Viaje con Clara por Alemania, de Fernando Aramburu

Viaje con Clara por Alemania, de Fernando Aramburu

Conviene afirmarlo con rotundidad desde el principio de la reseña: Viaje con Clara por Alemania, séptima novela del escritor donostiarra Fernando Aramburu, es una obra divertidísima, chispeante, ingeniosa, tronchante por momentos, que se disfruta en todas y cada una de sus páginas, y que contiene unos cuantos episodios antológicos, de esos que no deberían faltar en una recopilación de la mejor narrativa española contemporánea. Le corresponde además un mérito singular, pues se trata de una novela muy original, y ello a pesar de que ni por la perspectiva narrativa adoptada, ni por la estructura del relato, ni por las situaciones, los escenarios o los personajes pudiera parecerlo en un principio.

La originalidad de la novela brota de la actitud de un escritor que, con toda evidencia, ha sabido darse a sí mismo plena libertad para escribir como le ha venido en gana, sin encorsetamientos y sin rigideces, con una envidiable y sanísima falta de respeto a las convenciones literarias y sociales, desde una perspectiva risueña y desfachatada que constituye un síntoma elocuente del más auténtico humorismo. El viaje por Alemania que emprenden los dos protagonistas de la novela constituye un marco muy apropiado para disfrutar de tal libertad, porque, con su estructura episódica y su obligada adaptación a los sucesos acontecidos en su transcurso, permite prescindir de muchas de las ataduras que otras formas novelísticas imponen al escritor.

El título ya dice mucho sobre lo fundamental de esta novela, pues el relato cuenta los pormenores de un viaje por Alemania que la pareja protagonista lleva a cabo durante el año sabático concedido a Clara para que ésta, profesora de instituto y escritora vocacional, pueda redactar un libro de viajes por encargo de una editorial. Su marido, de quien no conocemos nombre de pila ni nacionalidad ni profesión (su esposa le llama “ratón” o “ratoncito”, sabemos que procede de un país mediterráneo y que básicamente se ocupa de las tareas domésticas), es el narrador de la novela y el acompañante de Clara, a la que además brinda muy valiosas ayudas para el logro de su empresa literaria, pues hace para ella de chófer, fotógrafo, chico de los recados, recolector de variadas informaciones para la redacción del libro y frecuente paño de lágrimas.

Clara y Ratón son dos personajes absolutamente dispares por apariencia física, carácter, personalidad, origen social, gustos, aficiones, actitudes, hábitos gastronómicos, formas de pensar y casi cualquier otro criterio de clasificación de la infinita variedad de los seres humanos en la que podamos pensar. Tan distintos son que en algún momento el narrador se carcajea de los pronósticos sobre la efímera duración de su matrimonio que mucha gente avanzó al enterarse de que Clara y él se casaban. Sin embargo, en el momento de comenzar el viaje ya son dieciséis años los que la pareja lleva de vida en común, circunstancia que explica mejor que ninguna otra su complicidad, su mutua adaptación, su capacidad de comprender al otro y de sobrellevar los pequeños o grandes conflictos de la vida cotidiana.

Porque éste es uno de los más hondos y llamativos valores de la novela: el descubrimiento (casi una revelación para los tiempos que corren) de que la vida en pareja, y más concretamente la vida de un matrimonio, puede ser alegre, divertida, enriquecedora, llena de gozos y pequeñas sorpresas y de un raudal inagotable de buen humor. Claro está que, para conseguirlo, hace falta un cierto desdoblamiento en la vida del narrador-protagonista, una especie de disociación, que tiene algo de clandestina y desde luego mucho de irónica y burlona, entre el Ratón que ayuda a Clara en sus más nimias necesidades y le presta ayuda, apoyo y comprensión, y el otro Ratón con tendencias gamberras, juerguistas y provocadoras. Uno de los logros más admirables de la novela ha sido el lograr conciliar estas dos caras de una misma personalidad en un personaje originalísimo, concederle ciertos momentos de expansión y autenticidad al margen de la vida en pareja, y hacerlo de forma literariamente verosímil.

Para ello Fernando Aramburu se vale de varios expedientes: a veces extrae al protagonista de la compañía de su esposa y lo lanza a correr breves aventuras por los diversos escenarios del viaje, que pueden tomar la forma de una degustación solitaria de bombones en un cementerio de Worpswede, de una excursión por los barrios y tugurios de mala nota de Hamburgo, o de una micción entusiasta en los blanquísimos acantilados cretácicos del Parque Nacional de Jasmund. En otras ocasiones, aunque Ratón y Clara estén juntos, el protagonista se refugia en su propio mundo interior, prácticamente al margen de las situaciones que están ocurriendo a su alrededor, o se dedica a interferir con ellas (incluso llega a sabotearlas) mediante observaciones jocosas e irónicas.

