Cartel de la película La clase

Cartel de la película La clase

Casi lo primero que se me ocurrió mientras veía la película de Laurent Cantet fue una reflexión bastante descorazonadora con respecto a la situación del cine español, que está hoy con el ánimo por las nubes tras el Oscar de Penélope Cruz por su interpretación en Vicky Cristina Barcelona (por cierto, tal vez convendría precisar que a pesar del título, el escenario y la nacionalidad de algunos protagonistas, la película no es española, sino norteamericana, y bastante mala, además; la actuación de la actriz de Alcobendas es de lo poco que se puede salvar en ella): qué distinta toda la historia, por el planteamiento argumental, por el manejo de la estructura narrativa, por el tratamiento de los personajes y por su ambientación, de lo que habitualmente aparece en el cine o en la televisión españoles, tan dados al chiste fácil, la sal gorda y las simplificaciones abusivas, cuando no a la pura y simple falsificación de la realidad.

Porque se podrá estar más o menos de acuerdo con el punto de vista elegido por su director, con el actor elegido para encabezar el reparto (François Bégaudeau, profesor de instituto y autor del libro en el que está basada la película, que encarna al protagonista, el también profesor François Marin), con la puesta en escena, los encuadres y los movimientos de cámara, aspectos todos ellos que a mí no me acabaron de convencer, pero lo que no podrá negarse de ningún modo es que La clase constituye un relato sincero y emotivo, tan alejado de las pedagogías “oficiales” (porque no hay una sola) como de la visión complaciente que consiste en reiterar aquel viejo adagio de “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y desde luego capaz de retratar en toda su crudeza una realidad compleja, conflictiva e incluso amarga.

Quizás el principal reproche que pueda hacerse a La clase es que, en su propósito de ceñirse a los principios de la representación realista, cuasi documental, se deja por el camino algunas añejas virtudes del cine, o al menos del cine que nos gusta a muchos espectadores (que no se haya llevado el Oscar 2009 a la mejor película en lengua extranjera, después de ganar la Palma de Oro en el festival de Cannes de 2008, probablemente tiene alguna relación con esta circunstancia). Sí, ya sé que el hecho de trabajar con escenarios reales, con actores no profesionales en su inmensa mayoría y con una cámara muy pegada a las circunstancias del momento impone sus propias reglas, pero a mí me dio la sensación en varios momentos de que los planos resultaban poco funcionales, los movimientos de la cámara demasiado irregulares y las angulaciones demasiado forzadas. Por otra parte, Bégaudeau me pareció en exceso gesticulador, poco reposado, demasiado “francés” si es que cabe hacer semejante observación.

Dicho esto, tengo que admitir que me gustó muchísimo La clase, aunque estaría dispuesto a reconocer sin empacho que por razones que tienen que ver más con mi condición docente y mi conocimiento de la realidad educativa que con las virtudes intrínsecas de la película. En todo caso, alabo la valentía que preside el retrato de unas aulas en las que no falta la conflictividad social, sexual y racial, pero de las que no han desaparecido el entusiasmo, la inocencia y la alegría. Me pareció fascinante la forma en que presenta a los profesores, en cuyas actuaciones se combinan los buenos propósitos y las mejores intenciones con conductas poco atinadas o claramente erróneas, y desde luego disfruté con la abundantísima galería de personajes jóvenes, alumnos y alumnas captados en su individualidad (el mestizaje cultural y racial, la mezcla de poses, vestimentas, nombres y actitudes ayuda mucho a conseguirlo), pero a la vez sin prescindir del todo de los estereotipos que la tradición escolar ha consagrado: el empollón, la rebelde, el pasota, la chica que no se entera de nada y que por timidez o vergüenza no se atreve a reconocerlo…

Un aspecto que me pareció sobresaliente es el retrato de los profesores y sus actitudes ante el trabajo que desempeñan. Hay, a este respecto, secuencias extraordinarias por su vigor expresivo y su descarnada sinceridad, como aquélla en la que un miembro del claustro expresa su rabia y su frustración ante el trato que recibe de sus alumnos, mientras que los demás docentes asisten, prácticamente en silencio, a su atribulada confesión. Debates y discusiones como los que tienen lugar durante la sesión de evaluación, o en el consejo de disciplina al que se somete a Souleymane, el alumno más díscolo (por cierto, extraordinaria actuación la de Franck Keïta) tienen un acertadísimo tono de realidad próxima, creíble, y no sólo porque las ideas y posicionamientos que ahí aparecen retratan con fidelidad los que cualquier docente ha podido escuchar en su centro (qué lucidez tan abrumadora e implacable la del profesor de Geografía e Historia), sino porque –y esto ya no es tan común, ni en el cine ni fuera de él- la película muestra a los protagonistas en la plenitud de sus errores, sin disimularlos ni justificarlos.

