Los hombres de la guadaña, de John Connolly

Los hombres de la guadaña, de John Connolly

El novelista irlandés John Connolly es un viejo conocido de esta bitácora. Desde que me encontré con sus obras por primera vez, sobre las estanterías de una librería de aeropuerto, en junio de 2006, no ha habido primavera o verano –la excepción fue el año pasado, cuando comencé a notar los síntomas de una extraña dolencia de sequedad reseñista, de la que parece que me voy reponiendo- en que no haya dedicado una entrada a su serie de novelas policíacas o criminales, hasta la fecha formada por Todo lo que muere, El poder de las tinieblas, Perfil asesino, El camino blanco, El ángel negro, Los atormentados, y la que acaba de publicar Tusquets en su colección “Andanzas”, Los hombres de la guadaña.

Lo más destacable para los aficionados a la serie de novelas protagonizadas por el ex detective privado Charlie Parker (aquí desposeído de su licencia y de su permiso de armas, y obligado a ganarse la vida como camarero en un bar de Portland) es que el autor ha cedido el protagonismo de la historia a Louis y Ángel, amigos, ayudantes de Parker y, seguramente, una de las parejas homosexuales más inquietantes y peligrosas de la historia de la literatura. Desde el punto de vista del argumento, pues, se podría decir que Los hombres de la guadaña constituye el reverso de la mayor parte de las novelas de la serie, puesto que en ella no son Louis y Ángel los que intervienen para ayudar a Parker, sino justo al revés; de hecho, el detective apenas aparece en la trama, salvo por alguna mención episódica y sólo hace acto de presencia en el último tramo –como suele ser habitual en sus novelas, una verdadera traca final de acciones hiperviolentas, contada con enorme brío- para ayudar a sus amigos en lo que parece una encerrona sin posible escape.

Aunque John Connolly haya dado la vuelta como un calcetín al esquema narrativo de sus novelas, sigue fiel en ésta a sus rasgos más característicos: la violencia descarnada de los submundos criminales (y conviene advertir que no siempre el término “submundo” apunta hacia los estratos más depauperados de la estructura social), el pasado como una zona oscura que atormenta la conciencia de los personajes y vuelve hasta ellos en forma de amenazas y deudas no saldadas, la exploración de las quiebras y angosturas de la personalidad homicida, y desde luego el ejercicio de un tono narrativo repleto de adrenalina y testosterona, en el que el lector apenas encuentra respiro. Curiosamente, otro de los rasgos esenciales de la narrativa de Connolly –la presencia de elementos sobrenaturales, o lindantes con lo sobrenatural- se ha reducido en Los hombres de la guadaña hasta convertirse en una presencia casi marginal: apenas las irrupciones del Hombre Quemado en la duermevela de Louis, y algún otro detalle de importancia secundaria.

No hay duda de que esta reducción es intencionada, y quizás se relacione con los rasgos de la personalidad del protagonista de la novela –Louis, un hombre negro de mediana edad, tan corpulento como elegante, cuya mera presencia es tan amenazadora que sin necesidad de abrir la boca o hacer un gesto provoca la inquietud a su alrededor-, mucho más directo en sus métodos que Parker, aunque practicante de una desconcertante moralidad que le lleva a convertirse en algo así como una mezcla de asesino a sueldo y portador de una justicia vengadora al servicio de quienes no pueden ejercerla por sí mismos. En todo caso, la pérdida de importancia de lo sobrenatural con respecto a otras novelas de la serie tiene interesantes efectos sobre el ritmo y la agilidad de la narración, que es una de las más directas, transparentes y vivaces de todas las novelas del escritor irlandés.

La narración fragmentaria del pasado de Louis, que alterna con el desarrollo de la trama en el presente, nos revela que se trata de un hombre rescatado de la violencia y el odio racial en el sur de los Estados Unidos (otra de las constantes temáticas en la narrativa de John Connolly) por su mentor Gabriel, un personaje enigmático, de nombre a todas luces simbólico, a quien conocemos ya anciano en la novela, pero todavía implacable y manipulador. Impresionado por las cualidades naturales que Louis, por entonces apenas un adolescente, demostró en su primer homicidio (el ejercicio de la venganza con una determinación, eficacia y sofisticación insólitas), Gabriel lo acoge bajo su protección y lo convierte en un “hombre de la guadaña”, es decir, un asesino a sueldo, un ejecutor de sus designios, que se adivinan en estrecha conexión con esferas más bien indeterminadas del poder económico y político.

