Como una especie de viaducto de Millau o hipérbole de las fiestas locales, el puente de la Constitución-Inmaculada se alarga en Navarra, por aquello de la singularidad foral, desde el día 3 de diciembre, fecha en la que se celebra en nuestra comunidad la fiesta de su patrón, San Francisco Javier, hasta el día 8. Son seis días en los que apetece salir de nuestras fronteras hacia climas más benignos, pues el tiempo atmosférico (al menos en Pamplona, ciudad que según el dicho local sólo tiene dos estaciones, el invierno y la de la RENFE) tiende a situarse por estas fechas en una estrecha franja cuyos límites son lo desagradable y lo francamente abominable.

En esta ocasión, Pilar y yo consagramos nuestro rumbo a Barcelona, donde esperábamos ver unos cuantos museos y pasear por la ciudad, con un pronóstico de al menos 13 grados Celsius y precipitaciones tendentes a cero. Curiosamente, el tiempo se comportó de acuerdo con las predicciones, y casi no hacía falta ponerse otras prendas que la camisa y un ligero sobretodo. Bueno, eso era lo que yo llevaba encima cuando salimos del hotel el día 3, a eso de las seis de la tarde, pero debo de tener el termostato mal ajustado, pues muchos barceloneses y barcelonesas caminaban por las calles embutidos en toda suerte de gabanes, bufandas y guantes. Ay, me dije, no sabéis lo que es el invierno de Pamplona.

En fin, a lo que voy: que el buen tiempo reinante y el cosmopolitismo de la ciudad nos disuadieron de encerrarnos en los museos y nos animaron, en cambio, a practicar el noble deporte del callejeo sin rumbo y el no menos noble disfrute de las delicias gastronómicas que Barcelona pone generosamente a disposición de sus visitantes. Anduvimos arriba y abajo por la Ciutat Vella, por entre las manzanas achaflanadas del Eixample (el Ensanche) y por las calles del barrio de Gràcia, disfrutamos de la animación incomparable de las Ramblas y la apiñada greguería visual del Mercado de la Boqueria y nos metimos entre pecho y espalda gran parte de la suculenta oferta de tapas y pinchos que de un tiempo a esta parte ha proliferado en la Ciudad Condal. Por cierto, nos hizo mucha gracia un local de “alta taberna” que lucía en su nombre un glorioso calambur: “Paco Meralgo”.

Tengo que admitir que también caímos en la tentación consumista, tan bien aprovechada por la industriosa naturaleza del comercio barcelonés, que se nos mostró indiferente al calendario festivo y a los horarios de apertura y cierre a los que estamos acostumbrados en Pamplona. Entre libros, figuritas y adornos varios (incluido un peluche para la colección de tigres), discos (de guitarra clásica española, de arpa, órgano, trompeta barroca y hasta una improbabilísima recopilación de conciertos para tuba, salida del infinito catálogo de Naxos), botellas de cava, brandy, aceite de arbequina, dos caganers idénticos con destino a los belenes familiares y los inevitables recuerdos de la visita a esa maravilla medieval que es el Monasterio de Poblet (hacía muchos años que no volvía por allí, y ya no me acordaba del sorprendente retablo de alabastro y los bellísimos sepulcros de los reyes de la corona catalano-aragonesa), nos dejamos una pasta gansa.

Peluche de una pantera de las nieves

Peluche de una pantera de las nieves

Y es que además el tiempo y las circunstancias invitaban al dispendio. Cómo resistirse a la euforia del callejeo, del tapeo y del compreo (pido disculpas por el neologismo), tras llamar por teléfono a Pamplona y oír de labios de mi madre y de mi hermana que por estos lares estaba diluviando y que hacía un tiempo de perros. Nosotros, mientras tanto, dando brincos por la carretera que asciende al Turó de l’Home, cumbre del macizo de Montseny, o sentados en una terraza del puerto de Areyns de Mar, bien surtida de productos de la tierra, o de ronda por las calles de Sitges, mirando de reojo a parejas de gays circunspectos y formalísimos (es que todavía no nos hemos desprendido del pelo de la dehesa), que paseaban cogidos de la mano y diciéndose ternezas.

No obstante, no todo en la excursión ha consistido en dedicarse al dolce far niente. También hemos disfrutado de la incomparable oferta cultural de Barcelona, y en concreto de un emocionante concierto de guitarra clásica celebrado el día 5 en la Basílica de Santa María del Pí, a cargo de Manuel González, con un programa en el que figuraban obras de compositores como Gaspar Sanz, Isaac Albéniz, Manuel de Falla y Francesc Tàrrega. Bajo este párrafo he incluido una pista de Spotify en la que González interpreta la Gran Jota Aragonesa de Tàrrega, que no es la obra que más me gusta, pero sí la más espectacular. En todo caso, me interesa destacar un hecho que se me antoja paradójico, y hasta un poco triste: que apenas había españoles en el concierto, y sí muchos, muchísimos extranjeros (norteamericanos, ingleses, franceses, italianos, japoneses) que se rompieron las manos aplaudiendo. No sé, a lo mejor es que el contenido del programa era muy folclórico para algunos, o con excesivo sabor “español” para otros (el muchacho que me ofreció el programa se apresuró a aclararme que no se trataba de “flamenco”), pero la situación resulta significativa de nuestros complejos nacionales, que a mi modo de ver no revelan otra cosa que una paupérrima tradición cultural.