De hecho, todo el planteamiento de la novela y la configuración de su protagonista masculino son deliberadamente irónicos, porque de la actividad literaria de Clara, a quien su esposo llama, con toda la retranca del mundo, “la señora escritora”, sólo conocemos muestras indirectas y a menudo incompletas o hasta fracasadas. En cambio, conforme avanza el desarrollo del relato, el lector comprueba que Viaje con Clara con Alemania no es otra cosa que la novela escrita en sus ratos libres por Ratón, convertido en el escritor que jamás imaginó llegar a ser. Este proceso, a menudo ilustrado por las chanzas del personaje con respecto a su labor literaria, tan sobrevenida como paradójica, alcanza su culminación en el tercio final de la novela, en el que aparece la figura del Gordo, el hermano editor de Ratón, narratario principal de la novela y a quien van dirigidas las reflexiones del protagonista al hilo de la composición de su obra.

Por otro lado, en Viaje con Clara por Alemania la profesión de escritor, y sobre todo las expresiones culturales más elitistas son contempladas con un distanciamiento burlesco, tan divertido como refrescante. En efecto, Ratón no sólo se ríe cariñosamente de las neuras, manías y obsesiones artísticas de su mujer, sino sobre todo de la presunta superioridad de las clases educadas, de los figurones del mundo cultural (es estupendo el episodio en el que la pareja asiste a la grotesca representación de una ópera de Verdi versionada por el inevitable Calixto Bieito) y de la solemnidad de los escritores consagrados (véase, por ejemplo, con qué burla tan sutil acaba la visita a la casa de Arno Schmidt en Bargfeld, y repárese también en las pullas que dirige el protagonista a autores como Heinrich Mann, Hegel, Fichte, Brecht y Marcuse, en el curso de las imaginarias conversaciones que mantiene con ellos durante su paseo por entre las tumbas del Dorotheenstädtischer Friedhof).

Frente a la displicencia, la altanería y la adhesión de las élites culturales a las consignas y convenciones de lo políticamente correcto (es tronchante el episodio en que el matrimonio es invitado, en casa de una amiga de Clara, a una cena en la que sólo se sirven productos de cultivo biológico), Ratón despliega la panoplia epicúrea de un tipo insobornable que gusta de la buena vida y la mesa bien provista, la cerveza, las chicas guapas, las conversaciones ocasionales con gente de la calle, la siesta y la actividad sexual, mejor cuanto más frecuente. Y más que leer libros, visitar museos o acudir a la ópera (todo eso lo hace, no siempre de buen grado, por complacer a Clara), a Ratón le gusta ver partidos de fútbol en la tele, callejear y rondar bares y tabernas. Esta conducta no lo convierte en un patán, antes al contrario, porque el protagonista es un prodigio de paciencia, de atención y de cariñoso amor no solamente hacia su esposa, sino hacia otros muchos personajes, como la tía Hildegard, su desgraciada cuñada Gudrun, y especialmente su sobrino Kevin, aquejado del síndrome de Asperger, con el que mantiene una relación insólita que da pie a algunos de los episodios más bellos y emotivos de la novela.

La irreverencia del relato hacia las convenciones de lo literario, hacia los temas solemnes y las actitudes altisonantes, no sólo deriva de la personalidad del protagonista, pues está en la raíz del planteamiento narrativo de Viaje con Clara por Alemania, obra que se caracteriza por un acercamiento muy sincero y desprejuiciado a la realidad cotidiana. Los más íntimos pormenores biológicos de la pareja protagonista (los trastornos físicos y enfermedades, los accidentes y heridas, las dificultades de la digestión o la evacuación), los diversos apetitos corporales y los rituales de su vida sexual, las tareas domésticas, las conversaciones ocasionales con el panadero o el dueño del quiosco de periódicos, los diálogos de besugos, las peleas y las broncas (matrimoniales o no), todos esos elementos propios del “estilo bajo” son convertidos por Fernando Aramburu en materia literaria de primer orden. Más allá del desconcierto que tal o cual episodio puedan producir al lector (porque incluso en esta época aparentemente desprejuiciada, pero en el fondo mojigata, este tipo de elementos es cada vez más infrecuente en la literatura “seria”), es inevitable sentir una enorme simpatía por Clara y Ratón y por la mayor parte de personajes de la novela, todos los cuales parecen haber sido sorprendidos por el autor recién levantados de la cama, en pantuflas y ropa de dormir, desgreñados y con legañas.

