Cuando estas líneas se publiquen, estará a punto de cumplirse el cuarto aniversario de La Bitácora del Tigre, que llegó al mundo blogosférico un 10 de abril de 2005, con la entrada titulada Historia de un título curioso. Desde aquella fecha, a través de este blog se han vertido ríos de tinta digital: 569 entradas y 2353 comentarios forman el núcleo duro de la bitácora, convertida, por qué negarlo, en la niña de mis ojos, objeto predilecto de mis pasiones y causa de frecuentes y deleitosos tormentos.

Si hemos de hacer caso de Google, la búsqueda de “La Bitácora del Tigre” en la Red ofrece al menos 13.100 ocurrencias, lo que constituye una cifra nada despreciable. Curiosamente, si se busca “Eduardo Larequi”, el número de resultados es apenas la mitad, lo que sugiere que las criaturas blogosféricas, una vez llegadas a un cierto nivel de desarrollo, llevan una vida propia, no diría que desconectadas de su creador, pero sí independientes de su voluntad y propósitos.

Así debe ser, pues la extensión de un blog más allá del conocimiento y previsiones de quienes participan directamente en él demuestra su vitalidad e interés. Por otro lado, especular sobre nuestros desconocidos lectores, imaginar quién nos referencia o promueve enlaces hacia el blog en el universo casi infinito de la Red, produce un extraño vértigo y hasta una adicción que, de vez en cuando, conviene moderar.

Marcharse de vacaciones, irse lejos, es una de las posibles estrategias para escapar de la tentación blogueadora, sobre todo si la ruta le conduce a uno a un país tan fascinante (y para mí desconocido) como Grecia. Sobre suelo ateniense se cumplirán mañana los cuatro primeros años de La Bitácora del Tigre, que probablemente estará ausente de los agregadores de mis lectores y lectoras durante algo más de una semana, a no ser que una WiFi sin contraseña se cruce en el camino del ultraportátil Acer AspireOne D150 que me llevo conmigo. El otro, que no es mío, se queda en Pamplona.

Felices vacaciones a todos. Prometo muchas fotos a la vuelta.