La estrategia del agua, de Lorenzo Silva

La estrategia del agua, de Lorenzo Silva

El pasado sábado, 10 de abril de 2010, se cumplieron cinco años desde que La Bitácora del Tigre abrió sus puertas virtuales en la Red. Aunque ya hice un discreto anuncio al respecto en la entrada del día 8, me complace celebrar de nuevo la efeméride con mis lectores y lectoras habituales, acompañados en esta ocasión por dos viejos amigos cuyas andanzas sigo desde hace bastantes años. Me refiero, claro está, al brigada Rubén Bevilacqua y la sargento Virginia Chamorro, protagonistas de la serie policial creada por el novelista madrileño Lorenzo Silva, y hasta el momento formada por las novelas El lejano país de los estanques (1998), El alquimista impaciente (2000, Premio Nadal), La niebla y la doncella (2002), La reina sin espejo (2005) y La estrategia del agua (2010), a las que hay que añadir el libro de relatos Nadie vale más que otro (2004).

De La estrategia del agua (seguramente todavía sin título por aquel entonces) oí hablar por primera vez el 7 de marzo del año pasado, fecha en que Lorenzo Silva impartió en Pamplona una interesantísima conferencia con el título “Nuevos detectives: Quijotes del siglo XXI”. Su disertación no sólo me sirvió para descubrir a un orador ameno y muy bien documentado, sino que también me animó a leer las novelas policíacas de escritores tan interesantes como Fred Vargas y Petros Márkaris. Al abrirse el turno de preguntas, pregunté a Silva por la próxima edición de los trabajos detectivescos de sus criaturas de ficción, y el escritor me respondió que habría que esperar algo más de un año para leer la sexta entrega de la serie policíaca.

Todo esto lo conté pocos días después, en un artículo en el que daba cuenta de la conferencia y mostraba mi impaciencia e ilusión por que se cumpliera el vaticinio. Pues bien, el escritor madrileño no sólo ha satisfecho las expectativas de sus lectores con precisión, sino que hasta se ha adelantado ligeramente al plazo previsto, dado que La estrategia del agua se presentó en sociedad en la primera semana de marzo, tal como el propio Lorenzo Silva había anunciado pocos días antes en su blog, Los trabajos y los días. A mí me faltó tiempo para comprar la novela, pero como tenía otras muchas lecturas pendientes, la fui retrasando algo más de lo que hubiera deseado. Debía de tener hambre atrasada al comenzarla, porque la leí en apenas tres sesiones nocturnas, robando horas al sueño.

Naturalmente, la falta de descanso ha tenido sus consecuencias –unos cuantos bostezos mañaneros y desayunos más frugales que de costumbre–, pero creo que esas leves incomodidades y renuncias han merecido la pena, porque en la nueva novela el genio de Lorenzo Silva para urdir argumentos policíacos reaparece en plenitud de facultades, con un relato que destaca por la solidez y verosimilitud de la investigación, lo bien trazado de la mayoría de los personajes –en el haber del novelista no sólo hay que contar con la pareja protagonista, sino también con muchos de los secundarios– y un acercamiento a la realidad española contemporánea que no sólo resulta muy reconocible en situaciones, tipos e incidentes, sino también abiertamente polémico.

La trama de La estrategia del agua arranca, como en todas las novelas anteriores, de un asesinato. Al brigada Bevilacqua y a sus compañeros de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil –la sargento Chamorro, la cabo Inés Salgado y el guardia Juan Arnau, este último recién llegado al equipo– se les encomienda la investigación de la muerte de Óscar Santacruz, un informático que aparece muerto en el ascensor de su vivienda, a consecuencia de dos disparos en la nuca realizados a corta distancia. Desde el principio de las pesquisas se hace evidente que el crimen es obra de un sicario, circunstancia que no parece muy acorde con la vida de Santacruz, una persona que, a pesar de algunos antecedentes menores por delitos por tráfico de drogas y denuncias por violencia conyugal, no encaja con el perfil típico de la víctima de una ejecución por encargo.