De uno de ellos me interesa tratar aquí con cierta extensión, porque está en el origen del incidente que da lugar al episodio más tenso de la película (sobre este asunto aconsejo la lectura de la reseña de La clase a cargo de Eduideas, y el intercambio de comentarios que ha propiciado). Se trata de la sesión de evaluación, en la que la actitud francamente reprensible de las delegadas de clase deriva en una desacertada intervención del protagonista, con insultos de por medio hacia sus alumnas (las llama “golfas”), la cual motiva a su vez el estallido de Souleymane y las consiguientes medidas disciplinarias contra el alumno. Es muy significativo este episodio porque ninguno de los profesores presentes –ni siquiera el Director, que hasta ese momento siempre se había comportado como un hombre cabal, a la vez firme y comprensivo, y muy consciente de su alta responsabilidad- reprocha a las alumnas lo que constituye una clara falta de respeto hacia la institución escolar y sus integrantes. Esa inacción contrasta agudamente con otros aspectos de la vida escolar –a los alumnos se les exige el tratamiento de respeto hacia sus profesores, que se expresen con corrección y que se levanten cuando un adulto entra en el aula-, lo que supone no sé si una contradicción deliberada, o un elemento de guión que tiñe la historia de un efectismo probablemente innecesario (de hecho, a mi modo de ver el episodio relacionado con Souleymane rompe el equilibro dramático de la película).

Cualquiera que sea su valoración cinematográfica o estética, queda claro que el incidente pone de relieve una serie de errores en cadena del sistema escolar: las consecuencias indeseables derivadas de la dejación de funciones y la lenidad, los riesgos de la contumacia en el error (seguro que los alumnos del profesor François Marin habrían entendido perfectamente, y luego olvidado, el exabrupto con el que moteja a las delegadas si a continuación hubiera pedido disculpas), el peligro para la convivencia que se deriva del enfrentamiento abierto con un alumno cuya tendencia a la rebeldía y a los actos incívicos es bien conocida, etc. Incluso cabría cuestionar la idoneidad de la presencia de alumnos en las deliberaciones de la junta de evaluación (otra cosa es que intervengan al final, o que en algún momento se reclame su punto de vista), pues resulta evidente que las delegadas toman el rábano por las hojas con respecto a las consideraciones que sobre el rendimiento académico de Souleymane realiza el profesor Marin. Y hay que tener en cuenta que, sin descartar que haya en su conducta algo de mala voluntad, las chicas sólo hacen lo que cabe esperar en personas de su edad y condición.

Me inclino a pensar que la película y sus principales responsables han sido perfectamente conscientes de las implicaciones del episodio, y que su sentido, más allá de la posible crítica hacia ciertos fallos de la institución escolar o sus profesionales, es el de mostrar las contradicciones inherentes a un sistema educativo al que se le pide que forme a los alumnos intelectual, afectiva y moralmente, que trate y encauce todos los problemas sociales (incluidos los que planeta una sociedad multicultural y multiétnica de enorme complejidad, muchos de cuyos miembros no tienen la menor intención de convivir juntos de forma armoniosa), que mantenga el orden y la disciplina y que, además, se convierta poco menos que en familia vicaria de algunos de los alumnos que pasan por las aulas. El caso de Souleymane, enfrentado por una parte a unas normas escolares que él considera demasiado estrictas, o incluso absurdas, y por otra a su todavía más estricto padre (es muy significativo que su progenitor nunca se persone en el centro) es un ejemplo paradigmático de tan insalvables contradicciones. En el sistema escolar pasan estas cosas, parecen decirnos Cantet y Bégaudeau, ocurren estas pequeñas o grandes tragedias cotidianas, entre unos muros (Entre les murs es el título original del filme), que para muchos alumnos, no todos, por cierto, pues a menudo tendemos a olvidar este matiz, no constituyen un escenario precisamente amable.

De hecho, el desenlace melancólico de La clase apunta en esta dirección (advierto a los enemigos declarados de los spoilers que lo que viene a continuación es un ejemplo de libro de lo que no hay que hacer en el género de las reseñas): después de remitir la tensión originada por el incidente entre el profesor Marin y su alumno Souleymane, vuelve el orden y la paz a las aulas y parece recuperarse un clima de estudio y entendimiento mutuo. El momento del cierre del curso escolar devuelve a profesores, alumnos (y espectadores) a la sensación de buena conciencia y satisfacción personal que parecía haberse desvanecido en los sucesivos conflictos que unos y otros han vivido a lo largo del curso. Sin embargo, cuando los chicos y chicas abandonan el aula, se queda voluntariamente rezagada una chica negra, bellísima, de profundos ojos oscuros, que con mirada inocente y profundamente perturbadora confiesa a su profesor que durante todo el curso no ha entendido nada.

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