A buen seguro todos los aficionados al cine habrán identificado el título de esta entrada: es la presentación con la que José Luis López Vázquez acompañaba sus galanteos y genuflexiones ante la imponente vedette Katia Durán (lo de “imponente” tiene guasa, como se puede comprobar en el vídeo que he incluido al final de esta entrada), en Atraco a las tres, la famosísima comedia de José María Forqué. La del oficinista Galindo –sinuoso, fullero, donjuán de pacotilla, eterno aspirante fracasado a salir de un mundo ruin y casposo del que no hay escapatoria posible- es una de las mejores interpretaciones de esta película emblemática, repleta de actores y actrices en estado de gracia, una de las mejores comedias del cine español de todas las épocas.

A sus 87 años, tras una larga enfermedad, acaba de morir López Vázquez, actor genial y sumamente versátil que sobresalió en todos los géneros, protagonista de una carrera artística de más de sesenta años que se desarrolló en teatro, cine y televisión, medios todos ellos en los que brilló (sobre todo en el cine), gracias a una capacidad de trabajo insólita, a un talento inconmensurable y a una vis cómica que hacía de cualquier presencia suya en los géneros cómicos de tradición hispánica –el sainete, el esperpento, la astracanada y todo tipo de filmes más o menos cercanos al fenómeno del landismo– ocasión propicia para el gozo y la risa.

Quién no recuerda su peculiar prosodia y tono de voz, pasto de legiones de imitadores, sus gestos pícaros o salaces, su particularísima socarronería, en series de televisión como Este señor de negro (1975-1976) y Los ladrones van a la oficina (1993-1996), en telefilmes como la inolvidable y asfixiante La cabina (1972), de Antonio Mercero, y sobre todo en más de doscientos largometrajes, que forman una crónica exhaustiva de los últimos cincuenta años del cine español: Los jueves, milagro (1957), Plácido (1961), El verdugo (1963) y la genial serie esperpéntica formada por La escopeta nacional (1977), Patrimonio nacional (1981), Nacional III (1982), Moros y cristianos (1987) y Todos a la cárcel (1993), de Luis García Berlanga; El pisito (1958) y El cochecito (1960), de Marco Ferreri; La gran familia (1962) y La familia y uno más (1965), de Fernando Palacios; Sor Citroën (1967) y El turismo es un gran invento (1968), de Pedro Lazaga; ¡Cómo está el servicio! (1968), de Mariano Ozores; El jardín de las delicias (1970), La prima Angélica (1973), Peppermint Frappé (1973) y Mamá cumple cien años (1979), de Carlos Saura; El astronauta (1970), de Javier Aguirre; Mi querida señorita (1971) y Mi general (1986), de Jaime de Armiñán; El bosque del lobo (1971), Akelarre (1984) y El maestro de esgrima (1992), de Pedro Olea; La verdad sobre el caso Savolta (1980), de Antonio Drove; La colmena (1982) de Mario Camus; La corte de Faraón (1985), de José Luis García Sánchez; Soldadito español (1988), de Antonio Giménez Rico; Esquilache (1989), de Josefina Molina; Volavérunt (1999), de Bigas Luna; El oro de Moscú (2002), de Jesús Bonilla; o Luna de Avellaneda (2004), de Juan José Campanella, que fue una de sus últimas apariciones en la gran pantalla.

Trabajó como un estajanovista en el cine del franquismo, y eso le costó a menudo el desdén de quienes consideraban el cine español de la época poco menos que como una excrecencia que sólo podía merecer un rechazo sin fisuras, pero era un actor admirable y genial, que desde que tengo uso de razón cinematográfica me gustó mucho y a quien recuerdo con enorme cariño. Había algo entrañable en López Vázquez –la calva, el bigote, las gafas, las maneras, los andares o el hablar, esa pinta abrumadora de hombre común y corriente- que lo hacía próximo, como si fuera el pariente un poco calavera que todos tenemos en nuestras familias, el vecino guasón y tramposo del cuarto izquierda, o el profesor de matemáticas que tras su fachada seria y formal oculta una ambición inconfesable.

El mejor homenaje que podemos hacerle los cinéfilos es volver a ver sus películas y disfrutar con ellas. Por ejemplo, la ya citada Atraco a las tres, de José María Forqué, en el impagable fragmento que figura bajo estas líneas. Descanse en paz.

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