Intentaré no dar demasiados detalles sobre el desarrollo de la investigación, pero sí conviene apuntar que, a diferencia de lo que ocurre con muchas novelas policíacas contemporáneas, a menudo demasiado complacientes con las sorpresas, los giros bruscos de la trama y las pistas falsas, en La estrategia del agua la mayoría de las circunstancias relacionadas con el crimen, la vida de la víctima y la identidad de los principales sospechosos sí son lo que parecen. Dicho de forma paradójica, estamos ante una novela policíaca cuya mayor sorpresa es, justamente, la falta de sorpresas. Para quien conozca los rasgos peculiares de la narrativa policíaca de Lorenzo Silva y la personalidad del brigada Bevilacqua, este rasgo no resultará particularmente extraño, pero tal vez sí para quien llegue a la novela con el deseo de encontrar un vaivén de presuntos culpables, escenas atropelladas o violentas o algunos de los buceos desesperados en aguas subterráneas que se han convertido en seña de identidad de esa variante de lo policíaco que designa la etiqueta novela negra.

Me atrevería a sostener, incluso, que la narrativa policial de Lorenzo Silva es, conforme avanza la serie de Bevilacqua y Chamorro, cada vez menos negra y, si se me permite la humorada, cada vez más verde; por si no queda claro lo que quiero decir, me refiero al color de los uniformes de los dos protagonistas y a ninguna otra cosa, aunque a juzgar por alguna escena entre ambos, no sería imposible que su relación evolucionara en las próximas novelas hacia algún encuentro amoroso. Cierto es que hay algunos rasgos de Bevilacqua –su escepticismo, la decepción ante las corruptelas que ve a su alrededor, el cuestionamiento de la autoridad y del poder, su función como descubridor de la bajeza que se oculta bajo las apariencias del éxito social y económico–, que lo relacionan con los antihéroes de la novela negra, pero también que existen grandes y muy significativas diferencias. Por ejemplo, que Bevilacqua no puede permitirse el individualismo, ni el recurso a la intuición o al trapicheo moral, ni mucho menos los métodos más que dudosos de los detectives hard boiled. Y no puede porque el brigada es, ante todo, un servidor del orden público, un funcionario con conciencia, que no sólo cree en la importancia de rendir la debida justicia a las víctimas, sino también de hacer su trabajo en el seno de una organización jerarquizada, donde la obediencia y el respeto a sus superiores y a las autoridades judiciales no es sólo un tópico formulario.

En este sentido, el espléndido diálogo con la que se inicia la novela, durante el cual el teniente coronel Pereira debe emplearse a fondo –pulsando todos los resortes psicológicos de un subordinado al que conoce muy bien, y combinándolos con los que le ofrece la autoridad derivada de su rango- para convencer al brigada de que un revés sufrido a manos de las instancias judiciales no es el fin del mundo, y de que le conviene ocuparse de un caso que al protagonista no le apetece nada tomar en sus manos, me resulta difícilmente imaginable en otro ámbito que no sea el de una organización cuyo funcionamiento cotidiano está determinado por una nítida jerarquía y por la disciplina militar. Desde luego, no creo que una conversación semejante fuera posible en la comisaría del inspector Kurt Wallander, ni en la del comisario Jean-Baptiste Adamsberg, ni en la del teniente Kostas Jaritos, ni mucho menos en la del comisario Guido Brunetti, por citar sólo cuatro ejemplos de la moderna novela policial europea (bueno, Donna Leon, la creadora de Brunetti, es norteamericana, pero reside desde hace casi treinta años en Venecia) cuyos héroes son también funcionarios públicos.

Alguno de mis lectores pensará “hombre, claro, es que se trata de la Guardia Civil, que no es comparable a los cuerpos policiales a los que pertenecen los personajes que se acaban de citar”, pero justamente aquí es donde yo quiero llegar. A lo mejor suena algo exagerado o rimbombante lo que voy a escribir, pero lo cierto es que con sus novelas sobre la pareja de agentes de la Benemérita, Lorenzo Silva se ha comprometido en un empeño que dignifica la novela policíaca española, pues presenta personajes que no son simple traslación de modelos extranjeros, los pone en relación con problemáticas genuinamente hispanas (la de esta novela lo es en grado superlativo, y sobre esto haré alguna reflexión más adelante) y además lo consigue mediante un tratamiento de la narración policíaca en el que la técnica de la investigación policial y el conocimiento de la naturaleza humana son mucho más importantes que las peripecias, la acción entendida en su sentido más convencional y los diversos efectismos en que tanto abunda el género. Se podrá discutir la trascendencia o el valor literario de la propuesta literaria de Lorenzo Silva, pero lo que no cabe duda es de con ella el novelista madrileño está consiguiendo ampliar el campo al que la literatura española contemporánea debe atender.