Pero si lo bajo y vulgar desempeñan una función esencial en la novela, también hay espacio destacado para lo sublime. El título que he escogido para esta reseña –“momentos blam”- apunta precisamente a ese neologismo con el que el marido de Clara designa los contados momentos de gozo intenso, iluminación y felicidad que afanosamente persigue a lo largo de todo el viaje. Me parece muy significativo que, muy poco antes del final de la novela, se produzca el más perfecto de esos instantes extáticos, en el interior de los nuevos edificios de la iglesia berlinesa de la Gedächtniskirche. Fernando Aramburu lo cuenta en dos páginas y media bellísimas, de las que entresaco esta larga cita:

El sosiego azul que flotaba en el aire de la iglesia alcanzó igualmente mi interior. Entre la luz y yo se había establecido una relación de completa identidad bajo el signo de la ternura, de la aceptación recíproca, de la alegría. Tuve conciencia plena de hallarme exento de dolores, de problemas, de necesidades urgentes; también de esos gustos y afanes inmoderados que las personas pagan a menudo con la discusión, el hartazgo, la fatiga. Ni aunque me lo hubieran propuesto habría conseguido levantarme del asiento. Me paralizaba apaciblemente la certidumbre del instante perfecto, que se prolongó por espacio de yo no sé cuántos segundos, tantos como raras veces me ha sido dado experimentar en la vida. Después de la juventud, no recuerdo haber vivido un momento blam tan prolongado, tan intenso en su apogeo ni tan gozoso y delicado en su desenlace. Salí a la plaza. Llovía a cántaros, pero llevaba tanta paz conmigo que no me importaba mojarme. Yendo por la calle, luego dentro del metro, algunos desconocidos me miraron con una mueca común de simpatía. Deduje de ello que se me debía haber parado en los labios una sonrisa contagiosa. Con el mejor de los ánimos acudí a mis castañas de media tarde. Aún me dio tiempo de coleccionar dos o tres pequeñas satisfacciones antes de retirarme al piso. Amé por la noche a mi mujer. Creo, en conclusión, que aquel día fui un hombre afortunado (p. 465).

Yo creo que en esta combinación de lo bajo y lo elevado, en esta actitud del autor hacia los variadísimos y dispares materiales con los que se elabora la literatura, hay muy poco del siempre denostado costumbrismo ibérico y mucho, en cambio, de la mejor tradición de las letras en lengua española. Alguna reseña de la novela (por ejemplo la de Ricardo Senabre) ha mencionado con acierto la raigambre barojiana de los personajes de Viaje con Clara por Alemania (nunca se insistirá lo suficiente en el talento de Fernando Aramburu para la creación, con un par de vigorosos y originales brochazos, de una enorme galería de tipos humanos), pero habría que remontarse más lejos y citar el antecedente de la inmortal pareja cervantina para ubicar en su justo lugar el viaje de Clara y Ratón como estructura de composición narrativa y como motivo literario, para entender a los dos protagonistas de esta riquísima novela, sus discusiones interminables, sus chanzas, sus personalidades opuestas y complementarias, su apasionante convivencia, captada en infinitos detalles que revelan una mirada socarrona, pero al mismo tiempo llena de amor y comprensión, hacia la naturaleza humana. Y tal vez haya que mirar también hacia Cervantes, y hacia la literatura clásica española, para degustar en su justa medida el estilo literario de Fernando Aramburu, en el que conviven los centros comerciales y las cadenas de tiendas, Google y el Werder Bremen con arcaísmos, giros desusados, retruécanos, períodos sintácticos de gusto barroquizante y hasta algún hallazgo léxico, como el “mochibolso” (p. 467) de Clara, protagonista involuntario de otro episodio desopilante, cuyo parentesco con el baciyelmo cervantino me parece fuera de toda duda.

No quiero acabar esta reseña (y eso que me dejo muchos detalles interesantísimos en el tintero) sin dedicar al menos unas líneas a mis colegas docentes, pues todos nosotros compartimos con Clara la profesión y un buen número de experiencias de la vida académica. Quienes hayan trabajado en un instituto de enseñanza secundaria comprenderán perfectamente a la señora escritora cuando, al comenzar el viaje y su año sabático, acude al patio del centro escolar para hacerle un corte de mangas no se sabe si al edificio, a sus ocupantes o a la institución en su conjunto, lo que no se contradice con el hecho de que Clara haga valer a menudo su condición profesoral y no pierda ocasión para anotar mentalmente los lugares y monumentos a los que en el futuro ha de viajar con sus alumnos.

Bien, y ya que he mencionado a los colegas de profesión, me permito hacerles una sugerencia: leed el Viaje con Clara por Alemania sin alejaros demasiado de un ordenador o equipo móvil conectado a Internet. Así podréis ilustraros –como hace el propio Ratón y como he hecho yo para reconstruir la trayectoria de sus andanzas- con la apasionante historia de ese gran país, con la vida y las obras de sus escritores y la geografía de los escenarios que visita la pareja protagonista. Aunque la obra de Fernando Aramburu tenga muy poco que ver con el clásico libro de viajes, y todavía menos con una guía turística, se aprenden muchas cosas llamativas y curiosas, como por ejemplo cuál es la estatua femenina más bella del mundo, la ubicación de un complejo turístico ciclópeo emprendido por los nazis y nunca terminado, o el hecho de que la aguja de creta retratada por el pintor Caspar David Friedrich en uno de sus más célebres paisajes ya no existe, arrastrada por las olas enfurecidas del Báltico. A diferencia de lo que es costumbre en este blog, no incluyo los enlaces, para excitar vuestra curiosidad.