El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

Las primeras noticias sobre El nombre del viento, del escritor norteamericano Patrick Rotfhuss, me llegaron por algún periódico o revista que no consigo recordar con precisión. No les hice mucho caso, pero tras leer la reseña de Justo Navarro, no pude seguir permaneciendo indiferente a los muchos encantos que esta novela prometía. De hecho, la crítica de Navarro debió de ponerme los dientes muy largos, porque se publicó en El País el 1 de agosto, y el día 4 ya tenía el libro sobre la mesa de lectura, abriéndose paso a codazos para coger buen sitio en la cola de lecturas pendientes. No la comencé inmediatamente, ya que tenía varias obras pendientes de terminar, pero en cuanto tuve ocasión me lancé sobre la novela con ansias devoradoras.

Supongo que mis expectativas no sólo se debían a mi inveterada afición por las novelas de fantasía, sino también a los elogios del reseñista y los ditirambos de la promoción editorial. Sin ir más lejos, las solapas del libro mencionan a varios escritores que en diversos momentos de mi vida he leído con sumo placer: Ursula K. Le Guin, varias de cuyas novelas, comenzando por La mano izquierda de la oscuridad, me apasionaron; J.R.R. Tolkien, de quien me declaro devoto tras varias lecturas de El señor de los anillos; y George R.R. Martin, cuya descomunal serie novelística, Canción de hielo y fuego, ha sido tema de varias sabrosas conversaciones blogosféricas (aquí hay una, y aquí otra) entre el amigo Toni Solano y un servidor.

Lamento discrepar de tanto panegírico como exhibe la promoción editorial del libro (véase, por ejemplo, la página de críticas que han recopilado los editores de Plaza y Janés en el sitio web dedicado a la novela de Rothfuss), pero yo creo que la comparación con cualquiera de los tres autores citados no sólo es notoriamente exagerada e inexacta, sino que además distorsiona cualquier intento por formular un juicio ecuánime de El nombre del viento. Por otra parte, en mi caso opera un factor adicional de distorsión, y es el hecho de que aunque la propia novela (su título completo es El nombre del viento. Crónica del Asesino de Reyes: primer día) advierte de que el lector se encuentra ante la primera parte de un relato muy amplio, con al menos tres entregas, yo no fui claramente consciente de esta circunstancia hasta haber consumido los dos primeros tercios iniciales del volumen.

Confieso que me engañaron la ansiedad y las dimensiones del libro, un tomazo de 873 páginas en papel de alta densidad, que cuando se lee con los brazos despegados del cuerpo acaba haciéndose literalmente insoportable. Por otro lado, me esforcé en suponer que la historia, aunque no enteramente independiente de continuaciones, sería más o menos compacta y conclusiva en su desarrollo, y resolvería cuando menos algunos de los muchos misterios que se plantean en su oceánica extensión. Finalmente, me dejé engañar por el mapa de “Los cuatro rincones de la civilización”, que aparece en las páginas 10 y 11 (¡ah, las geografías fantásticas, quién podría resistirse a su encanto!), del que saqué la falsa impresión de un universo narrativo geográficamente bien definido, preciso y tan geográficamente minucioso como los de Tolkien o Martin.

Lo cierto es que no hay tal, porque El nombre del viento es una novela cuya enorme longitud –un mal endémico, y cada vez más extendido, de la narrativa popular contemporánea- bien podría haber permitido algo más de claridad sobre los muchos enigmas que se plantean en el relato, una mayor variedad geográfica –¿para qué un mapa tan extenso, si los acontecimientos se desarrollan en un espacio de terreno relativamente muy reducido, de límites sumamente imprecisos y rasgos geográficos más bien borrosos, que poco tienen que ver con su representación cartográfica?- y una trama mejor hilada, con episodios mejor definidos, pues algunos de ellos, por ejemplo la estancia del protagonista en la Universidad, que abarca más de 350 páginas, resultan muy repetitivos y de funcionalidad más que discutible.

Los hechos que narra la novela –el resumen que expongo a continuación está basado en los que ofrecen las versiones inglesa y española de la Wikipedia; un extracto mucho más detallado de la trama puede leerse en la reseña de Pornografía emocional– tienen lugar en un mundo imaginario, que como ya es tradición en las novelas de fantasía heroica, presenta perfiles vagamente medievales (aunque hay ciertos aspectos, como por ejemplo la tecnología y ciertas costumbres y actitudes sociales, que corresponderían a una época más moderna y desarrollada). En ella se cuenta la historia de Kvothe, un personaje legendario, mago, músico y aventurero, conocido por muchos nombres y por hazañas de valor a menudo ambiguo o discutible. Con el sobrenombre de Kote y junto a su aprendiz Bast, el protagonista regenta una posada llamada Roca de Guía, uno de cuyos huéspedes, Devan Lochees, más conocido como “Cronista”, le reconoce y le pide que le cuente su verdadera historia, a lo que Kvothe accede, bajo la condición de que su relato habrá de durar tres días.

