarto donde Pilar corrige afanosamente exámenes y la arrastro a la guarida del Tigre para explicarle cómo he declarado un par de variables, cómo he operado con ellas y las he sometido al imperio de un operador de post-incremento.

Me tiro de los pelos (y no es hipérbole) cuando no consigo encontrar la secuencia lógica que da solución a un problema y tengo que recurrir a esa chuleta de proporciones ciclópeas que es Google, fatigo la red buscando información sobre un caso práctico que me suena de alguna vez en que me enfrenté a una sutileza de WordPress o Joomla! y, poco a poco, con mucho esfuerzo, con perseverancia, con denuedo, a menudo dando dos pasos atrás para tomar impulso y avanzar uno hacia delante, voy completando las etapas del curso.

La frustración de algunos momentos y la constatación de las propias limitaciones y torpezas me traen a la memoria mi experiencia con las mates en 2º y 3º de BUP, pero también algunas lecturas recientes: la de Mal de escuela, de Daniel Pennac, excelente y conmovedor recuerdo de sus años como zoquete, y apasionada reivindicación de la institución escolar y la imprescindible necesidad de la constancia, el esfuerzo, la disciplina y el silencio. Y la de El profesor en la trinchera, de José Sánchez Tortosa (todavía no la he acabado), con quien comparto la convicción de que la escuela ha de asumir, sin disimulos ni coartadas, una tarea tan ingrata como inevitable: la de violentar los impulsos innatos en los estudiantes, transformar su naturaleza y conducirla hacia una serie de hábitos de trabajo y esfuerzo que hagan posible el disfrute del aprendizaje.

El fomento del impulso de aprender frente a las tentaciones del abandono, la comodidad y la pereza, la lucha contra las limitaciones (intelectuales, sociales, económicas) que nos afectan cotidianamente, la transmisión a las jóvenes generaciones de la ilusión por ser capaces de hacer algo que antes no sabían hacer (que ni siquiera sospechaban que pudieran hacer), son propósitos nobilísimos que alientan muy poderosamente en los libros de Pennac y Sánchez Tortosa, y que yo estoy reviviendo en estos días, a trancas y barrancas, mientras me doy de bofetadas con el código.

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