After Dark, de Haruki Murakami

After Dark, de Haruki Murakami

No deja de sorprenderme la cantidad de comentarios que ha merecido mi reseña de Tokio Blues, de Haruki Murakami, sobre todo porque tengo la fundada impresión de que bastantes de entre esas anotaciones corresponden a comentaristas cuyo perfil difícilmente encaja con eso que podríamos llamar, a falta de mejor nombre, el lector-tipo de La Bitácora del Tigre. A lo mejor es que yo mismo tampoco coincido con ese modelo de lector (antes de leer al novelista japonés estaba casi seguro de que no me iba a gustar), pero esta consideración me llevaría por terrenos en los que prefiero no adentrarme.

El comentario de Marcela, una jovencísima lectora me ha animado a sacudirme el letargo (¡ay, cuánto hace que no escribo una reseña como Dios manda!) y dedicar unas breves líneas a la última novela del escritor japonés publicada en España, After Dark, que al igual que Tokio Blues está protagonizado por unos jóvenes desnortados y confusos, recién salidos de la adolescencia, que vagabundean por un Tokio nocturno, plagado de neones, cafeterías, tiendas que abren toda la noche, el love-ho Alphaville (creo que el castizo término español de “casa de citas” no hace justicia a estos hoteles para parejas, típicamente japoneses), y parques solitarios donde los protagonistas, como los de Kafka en la orilla, dan de comer a los gatos.

Contada casi en tiempo real (pues transcurre desde las 23,55 de un día hasta las 6,50 del siguiente), la novela tiene ese tono un tanto enajenado, irreal y hasta en ocasiones vertiginoso de la madrugada, en la que habitan algunos personajes muy típicos de la vida nocturna (la encargada de la casa de citas, un par de mujeres de la limpieza, un programador insomne con tendencias sádicas, una prostituta china salvajemente maltratada), pero también otros, los protagonistas, cuya aparición en esas horas robadas al sueño se adivina excepcional y problemática desde su primera escena. Hay encuentros casuales, conversaciones aparentemente triviales (pero sobre las palabras y aún más sobre los silencios gravita el peso de los pequeños y grandes dramas de la vida cotidiana), coincidencias tragicómicas a las que son ajenos los protagonistas y que sólo son perceptibles para el lector, y hasta un enigmático episodio de sueño o pesadilla (si es que lo son, porque sería imprudente afirmarlo de forma tajante), muy del estilo Murakami, que atraviesa toda la novela y cuyo sentido, al principio completamente opaco, se va aclarando poco a poco.

La acción es mínima, pero en todo momento el autor se las ingenia para atraer la atención hacia los personajes y su peripecia vital con un despliegue muy hábil de recursos literarios. Para empezar, unos diálogos espléndidos, fascinantes, con ocasionales chispazos de lirismo, a cuya naturalidad y fluidez (pocos novelistas se manejan tan bien en las conversaciones incidentales como Murakami) es imposible resistirse. Aunque traten de trivialidades o lugares comunes, tras las palabras de los personajes de After Dark, a menudo esquivas o reticentes, siempre parece alentar el misterio, el secreto, el enigma o la sorpresa. Y lo más llamativo es que el misterio no resulta en absoluto impostado, pues tiene la naturalidad que le brinda el encuentro de las vidas individuales, reunidas o fundidas durante un breve momento de comunicación y sinceridad en el crisol de los locales nocturnos.

El minimalismo de la acción y de la ambientación del relato, que no es incompatible con la minuciosidad descriptiva con la que el autor trata ciertos objetos y situaciones (la comida, la música, la ropa, la manera en que hablan, duermen o se mueven los personajes), apunta a una realidad trascendida, voluntariamente despojada de referencias espaciales y por tanto de vocación universal. Sí, estamos en la noche de Tokio, parece decirnos Murakami sin necesidad de mostrarse altisonante o de apurar los simbolismos, pero los personajes y las situaciones que protagonizan podrían darse en cualquier gran ciudad del mundo.

Llama muy poderosamente la atención la actitud adoptada por el narrador, que se hace presente en la novela a través de un ejercicio de auto-revelación, o declaración explícita de su existencia, que parece una versión modernizada (aunque yo diría que en absoluto irónica) de los expedientes narrativos propios de la novela decimonónica. El relato, de hecho, está enmarcado por el movimiento de la mirada del narrador, que comienza sobrevolando la ciudad de Tokio a vista de pájaro para descender hasta el nivel de la calle y entrar en Denny’s, el local donde Mari Asai, protagonista de la novela, lee un libro. Si After Dark fuera una película diríamos que es un plano-secuencia en el que la cámara está montada sobre una grúa gigantesca (y, tratándose de Murakami, hay que dar por supuesto que la película también tiene una banda sonora, en su mayor parte formada por standards de jazz, como el “Five Spot After Dark”, del trombonista Curtis Fuller, que es la pieza predilecta de otro protagonista de la novela, Tetsuya Takahashi).

Sólo una presencia tan singular y de omnisciencia tan conspicua como la del narrador que acabo de describir puede hallarse en condiciones de contar el enigmático episodio protagonizado por el personaje de Eri Asai, la bellísima hermana de Mari, que duerme ininterrumpidamente en una habitación a oscuras, mientras que en el televisor de su cuarto, apagado, se materializa una especie de ventana a un mundo alternativo de consistencia pesadillesca y angustiosa. Qué sea este universo fantasmagórico y vagamente siniestro, qué relación tiene con el profundísimo sueño en el que transcurren las horas para Eri o con la vida de su hermana Mari, es algo difícil de explicar, y desde luego no es objetivo de esta reseña el aclararlo, pero baste decir que, aunque bañado en zonas de sombra, su misterio se va precisando conforme transcurre la novela, y que su angustiosa irrealidad se deshace o sublima en un desenlace de gran belleza, una especie de simbólico acto de amor por el que las dos hermanas, mucho tiempo alejadas y habitantes de mundos muy distintos, parecen reconciliarse, mientras la ciudad abandona las horas de sombra y llega el nuevo día.

De reconciliación y esperanza, de vidas tristes y apagadas que confluyen casualmente y que mutuamente se alivian en la confesión de sus secretos, tragedias y anhelos, trata esta novela, sencilla en apariencia, pero llena de sugerencias y profundas resonancias emotivas. Para cualquier lector que en su juventud se haya sentido desvalido y sin rumbo, para cualquiera que haya dudado de sí mismo y de su destino en las altas horas de la noche, After Dark será un relato conmovedor, con cuyos personajes, por muy distintos que sean de la propia vida, no cuesta identificarse.

No es fácil explicar el “toque” Murakami, ni precisar cómo consigue que cada una de las situaciones y personajes de sus historias se nos hagan tan imprescindibles. Lo mejor es sumergirse en sus libros, comenzando tal vez por esta breve y subyugante novela insomne, pautada implacablemente por el paso del tiempo (hasta tal punto que sus capítulos están ilustrados con las sucesivas posiciones de las manecillas de un mismo reloj), tan hermosa en ocasiones, tan elegante, tan lúcida y misteriosa.

Haruki Murakami, After Dark, Barcelona, Tusquets Editores (Col. “Andanzas”, 670), 2008, 248 páginas.

De la “banda sonora” de la novela, siempre de excelente gusto como es marca de la casa Murakami, conviene destacar el tema “Five Spot After Dark”, del trombonista Curtis Fuller, perteneciente a su disco Blues-Ette, de 1959.

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