Es probable que, tras leer el presente artículo, más de un lector considere que soy el campeón de la frivolidad y la inconsistencia, pero no me digan que la noticia que hoy publican varios medios de comunicación –el choque de dos submarinos nucleares armados con misiles intercontinentales, uno francés y otro británico, en las profundidades del Atlántico, y al parecer cerca de la Península Ibérica- no constituye el germen de un estupendo guión cinematográfico.

La noticia tiene todos los ingredientes de un thriller de los buenos: misterio (ya se sabe cuál es la terrible encomienda que guía el rumbo de esos modernos leviatanes, pero ¿por qué navegaban tan cerca uno de otro como para embestirse?), especulaciones tecnológicas (que no fueran capaces de detectarse mutuamente, ¿es una derrota o un triunfo de sus sofisticadísimos equipos de escucha y análisis de firmas sonoras?), intrigas políticas del más alto nivel y, por supuesto, la angustia y zozobra insuperables de uno de los subgéneros cinematográficos más queridos de los aficionados, el del cine de submarinos.

Sobre esta interesantísima modalidad del cine bélico traté hace ya unos cuantos años, en mi reseña de la película U-571, de Jonathan Mostow. Pido disculpas de antemano por la autocita:

Qué mejor escenario que las grasientas tripas de un sumergible para lograr plenamente algunas de las características del cine que a muchos nos gusta ver: tensión dramática, plasticidad, identificación del espectador con los personajes, emoción en estado puro, en suma. En efecto, el espacio cerrado y claustrofóbico de un submarino constituye un universo a un mismo tiempo limitado y complejo, lo cual favorece la aparición y desarrollo de la tensión dramática. Por otra parte, el interior de una de estas enormes bestias metálicas proporciona a las imágenes una textura casi orgánica, endoscópica, derivada tanto de la inevitable limitación en el horizonte de la cámara como del extrañamiento y consiguiente fascinación que provoca su constitución mecánica, esa intrincada maraña de diales, tuberías, válvulas y motores.  Finalmente, cualquier espectador, por muy insensible que sea, o por mucho que odie la causa representada por los tripulantes de un sumergible, no puede ser indiferente ante su destino, ante la angustia de unos hombres atrapados dentro de una frágil cáscara de acero, que constituye al mismo tiempo su única fortaleza y el indiferente instrumento de su siempre probable destrucción.

No hace falta insistir en que no tengo la menor experiencia de la vida en un submarino de combate, pero he recorrido los estrechos pasillos de Le Redoutable en el puerto de Cherburgo y del Growler, en el Intrepid Sea Air & Space Museum, del puerto de Nueva York (aquí nos contaron una anécdota muy significativa: el espacio disponible en la nave era tan escaso, que durante sus misiones algunas de las duchas se utilizaban como almacén de provisiones; la tripulación sólo podía utilizarlas una vez consumidos los víveres allí estibados) y no me resulta difícil imaginar la angustia y tensión que vivieron los tripulantes de los navíos francés y británico cuando se produjo el inesperado incidente, “a gran profundidad en aguas del Atlántico” (El País, martes 17-II-2009, p. 6). Seguro que a muchos marinos les pasó por la cabeza la horrenda peripecia del Kursk, y que el tono un tanto displicente de la noticia periodística que acabo de mencionar tendrá poco que ver con las emociones reales que se vivieron en aquellas horas.

Pero, bueno, admito que la historia tiene también su punto chusco. Si la disciplina militar tolera entretenimientos como los que practicaban los protagonistas de Marea Roja, de Tony Scott (una especie de trivial pursuit sobre películas de submarinos, en el que desempeña un papel destacado el enfrentamiento entre Robert Mitchum y Curt Jurgens en Duelo en el Atlántico), seguro que a mí se me permitirá otro no tan diferente: imaginar que los sumergibles británico e inglés andaban cartografiando los fondos marinos, tratando de encontrar explicación para una extraña anomalía magnética semejante a la TMA-1 de 2001, una odisea del espacio, cerca de la cual se encuentra, además, un pecio valiosísimo anhelado por hordas de modernos saqueadores de tumbas, una especie de Nuestra Señora de Atocha elevado a la enésima potencia, que dejaría en mantillas a los galeones españoles desvalijados por el capitán Nemo en la ría de Vigo.

Se podría adobar la historia submarina con algún motivo de ciencia ficción, como en The Abyss, de James Cameron (así se explicaría, de rebote, la anomalía magnética), o con referencias de rabiosa actualidad (¿no fue por esas aguas el escenario del naufragio del Prestige?). Así daríamos a la historia un toque internacional, justificaríamos la intervención de un rostro femenino (nuestra Carme Chacón, constituida en gabinete de crisis junto a Rodríguez Zapatero y los Jefes de Estado Mayor) en un género cinematográfico que se cuenta entre los más resistentes a la política de cuotas, y le daríamos marchamo de respetabilidad a la historia.

Tengo incluso pensadas algunas figuras internacionales para el reparto: quiénes lo harían mejor que el enérgico y versátil Philippe Torreton para comandante del submarino francés, o que Colin Firth en el papel de su homólogo británico, atildado, pulcro e inevitablemente escéptico respecto a los auténticos objetivos de la misión. Como jefe de la banda de aviesos saqueadores de pecios nadie más adecuado que Ben Kingsley, por supuesto acompañado de alguna atractiva experta con un par de doctorados y alguna experiencia militar; podría ser Denise Richards, que según las malas lenguas tiene el dudoso honor de haber encarnado a la peor “chica Bond” de la saga homónima, y desde luego a la más improbable científica nuclear de la historia del cine, en El mundo nunca es suficiente, de Michael Apted.

La película acabaría con un plano general de los submarinos británico y francés, navegando en superficie, rumbo a sus bases de Faslane, en Escocia, y L’Île Longue, en Bretaña (por cierto, recomiendo a todos los aficionados a la historia militar el viaje en barco por la rada de Brest, donde está ubicada esta secretísima base militar; yo lo hice durante las vacaciones del verano de 2003, armado de una buena guía y de unos prismáticos, que me permitieron avizorar en la distancia las instalaciones de la force de frappe), mientras los comandantes se envían a través del periscopio ráfagas luminosas en código Morse, como en La caza del Octubre Rojo, de John McTiernan. A continuación, la cámara barrería los cascos de los sumergibles, mostrando en nítidos insertos los daños sufridos en el incidente. Y finalmente, mediante planos-secuencia que tienen una larga tradición en el género (escotillas de entradas-salas de oficiales-comedor-dormitorios de la tripulación), mostraría la vida cotidiana de los marineros, ya repuestos del susto, entonando a voz en cuello It’s a long way to Tipperary y La Madelon.

El éxito de la temporada, no me cabe la menor duda.