Los prejuicios ideológicos tan frecuentes en nuestro país (y el mundo de las letras no es ajeno en modo alguno a ellos) no deberían distorsionar la valoración que acabo de hacer. Es cierto que la evidente simpatía que el autor siente por sus personajes y por la institución a la que pertenecen puede molestar a aquellos lectores que no compartan tal sentimiento. Ahora bien, esa objeción resulta ajena al ámbito de la literatura, y no quita ningún mérito a la empresa literaria que está desarrollando el novelista de Getafe. Por otra parte, se podría objetar que el novelista peca de ingenuo o de interesado al hacer de su protagonista uno de esos “Quijotes del siglo XXI” a los que me refería al principio de esta reseña, pero también es necesario admitir que tal elección cae plenamente en el ámbito de la soberanía del escritor, y que suponer por principio que un brigada de la Guardia Civil debiera ser una persona de menos calidad o valía que uno de sus equivalentes de las policías sueca, francesa, griega o italiana, o un personaje literariamente menos interesante que ellos, son dos formas evidentes de prejuicio.

Otra diferencia de las novelas de la serie Bevilacqua-Chamorro con respecto a los rasgos característicos de la novela negra tiene que ver con la personalidad del protagonista, pues todas las actuaciones de Bevilacqua responden a un imperativo moral –el deseo de recabar justicia para las víctimas– que le lleva a identificarse con ellas y ahondar en todos los detalles de sus vidas, que le salva de caer en el desánimo o la desesperanza y le refrena a la hora de ceder a la tentación de tomarse la justicia por su mano. Es cierto que tal componente moral constituye un rasgo típico de muchos héroes de la narrativa policial, pero no resulta tan frecuente que la técnica de la investigación y hasta la propia estructura del relato se vean influidos por él hasta el punto en que ello ocurre en todas las novelas de la serie policial de Lorenzo Silva. De hecho, La estrategia del agua es un ejemplo evidente de tal influencia: la circunstancia de que la historia personal del asesinado tenga algunos puntos de contacto con la de Bevilacqua mueve a éste a interesarse sobremanera por todos los aspectos de la vida y la personalidad de Óscar Santacruz (por citar un único detalle, el título del libro está tomado de un pasaje atribuido a El arte de la guerra de Sun Tzu, que Bevilacqua encuentra en el piso del informático y que lee para entender mejor cómo era la víctima), y a centrar la investigación en una recopilación exhaustiva de cualquier indicio revelador de la identidad de los asesinos.

Como ya he dicho antes, la violencia y la mayoría de los efectismos tan caros al género negro brillan por su ausencia en La estrategia del agua, que destaca entre todas las de la serie por la importancia que adquieren dos métodos clásicos de la investigación policial: el interrogatorio de las personas relacionadas con la vida del asesinado y las interceptaciones de las comunicaciones de la víctima y los sospechosos del crimen. No es extraño que al brigada le guste la serie norteamericana The Wire (el título en español, Bajo escucha, es significativo, aunque lo cierto es que la ficción televisiva es bastante más áspera y violenta que la novela), porque en ese minuciosísimo trabajo de desentrañamiento de la vida de la víctima desempeñan una función esencial las escuchas telefónicas, que no sólo permiten trazar un panorama muy nítido de los conflictos personales de Óscar Santacruz y confirmar las motivaciones criminales de los victimarios, sino que además permiten a los agentes descubrir una serie de corruptelas que ofrecen paralelismos más que evidentes con la realidad española contemporánea.