No sabemos muy bien a quién ha servido Louis en su ejecutoria criminal, ni con qué objetivos, pero enseguida comprobamos que las familias de algunas de sus antiguas víctimas no le han perdonado sus acciones, e intentan cobrarse su venganza, en la que toma parte destacada un señalado integrante del reducísimo club de los hombres de la guadaña (no adelantaremos más datos para no estropear a los lectores las sorpresas que depara la trama). El anónimo retiro al que aspiraban Louis y Ángel, que por lo que sabemos de novelas anteriores siempre ha sido más bien una muy imperfecta intención que una realidad, se verá por tanto dramáticamente interrumpido no sólo por los recuerdos fantasmales del pasado violento del primero, en forma de sueños y pesadillas, sino por figuras de carne y hueso que amenazan a los dos personajes y a todos los que mantienen relaciones con ellos.

De esta conexión lateral con los protagonistas brotan dos de los personajes más interesantes de Los hombres de la guadaña, y me atrevería a decir que de toda la serie novelística de John Connolly, porque se caracterizan por un toque de normalidad cotidiana, casi costumbrista, que resulta refrescante en novelas tan llenas de psicópatas, individuos atormentados y tipos absolutamente alejados de lo que solemos considerar la vida de la gente común y corriente. Me refiero a Willie Bree, dueño de un taller mecánico en Queens y su ayudante y compañero fraternal Arno, que forman algo así como un contrapunto sentimental, irónico y a veces humorístico a la pareja de asesinos homosexuales. De una manera muy poco convencional, Bree y Arno han acabado haciéndose amigos de Ángel y Louis, y también de manera muy poco convencional el dueño del taller se verá envuelto en la tupida y compleja red de venganzas que se trama contra el hombre de la guadaña. El desarrollo de la historia de estos personajes secundarios ocupa una parte tan importante de la novela (y, a mi modo de ver, tan bien logrado), que uno hubiera esperado una resolución más satisfactoria del destino de ambos personajes.

No quiero precisar más para no caer en el vicio del spoiler, que es un pecado imperdonable en las reseñas de las novelas policíacas o criminales (El hombre de la guadaña tiene mucho más del segundo concepto que del primero, porque en ella hay poco de investigación detectivesca y sí mucho de violencia desatada), pero no deja de ser una lástima que Willie Bree salga tan mal parado, narrativamente hablando, de esta novela, mientras que otros personajes episódicos, viejos conocidos de esta serie, como los gemelos Tony and Paulie Fulcy y Jackie Garner, todos ellos con su humor cuartelario a cuestas (que a Connolly parece encantarle, dicho sea de paso) se vean mucho mejor librados. No tengo problemas en aceptar que una novela criminal no debe regirse por los valores de una égloga pastoril, y también estaría de acuerdo en reconocer que la forma en que resuelve Connolly la intervención de Bree en el desenlace no carece de grandeza y carácter épico, pero me da mucha rabia que un personaje tan interesante no haya disfrutado de mejor suerte.

Lo que no puede negarse –a no ser que se adopte una perspectiva estrictamente moralista, desde luego poco apropiada para la crítica literaria del género de la novela negra- es la fascinación que produce en el lector la estilización de la violencia practicada por el escritor irlandés. Un ejemplo es la primera acción en la que intervienen Ángel y Louis, donde brilla la habilidad y capacidad de organización de ambos personajes, dando a probar de su propia medicina a unos mafiosos rusos especializados en el tráfico de mujeres y de niños. Otro, la manera en que se resuelve, a modo de epílogo, el castigo del causante de todos sus pesares, de una forma muy refinada que aprovecha con gran eficacia uno de los escenarios más sofisticados de la novela. No estoy seguro de que fuera Hitchcock (¿o fue Borges?) quien lo dijo, pero si al principio de una historia aparece una cuerda, ha de ser para que el personaje se ahorque con ella. Nadie se ahorca en el epílogo de Los hombres de la guadaña, pero el principio compositivo que guía la resolución de la novela es el mismo.

Tampoco cabe discutir la soltura y habilidad que Connolly ha ido adquiriendo con los años en el manejo de sus historias criminales. Durante muchas páginas del libro resulta difícil no perderse entre los cabos aparentemente sueltos que maneja la trama –yo siempre tengo que volver atrás para comprobar ciertos detalles, pero éste es uno de los gozosos tormentos que todo aficionado a la narrativa policíaca aprende a sufrir-, pero lo cierto es que todos los sucesos aparentemente inconexos en el tiempo y el espacio se entrelazan con gran perfección y confluyen en una secuencia final –un largo episodio en el que se combinan los motivos de la caza del hombre, el duelo y la reunión de todos los personajes dispersos a lo largo de la historia- que es toda una apoteosis narrativa, con lección moral incluida. Qué más se puede pedir.

John Connolly, Los hombres de la guadaña, Barcelona, Tusquets Editores (Col. “Andanzas”, 689), 2009, 337 páginas.

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