El secreto de sus ojos, de Eduardo Sacheri

El secreto de sus ojos, de Eduardo Sacheri

El secreto de sus ojos (éste es el título de la edición española de Alfaguara, porque el original de la edición argentina de 2005 era La pregunta de sus ojos), del escritor argentino Eduardo Sacheri. La cercanía entre la reseña que escribí acerca de la película de Juan José Campanella, y la lectura de la novela constituye una buena oportunidad para una breve reflexión sobre una de las constantes o reglas no escritas de la relación entre cine y literatura, la que afirma que de una gran novela no suele obtenerse una gran película, pero sí, y a menudo, de libros no especialmente memorables.

Con todos los respetos que a buen seguro merece la obra del novelista argentino (debo advertir que de ella sólo conozco el libro que acabo de citar, por lo que mis opiniones tienen una validez muy discutible), creo que ése es justamente el caso de la novela de Eduardo Sacheri, cuyo valor literario me parece más bien escaso, pero cuya adaptación cinematográfica –y hay que recordar que el guión es obra conjunta del novelista y del director del largometraje, Juan José Campanella- tiene un mérito indiscutible. Reconozco que en esta valoración puede haber influido el hecho de que hubiera visto la película antes de leer la novela, pues la configuración imaginativa que todo receptor se construye para sí mismo a partir de un texto de ficción –y en ello poco importa que sea literario o cinematográfico- está especialmente determinada por la forma inicial en que dicho texto se presenta.

En cualquier caso, y sin ánimo de agotar el análisis comparativo del texto novelístico y el cinematográfico, me gustaría apuntar algunos de los aspectos que a mi modo de ver mejor explican la “superioridad” de la película sobre la obra literaria, si es que cabe expresar dicha relación en tales términos:

  • La versión cinematográfica ha subrayado aquellos elementos que más pueden influir sobre su recepción emotiva por parte del espectador. El más significativo de estos cambios es el que tiene que ver con el destino final del personaje del asesino Isidoro Gómez, cuya representación fílmica es de gran impacto. Otro cambio argumental muy llamativo tiene que ver con la suerte que corre el personaje de Pablo Sandoval, compañero y amigo del protagonista; como no quiero dar pistas a los interesados que todavía no hayan visto la película ni leído el libro sólo diré que la versión fílmica resulta mucho más trágica que la de la novela. Esta intensificación de la emotividad puede observarse en otras secuencias exclusivas del largometraje (por ejemplo la humillante discusión del protagonista con Romano, cuando éste le amenaza para que no se entrometa en el asunto de la excarcelación de Gómez, o el acto de arrogancia y matonismo que protagoniza el sicario en el ascensor), mediante las cuales se crea un clima de expectación que en la novela apenas existe.
  • Dos de los personajes secundarios más interesantes del libro –el ya mencionado Pablo Sandoval y la jueza Irene Menéndez Hastings- lo son todavía más en la película, porque el guión ha sabido dotarlos de aspectos que no aparecen en el texto narrativo, y que sin embargo sirven para que el espectador los sienta más cercanos y accesibles. En el caso de Sandoval, el humor y la ironía; en el caso de Irene, una expresividad y cercanía que en la novela apenas quedan sugeridas, o que resultan casi siempre demasiado remotas e inalcanzables. No obstante, hay una secuencia, la del interrogatorio de Gómez por parte del tándem Benjamín-Irene (y que en la novela llevan a cabo el protagonista y Sandoval, en uno de los mejores y más ingeniosos episodios del libro) que en película me sigue pareciendo poco verosímil.
  • La relación alternante entre las dos líneas temporales de la historia es más nítida en la película que en la novela, donde llega a ser confusa, a causa de una posición del narrador que, al menos para mí, resulta por momentos algo desconcertante. Además, la puesta en escena cinematográfica ha sabido utilizar muy hábilmente ciertos elementos icónicos, como el de la despedida de Benjamín e Irene en la estación de ferrocarril –los viajes en tren son una constante en La pregunta de sus ojos, pero en la novela no se muestra la romántica y desgarrada despedida entre los dos personajes-, que en la gran pantalla adquieren unas resonancias sentimentales y patéticas mucho más perceptibles que en el texto literario.
  • La novela presenta una ambientación y un léxico muy argentinos, muy rioplatenses, que en varias ocasiones obligan a trabajar con un diccionario al alcance de la mano. La versión cinematográfica, en cambio, y seguramente por influencia de las circunstancias del caso, pues se trata de una coproducción hispano-argentina, ha limitado al mínimo imprescindible los argentinismos y opta por un español más neutro que, con toda evidencia, es más fácil de seguir por una audiencia muy amplia.
  • El título de la película es más poético, y también más ambiguo, que el de la novela, cuyo sentido resulta explícito en la frase con la que se cierra (por cierto, supongo que no es aventurado suponer que el cambio de título de la edición española de Alfaguara obedece al propósito de aprovechar el enorme éxito de público y crítica de la película de Juan José Campanella). Para muchos espectadores, e incluso para quienes hayan leído el libro, queda sin aclararse del todo cuál es el secreto, y quién constituye el referente del determinante “sus”. Aunque el significado más obvio del título apunte hacia la atracción oculta (pero evidente a través de la mirada, y más en el largometraje que en libro) que siente Irene hacia Benjamín, caben otras explicaciones, que dejo a la interpretación de mis lectores.
  • Un cambio curioso es el que afecta al apellido del protagonista. En efecto, el Benjamín Chaparro de la novela –denominación que no cuadra con su aspecto físico, como el propio texto subraya en algún momento, pues el protagonista es hombre de elevada estatura- se transforma en el Benjamín Espósito del film. No encuentro una explicación certera a este cambio, como no sea la de evitar las connotaciones más bien chistosas del apellido original. En todo caso, el nuevo apellido también ofrece connotaciones negativas, que el odioso personaje de Romano utiliza, en forma de argumento ad hominem, durante el ya mencionado diálogo con el protagonista, para hacer ver a éste la diferencia de clase entre él y la jueza Menéndez Hastings. Ella es intocable, subraya Romano, pero una persona apellidada Espósito resulta perfectamente prescindible. Esta conversación, muy transformada con respecto al correspondiente episodio de la novela, me parece uno de los momentos más logrados de una película que a lo largo de casi todo su metraje destaca por la eficacia y rotundidad de sus diálogos.

Aprovecho esta última observación para matizar lo que escribí al inicio de este artículo, y subrayar un hecho al que hay que dar toda la importancia que merece: aunque el cine de Campanella siempre haya destacado por el cuidado, la elegancia y el donaire de las conversaciones, es evidente que algo habrá tenido que ver Eduardo Sacheri, no sólo como autor de la novela en que está basada El secreto de sus ojos, sino sobre todo como co-guionista de la adaptación cinematográfica, para que muchas de las líneas de diálogo de esta excelente película se fijen en la memoria del espectador. No sé si esta incursión en el mundo del cine es la primera o la única –ninguna de las consultas que he hecho en la Red me ha servido para salir de dudas-, y tampoco puedo adivinar si tendrá continuidad, pero estoy convencido de que el cine argentino ha ganado con Eduardo Sacheri a un magnífico guionista.

Eduardo Sacheri, El secreto de sus ojos, Madrid, Ediciones Alfaguara, 2009, 317 páginas.