De hecho, mientras leía la novela tuve varias veces la sensación de que algunos episodios ya los había leído antes o que tenían relación con noticias de actualidad. Algunos personajes secundarios, como la jueza María Luisa Seoane (p. 215) y la actriz y presentadora Catalina Liébana (p. 298) se me hicieron muy conocidos, aunque no conseguí identificarlos del todo hasta que llegué al final del libro y leí las dos páginas de reconocimientos, donde se cita a “Miguel Ángel Salgado, asesinado a traición en Ciempozuelos (Madrid) el 14 de marzo de 2007” (p. 380). Gracias a los infinitos recursos de la Red, no me costó mucho averiguar los pormenores del caso, muy famoso y con espectaculares ramificaciones judiciales, políticas y mediáticas, algunas de ellas todavía pendientes de resolución judicial (véase, por ejemplo, este artículo del diario El Mundo). Por supuesto, la novela es una obra de ficción, con todo lo que ello significa en cuanto a modificación o reinterpretación de los hechos reales, pero las coincidencias son tantas que es imposible obviarlas, y mucho menos obviar la relación de la trama de la novela con asuntos muy polémicos de la actualidad española, como los abusos que en nombre de la defensa de las mujeres maltratadas y al amparo de la ley sobre violencia de género se vienen produciendo en los procesos de separación y divorcio.

No quiero adelantar detalles sobre cómo encaja este conflicto con el argumento de la novela, pero sí puedo decir que la relación que se establece entre ambos elementos está muy bien trabada, y que de ninguna manera puede considerarse postiza, artificiosa o ideológicamente sesgada. Por otra parte, debe destacarse que La estrategia del agua aborda un asunto enormemente delicado desde una perspectiva poco convencional y hasta arriesgada, en absoluto coincidente con lo que hoy en día se considera en la sociedad española como políticamente correcto. La inevitable vertiente polémica de su toma de posición no ha sido eludida por el autor en ningún momento, antes al contrario, pues la ha puesto de manifiesto en diversas declaraciones a los medios de comunicación (véase, a título de ejemplo, esta crónica de Europa Press). Yo no estoy en condiciones de discutir sus términos, porque no tengo conocimientos ni experiencia directa en estas cuestiones (en cambio Lorenzo Silva ha ejercido como abogado muchos años, y es preciso suponer que sabe bien por qué terrenos se mueve), pero sí puedo señalar que la forma en que la novela plantea y resuelve el conflicto resulta, desde el punto de vista literario, plenamente satisfactoria.

El hecho de que los “malos” de esta historia sean malas, es decir, mujeres, poco tiene que ver con la calidad que alcanza la representación novelística de la condición femenina, hasta el punto de que cabría aventurar que Lorenzo Silva ha querido equilibrar con este expediente el posible reproche de un enfoque misógino. Varios de entre los mejores y más llamativos personajes de la novela son mujeres: la jueza que lleva el caso del asesinato de Santacruz, valiente y enérgica; la jueza de familia que intervino en el divorcio del informático, de una lucidez aplastante; la cabo Inés Salgado, infatigable en el trabajo y con picardías que revelan una inteligencia práctica muy notable. Hasta la ex esposa de Santacruz constituye un personaje muy atractivo si se mira desde una perspectiva puramente literaria (no así desde una perspectiva ética), con su altivez a toda prueba, su fortaleza de ánimo incluso en los momentos más desesperados, su capacidad de manipulación a la hora de obtener de todos los que la rodean la satisfacción de sus intereses y caprichos. Curiosamente, en esta ocasión me ha parecido que el personaje de Virginia Chamorro, siempre en funciones de contrapunto realista y pragmático de las tendencias quijotescas de Bevilacqua, quedaba algo más desvaído que en anteriores novelas de la serie.

Me atrevería a subrayar, además, que el autor se complace en desmontar desde el desarrollo de la trama los tópicos y estereotipos que los lectores o los propios personajes puedan albergar con respecto a los caracteres femeninos. Así ocurre en la primera secuencia en que aparece la jueza del caso, vestida impecablemente con un pañuelo y un bolso carísimos. La impresión inicial que este atuendo inspira a Bevilacqua –no lo dice con tales palabras, pero queda clarísimo que la imagina como la típica “pija”– queda desmentida por su posterior ejecutoria en la investigación, activa, comprometida y audaz. Un contraste semejante se produce con el personaje de la cabo Inés Salgado, a quienes sus propias compañeras, comenzando por la sargento Chamorro, ven en más de una ocasión como el prototipo de la “rubia tonta” (la apodan “Shakira”), pero que demuestra en la fase final de las pesquisas ser una mujer llena de recursos y con una capacidad de trabajo a toda prueba.

