No pretendo ser muy original en mi particular celebración del Día del Libro, entre otras muchas razones porque la pieza que voy a incluir a continuación ha sido citada hasta la extenuación en las últimas semanas, por parte de muchos colegas blogueros y tuiteros. Hay que reconocer que el planteamiento del vídeo es muy ingenioso, y la realización estupenda, pero no tan original como podría suponerse a primera vista.

De hecho, hace ya muchos años (concretamente en enero de 1973, fecha en que se publicó por primera vez) que Isaac Asimov planteó una idea muy semejante a la que expone el vídeo, en un ensayo titulado “Lo antiguo y lo definitivo”, que está recogido en el libro El secreto del tiempo. Recientemente, a través de Twitter, señalé la coincidencia (antes había tratado sobre dicho ensayo en Los libros, Google Books e Isaac Asimov), y gracias a los buenos oficios de Antonio Solano, quien localizó el ensayo asimoviano en PDF, puedo traer aquí ambos textos, para que los lectores de este blog puedan compararlos y extraer las oportunas consecuencias. Entre ellas, y ya que hablamos de libros, que en el mundo de las letras la vieja sabiduría del adagio latino –ya saben, nihil novum sub sole– resulta tan certera como inevitable.

He aquí el famosísimo vídeo:

Y el no tan famoso, pero muy interesante ensayo asimoviano, cuyo entorno tecnológico resulta ahora, casi cuarenta años después de escrito, deliciosamente camp.

Esta coincidencia me trae a la memoria otra referencia libresca: en la última novela de Neal Stephenson, la monumental Anatema (una fascinante y algo excesiva mezcla de ciencia ficción, matemáticas, filosofía, lógica, astrofísica y otros muchos y arcanos saberes), el escritor norteamericano ha creado un mundo imaginario en el que existe una orden monástica, la de los Loritas, “historiadores del pensamiento que ayudan a otros avotos [personas que han ingresado en el mundo cenobítico] en su labor, haciéndoles saber que otros ya tuvieron ideas similares y evitándoles reinventar la rueda” (p. 679). A veces me da por pensar que un servicio higiénico como el de esa ficticia orden monástica no vendría mal en Internet, donde toda idea se copia, se recopia y se transforma, no siempre de forma admisible, hasta el infinito.

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