El primer día de la narración de Kvothe –y este es justamente el contenido de La sombra del viento-, interrumpida a intervalos regulares por breves episodios en que el relato vuelve al presente (por cierto, las conexiones entre el pasado biográfico y los sucesos del presente son más importantes de lo que parecen a simple vista), arranca de sus años de infancia, en el seno de una familia de artistas itinerantes, los Edema Ruh, formada por músicos, actores, acróbatas y juglares. En este ambiente, estimulado por el ejemplo de sus padres y por las sorpresas cotidianas que proporciona la vida errante de los cómicos, Kvothe se convierte en un niño prodigio, de inteligencia y memoria excepcionales, cualidades que se desarrollan en extremo cuando conoce a Abenthy, un “arcanista” que descubre en el muchacho un talento natural para la “simpatía”, un tipo de magia basada en los vínculos entre objetos.

Tras aprender de Abenthy los rudimentos de diversas ciencias y las técnicas fundamentales de la magia simpática, Kvothe es víctima de un terrible suceso que le aparta de su familia –no daré más detalles, pero está relacionado con los Chandrian, criaturas maléficas que esparcen el mal a su paso- y le obliga a cambiar de vida, convirtiéndose en mendigo en la ciudad de Tarbean, en la que vive durante tres años sometido a continuas zozobras. Finalmente, Kvothe se las ingenia para ingresar en la Universidad –es el alumno más joven de la historia del centro académico-, donde amplía su formación y protagoniza numerosos episodios asombrosos, con los que comienza a forjarse su leyenda.

De este resumen puede concluirse que los parecidos con Le Guin o Tolkien son en el mejor de los casos muy superficiales, y la mención editorial a George R.R. Martin resulta simplemente indefendible. Aunque puedan señalarse similitudes en detalles de la ambientación, la trama o los personajes, el hecho esencial que diferencia a Rotfhuss de cualquiera de los tres escritores que acabo de citar es que la compacidad de los mundos imaginarios de éstos, su capacidad para urdir universos narrativos coherentes y poblarlos con personajes creíbles y tramas bien estructuradas son, a mi modo de ver, muy superiores a los que demuestra el novelista norteamericano. Las aventuras de Kvothe carecen de las resonancias míticas que dan un tono tan particular a la obra cumbre de Tolkien y de la rica y múltiple variedad de significados de las novelas de fantasía de Le Guin. Por otro lado, la cruda desnudez con que se presentan la violencia, la lujuria y la ambición de poder en la colosal serie novelística de Martin son prácticamente inexistentes en El nombre del viento, cuyo protagonista y sus acciones parecen en más de una ocasión de una ingenuidad y candidez que no sólo cabe explicar por la juventud de Kvothe.

Por otra parte, no es necesario insistir en las comparaciones para encontrar aspectos cuestionables en el relato, pues la propia estructura novelística no es del todo satisfactoria, con un arranque demasiado premioso y episodios –por ejemplo el ya citado de la estancia en la Universidad- que hubieran podido condensarse sin mengua esencial de su sentido y función. Además, las distintas etapas de la vida del protagonista presentan grados de interés muy diferentes: mientras que el relato de la infancia de Kvothe contiene momentos encantadores y la lucha por la vida en los callejones más sórdidos de la ciudad de Tarbean recuerda por momentos al relato naturalista de un pícaro moderno, la estancia en la Universidad ofrece muchos instantes anodinos. Sólo con la salida de Kvothe hacia la ciudad de Trebon, para investigar una matanza en la que parece adivinarse la implicación de los Chandrian, la novela recupera un aliento aventurero que ofrece sus mejores galas en el episodio del enfrentamiento con un dragón adicto a la resina de denner, una droga particularmente adictiva y valiosa.

Debe admitirse que muchos los detalles en apariencia intrascendentes de la etapa de formación de Kvothe se recuperan posteriormente en la trama y justifican las asombrosas hazañas del protagonista: que no sangre tras ser azotado, que sea capaz de urdir complejos vínculos mágicos, salir indemne del fuego y matar a un dragón, que domine la técnica del laúd y conmueva a todos los públicos antes los que interpreta sus canciones, que conozca instintivamente el nombre secreto del viento y sepa invocarlo para sus propios fines. Sin embargo, eso no justifica la falta de grandeza, casi podríamos decir la vulgaridad, en la presentación de esa etapa de formación, que en más de una ocasión se parece más al relato costumbrista de la vida cotidiana en una universidad norteamericana contemporánea, cien veces visto en el cine y la televisión, que a lo que podríamos esperar del vuelo imaginativo que necesariamente ha de desplegar el autor de una novela de fantasía.

