Las cifras que acabo de escribir en el título de esta entrada corresponden, respectivamente, a la longitud máxima de los gorjeos de Twitter y a la del último artículo publicado en La Bitácora del Tigre, que fue la reseña de Malditos bastardos, de Quentin Tarantino. El porqué del título es algo más complicado de explicar, y tiene que ver con mi comportamiento bloguero en este mes de septiembre de 2009, uno de los más improductivos en la historia de la bitácora, con sólo cuatro entradas si se cuenta la presente.

Sobre las variadas razones del bajón en la productividad bloguera de los últimos tiempos ya he escrito en más de una ocasión. Algunas son de carácter estructural, y entre ellas hay que anotar la cantidad de tiempo y el esfuerzo que me lleva documentarme para las entradas más largas, o la competencia que me hago a mí mismo en el trabajo, donde continuamente estoy editando contenidos en media docena de gestores diferentes (y aseguro que esa especie de versión moderna del mito de Sísifo, obligado a escribir y reescribir artículos eternamente, puede llegar a cansar mucho). Otras son más ocasionales: la redacción de un artículo con pretensiones académicas, en el que uno se atasca y empantana, algunas adiciones recientes, como el de ver al final de la tarde dos o tres capítulos de esa serie incomparable que es Mad Men, etc.

Otra razón para el descenso en la práctica de la bitácora es la influencia del microblogging, un fenómeno que tiene indiscutibles ventajas y utilidades, pero que también ofrece algunos riesgos e influencias no necesariamente positivas, o al menos no necesariamente positivas para quien firma estas líneas. En efecto, la práctica del microblogging y de Twitter me distrae (que sea gozosamente o no, es irrelevante a los efectos que aquí me ocupan), me arroja a conversaciones infinitamente bifurcadas que son imposibles de seguir y me ofrece tan numerosas y variadas tentaciones para el vagabundeo por la Red que habría que tener una resistencia hercúlea para rechazarlas.

Lo peor del blogueo minimalista, sin embargo, no es nada de eso, sino los hábitos de leer y escribir fragmentariamente que impone, la tiranía de la longitud mínima a la que somete a sus practicantes, la costumbre de lectura instantánea que insidiosamente va instilando en una comunidad de usuarios cada vez más amplia y más activa. Podríamos decir que el microblogging ha llevado al paroxismo las tendencias de la lectura hipertextual y sitúa a los géneros textuales tradicionales (incluso los géneros de la Red, como las entradas de los blogs) en un riesgo más que probable de irrelevancia u obsolescencia.

En los últimos días, dos conocidos con los que he coincidido en el trabajo me han hecho una reflexión parecida: “¡vaya pedazo de reseñas que escribes!”, me han dicho, con una mezcla de admiración y retranca. Uno de ellos ha sido más explícito, y ha declarado su incapacidad para terminar la reseña dedicada a los bastardos tarantinianos (cuya longitud equivaldría, espacios incluidos, a más de 100 tuiteos completos). No le he querido preguntar por las razones –al fin y al cabo, mi vanidad y mi bolsillo ya se ven satisfechos por el hecho de que me lean, incluso por que me lean inacabadamente-, pero sospecho que algo tienen que ver las características de los artículos de mi blog: largos, prolijos, densos, a menudo pesadamente documentados, y con un estilo que no me avergüenzo en calificar de “pastoso”, nada ligero.

¿Qué hacer en esta tesitura?: ¿prescindir de Twitter?, ¿persistir en mis hábitos blogueros, a costa de ver disminuida la producción de entradas convencionales?, ¿aligerar éstas?, ¿desdoblarme en una especie de Jekyll/Hyde, dividido entre el blogueo tradicional y el microblogging?, ¿ajustarme a las recomendaciones de estilo para el éxito bloguero, que a menudo insisten en la brevedad y en diversas variantes del consejo de “ponérselo fácil” al lector, tan alejadas de mi propia práctica? La verdad, no sé muy bien por dónde tirar, aunque creo que ya voy siendo demasiado mayor para cambiar de registro y de costumbres.

Además, que tengo en el horno la reseña de una extraordinaria película argentina, El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, en la que vuelvo a caer en mis inveterados y queridos vicios de siempre. Quería haberla terminado para finalizar septiembre de 2009 con al menos cinco entradas en mi haber, pero va a ser que no. Si ustedes tienen paciencia, queridos lectores y lectoras, tendrán que esperar a los próximos días para escuchar otro de los desaforados rugidos del Tigre.

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