Ya que hablamos de los personajes de La estrategia del agua, hay que saludar como un acierto la incorporación a la serie novelística de un nuevo agente, el guardia Juan Arnau, que en los primeros compases de la historia cumple el papel algo tópico del novato recién incorporado a una unidad policial (Lorenzo Silva alimenta el estereotipo, y lo hace hasta el cansancio, con una serie de cuchufletas, muy poco graciosas por reiterativas, a propósito del nombre de pila del agente), pero que poco a poco va adquiriendo soltura, seguridad en sí mismo, conocimiento de sus compañeros y una sólida integración en el equipo de investigación. A él le corresponden algunas de las indagaciones que permiten resolver el caso, y con tales antecedentes no me parece nada inverosímil que en posteriores entregas de la serie su personaje vaya creciendo en importancia.

En alguna de las reseñas de la novela que he tenido oportunidad de leer se ha señalado el escaso interés de la trama, sobre todo porque la identificación de los responsables del asesinato se produce en los primeros compases del relato. También se ha reprochado al autor que las pesquisas de los agentes pecan de monotonía, pues consistan poco más que en un despliegue interminable de diálogos. Pues bien, creo que estas características –la falta de sorpresas y el predominio abrumador del diálogo, tanto como elemento de estilo como técnica de investigación– no son en modo alguno defectos, sino en todo caso méritos del planteamiento narrativo de la novela. Lo que le interesa a Lorenzo Silva, y a mi modo de ver tiene perfecto derecho a plantear su narración en tales términos, es ahondar en el conocimiento de la víctima, en las razones por las que fue asesinado y en las técnicas mediante las cuales los investigadores consiguen identificar a los inductores y ejecutores del crimen, aportando al mismo tiempo las pruebas de cargo que permitan llevarlos ante la justicia. Para este propósito, los enigmas y las sorpresas no son necesarios, y hasta podrían ser contraproducentes. Por otro lado, aun admitiendo que existan conversaciones quizás demasiado verbosas, o repetitivas, o poco inspiradas (ya he citado el caso de las burlas que Bevilacqua dirige al novato Arnau), en general el autor se muestra como un magnífico dialoguista, capaz de asignar a cada personaje una voz auténtica y reconocible, y de hacerlo mediante un estilo ágil y de indiscutible soltura.

No obstante, hay que admitir que los reproches que acabo de mencionar pueden tener cierta justificación, pues la novela tarda demasiado en encontrar la línea de desarrollo que más le conviene, quizás por la situación desde la que arranca, con un protagonista resabiado contra el sistema judicial y no del todo conforme con la tarea que le han encomendado. En todo caso, también estoy convencido de que el libro mejora mucho en su segunda mitad, una vez que Bevilacqua se ha liberado de las rémoras del escepticismo y el resentimiento que arrastraba de sucesos anteriores, y tras la entrada en liza de los dos agentes que resultan claves en el proceso de resolución del crimen, esto es, el guardia Arnau y la cabo Inés Salgado. El efecto de este tramo final de la novela sobre el lector es doble, pues la mejora en la eficacia de la narración coincide con la culminación de su propósito moral. Comprobar cómo funciona la máquina de la justicia –por una vez bien engrasada y con auténtico sentido de la dignidad de su misión– constituye una afirmación esperanzada, una muestra de confianza en la labor de unos funcionarios públicos que, contra viento y marea, con pocos medios, con sacrificios personales, con dedicación y gran esfuerzo, consiguen dar cumplimiento a su deber. ¿Quijotes del siglo XXI? Pues, a pesar de su mala fama, y de sus errores y defectos, tal vez lo sean.

La mayoría de las críticas y reseñas de La estrategia del agua han sido bastante positivas, pero no todas. No suele ser común que un escritor acoja unas y otras con tanta deportividad y sentido del fair play como demuestra Lorenzo Silva en El efecto Piquero, una entrada de su blog donde recopila unas y otras. Además de las que el novelista madrileño cita en dicho artículo, tienen interés las de Francisco Ortiz y Pepe Rodríguez.

Lorenzo Silva, La estrategia del agua, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 1174), 2010, 380 páginas.