Curiosamente, el tratamiento de las artes mágicas es uno de los aspectos que más me ha gustado de la novela. En El nombre del viento no hay conjuros ni hechizos al estilo Harry Potter –otra referencia apuntada, también de forma harto oportunista, en más de una reseña-, sino un muy interesante intento de racionalización de la magia, basada en las técnicas de concentración y relajación mental, el dominio de las diversas ciencias y tecnologías del mundo en que transcurre la novela –no recuerdo muchos libros de fantasía donde se justifiquen las acciones mágicas a partir de los principios de la termodinámica– y sobre todo en el aprendizaje lento, demorado y sumamente exigente de todas las disciplinas comprendidas en el programa de estudios que lleva a los aprendices, en algunos casos tras muchísimos años de estudio, a diplomarse en los secretos del Arcano. Asociado al deseo de Kvothe por aprender el oficio de arcanista y comprender el misterio de los Chandrian aparece otro de los motivos más interesantes de la novela, el del acceso a la sabiduría, que se representa en la trama mediante la figura de una de esas bibliotecas emblemáticas que tanto nos gustan a los amantes de los libros: el Archivo, descomunal biblioteca de la Universidad, con puertas secretas, pasillos interminables, cuartos ignotos y sistemas de clasificación bibliográfica que se entremezclan y suceden caóticamente a lo largo de los siglos (el recuerdo de los cuentos de Borges es inevitable). El lector quiere suponer que en el Archivo, continuamente postergado al conocimiento de Kvothe, se encuentran respuestas a los enigmas planteados por la novela, y en esta postergación reiterada se encuentra uno de los recursos que mejor utiliza Patrick Rothfuss para fijar la atención del lector en el relato.

Porque lo cierto es que, a pesar de todas las críticas que he formulado hasta el momento, El nombre del viento se lee con gusto, y prácticamente en ningún momento se hace pesada o aburrida. La voz narrativa en primera persona es creíble, salvo quizás en los encuentros amorosos de Kvothe con la esquiva y hermosa Denna (un personaje que a mi modo de ver no gana demasiado con su vagabundaje por entre los recovecos de la trama), increíblemente castos y comedidos, y hasta algo cursis en más de una ocasión. Lo mismo podría decirse del mundo imaginado por Patrick Rothfuss, que a pesar de sus vaguedades geográficas y de una historia y cultura menos precisas de lo que a mí me hubiera gustado consigue mantenerse en pie, y ofrecer las suficientes garantías de verosimilitud: canciones, leyendas, cuentos infantiles, obras de teatro, sistemas monetarios, idiomas, gastronomía, licores, libros y bibliografía, técnicas, artefactos, artesanías diversas, animales conocidos y fantásticos –las especulaciones sobre los mecanismos pirogénicos de la fisiología del dragón son apasionantes- drogas, flora, minerales, todo ello forma un conjunto muy gustoso de signos de una realidad que sin ser especialmente original tendrá un atractivo indudable para los lectores, sobre todo aquéllos que conozcan la tradición literaria de los mundos fantásticos.

Por otra parte, a lo largo del transcurso de esta novela se crea un poderoso clima de expectación, al que contribuyen diversos mecanismos y planteamientos narrativos, sabiamente distribuidos por entre los episodios de la trama: la amenaza de una presencia maléfica, de origen y propósito desconocidos, la sensación de que en ningún momento está todo dicho sobre la suerte de los personajes, la ya citada postergación de ciertos motivos, como la venganza de Kvothe o el acceso al Archivo, la interrelación entre el pasado de lo narrado y el presente de la narración, los muy diversos detalles que quedan apuntados y sueltos, a la espera de ser concretados en algún episodio posterior. No albergo ninguna duda de que todas estas estrategias creadoras de suspense y tensión narrativa cumplen bien sus propósitos, ya que impulsan a seguir leyendo la novela con avidez y a veces hasta con ansiedad. Ahora bien, una técnica como ésta ofrece riesgos indudables: puesto que como casi ninguno de los enigmas planteados por el relato se resuelven en esta primera entrega de la serie (un ejemplo clarísimo es el episodio de la caza del dragón, en el que parece que van a aclararse algunos aspectos relacionados con las matanzas provocadas por los Chandrian), tanto el autor como la promoción editorial se han cargado con una responsabilidad enorme, la de fiar el cumplimiento del implícito pacto con el lector a una resolución futura que tiene mucho trabajo por hacer y enormes expectativas que cumplir.

La publicación de las dos novelas con las que se supone que habrá de completarse La Crónica del Asesino de Reyes dará y quitará razones, pero yo aconsejaría prudencia a los lectores entusiastas que ya están frotándose las manos y reservando su ejemplar en las librerías. La experiencia demuestra (e invoco el precedente de la decepción que para muchos aficionados a la ciencia ficción constituyó la serie Ilión-Olympo, de Dan Simmons) que las construcciones novelísticas con tramas muy complejas y muchos cabos sueltos tienen grandes posibilidades de, o bien enredarse hasta límites inextricables, o bien de desatarse con una resolución trivial, y a menudo decepcionante. Lo dicho, a esperar tocan.

Patrick Rothfuss, El nombre del viento. Crónica del Asesino de Reyes: primer día, Barcelona, Plaza y Janés, 2009, 873 páginas.