Cartel de la película Appaloosa

Cartel de la película Appaloosa

Volviendo al título de esta crónica viajera (hasta ahora ningún lector podría explicárselo, lo cual no deja de ser una clamorosa afrenta a las normas de estilo imperantes en la blogosfera), tengo que aclarar que alude al novelista inglés Robert Harris, autor de Patria, una de las más famosas ucronías contemporáneas, y al actor y director Ed Harris, que acaba de estrenar en las carteleras españolas Appaloosa, uno de esos westerns crepusculares y autorreflexivos que tanto excita la sensibilidad de los críticos cinematográficos. Pilar y yo vimos la película en un cine barcelonés del barrio de Gràcia (es una de nuestras inveteradas costumbres vacacionales, de la que en un par de ocasiones ya he tratado en este blog), y a ambos nos pareció una historia sosa, aburrida, con una trama poco lograda y un tono difuso, que no acaba de definirse en ningún momento. En realidad, el filme se salva por los espléndidos escenarios y por los buenos oficios de la singular pareja que forman el sheriff sobrevenido Virgil Cole y su ayudante, Everett Hitch, respectivamente interpretados por el propio Harris y un Viggo Mortensen que ha convertido la cara de palo y el gesto de arrogancia en una seña de identidad tan reconocible como los andares de John Wayne o los tartamudeos de Jimmy Stewart. Por su parte, Renée Zellweger, que encarna a la pareja del sheriff, no hace otra cosa a lo largo del metraje que muecas y morisquetas a cuál más innecesaria e insoportable.

Patria, de Robert Harris

Patria, de Robert Harris

De Patria me llevo una impresión mucho más favorable, aunque no tan rotunda como yo había esperado a tenor de mis noticias sobre este libro, de mi experiencia previa con otras novelas del escritor inglés (la espléndida Enigma y la mucho menos lograda Pompeya) y de la primera mitad del libro, que me pareció soberbia. Como suele ocurrir, es probable que la causa de mi relativa decepción fuera un cierto desenfoque sobre la verdadera entidad de la novela, pues Patria, más que una ucronía o relato de historia alternativa, es un thriller protagonizado por el típico policía desengañado y escéptico (Xavier March, investigador de homicidios de la Kriminalpolizei, la Kripo), leal sobre todo a su trabajo y a sus propias convicciones, que ejerce el oficio en las circunstancias más opuestas al descubrimiento de la verdad que quepa imaginar: las de un Berlín embarcado en los preparativos triunfalistas del septuagésimo quinto cumpleaños del Führer Adolf Hitler, líder indiscutido de un Tercer Reich vencedor de la Segunda Guerra Mundial, en la primavera del año 1964.

En todo caso, conviene destacar que la trama policíaca está muy bien entrelazada con la recreación de la Alemania vencedora de la contienda, y el discurso histórico alternativo proporciona esas sorpresas tan del gusto de los aficionados al género: ver como presidente de los Estados Unidos a Joseph Kennedy, el padre de John Fitzgerald, compadreando con el nazismo (también aparece por ahí Charles Lindbergh, protagonista de otra celebérrima ucronía, La conjura contra América, de Philip Roth), asistir a una recreación de la política de disuasión nuclear de la Guerra Fría, pero en este caso protagonizada por los arsenales atómicos de Alemania y Norteamérica, pasear junto a los personajes por entre los colosales monumentos diseñados por Albert Speer para el Reich de los Mil Años, o saber de los primeros éxitos de los Beatles.

No quiero adelantar el desenlace, que a pesar de ciertas inverosimilitudes y de una subtrama romántica bastante convencional (a mi modo de ver es lo más flojo de la novela), alcanza una gran intensidad emotiva, y hasta trágica, pero el modo en que el final anuda la relación mutua entre la investigación policial y la historia alternativa es uno de los grandes hallazgos de Patria. De hecho, la investigación emprendida por Xavier March para aclarar los crímenes que se suceden en la trama acaba confluyendo con el gran misterio histórico de esta Alemania imaginaria de 1964, por el que nadie se atreve a preguntar. El desenlace subraya lo inevitable de esta confluencia (no quiero mostrarme presuntuoso, pero yo lo intuí bastante antes que aparecieran las pistas definitivas), y a pesar de su carga trágica ofrece un atisbo de esperanza que hace pensar al lector que incluso de no haber sido derrotado el régimen nazi por la fuerza de las armas, su naturaleza monstruosa no hubiera sobrevivido a la figura de su creador.

Robert Harris, Patria, Barcelona, DeBolsillo (Col. “Best Seller”, 335-3), 2004, 425 páginas.