Quizás esperen ustedes ver confirmada en esta entrada tan tardía, pues el Mundial acabó hace ya casi tres semanas, la afirmación de que lo mejor de la Copa Mundial de Sudáfrica fue la victoria de la selección española en una disputadísima, incómoda y áspera final (tengo que reconocer que, a pesar de los deseos que expresé poco antes del comienzo del campeonato, no tenía demasiadas esperanzas de que el fútbol español se llevara el gato al agua). O tal vez esperen que me refiera a la apoteósica celebración del título, y a la alegría contagiosa de tantos millones de aficionados desparramados por toda la geografía nacional, una experiencia tan inolvidable como difícil de imaginar al comenzar la competición.

Aunque no puedo negar la huella que ambos acontecimientos han dejado en mi memoria, para mí este campeonato ha tenido una dimensión más personal, y por tanto más valiosa y digna de recuerdo. Un recuerdo que comienza por los dos primeros partidos de la fase de clasificación, que Pilar y yo vimos en casa por televisor, presos de enorme nerviosismo, con la decepción del primer partido contra Suiza, la alegría moderada del triunfo ante Honduras y las improvisadas tertulias presenciales y virtuales en las que participé con motivo de ambos encuentros. Sigue con la explosión de entusiasmo con que toda la familia –reunida en el bar del hotel Juan de la Cosa, en la playa de Berria, cerca de Santoña, para celebrar las bodas de oro de mis padres- acogimos la peleadísima victoria contra la muy bien organizada selección de Chile.


En los tres partidos de la fase clasificatoria, y especialmente en el último, acabé ronco de tanto gritar. Como sería la cosa que mis sobrinos Sergio y Leyre (de padre y madre muy futboleros y que han mamado la afición por el deporte rey desde la primera hora de sus vidas) me decían algo así como “tío, no queremos tenerte cerca cuando España marca goles, porque te pones como loco”, pero lo cierto es que también ellos saltaron y cantaron con los goles de Villa e Iniesta. Su hermana pequeña, Irene, todavía incapaz a sus cuatro añitos de comprender las explosiones de júbilo con que los aficionados acogemos goles y victorias (a menudo los niños son mucho más cuerdos que sus mayores), se sentía intimidada por tanto jolgorio, y en un par de ocasiones acudió a refugiarse en el regazo de su madre.

Del partido contra Portugal en los octavos de final, otra vez en el salón de casa, guardo un recuerdo poco claro, quizás porque no pasé los nervios de otras ocasiones y por la superioridad en juego y ocasiones de una selección española que hizo un partido extraordinariamente serio, disciplinado y competitivo. Sin embargo, las dos siguientes rondas, contra Paraguay y Alemania respectivamente, tuvieron un escenario que será difícil de olvidar. Ya no estábamos Pilar y yo solos en el cuarto de estar, mordiéndonos las uñas y explicándonos mutuamente las jugadas más comprometidas, sino junto a mis hermanos con sus cónyuges, sus hijos, y otros parientes y conocidos, entre los cuales había un montón de niños bulliciosos y rotundamente futboleros. De la victoria sobre el combinado guaraní retengo en la memoria lo mismo que casi todo el mundo: la decisiva parada de Iker Casillas, que nos hizo levantarnos del asiento a todos los que lo veíamos y pegar botes de entusiasmo (bueno, a todos no, porque Irene de nuevo se quedó asustada por la algarabía y el griterío de la concurrencia).

Lo único que echamos en falta en el triunfo sobre la selección sudamericana fue una mayor eficacia anotadora y algo más de ruido y de bullicio en las celebraciones. Habida cuenta de que no podíamos hacer gran cosa respecto al primer deseo, mi hermano José Ángel y su hijo Javier prometieron esforzarse para conseguir un buen lote de cohetes –y puedo acreditar que la empresa no fue nada fácil, pues con la llegada de los Sanfermines la mitad de las tiendas de Pamplona practican la prudente costumbre de cerrar-, con los que celebrar los goles del partido contra la temible Alemania, que hasta entonces había realizado probablemente el mejor juego de entre todas las selecciones participantes en el Mundial.

Y los alemanes llegaron y se arrugaron, ya desde su salida al campo, en el día grande de las fiestas de Pamplona, que para mí es todavía más grande por ser también el día de mi cumpleaños. En comparación con el partido contra Paraguay, la semifinal fue menos agónica de lo que la mayoría de los aficionados habíamos previsto. Pudimos disfrutar de espléndidas jugadas, merendar en el descanso y celebrar, sin temor al infarto (aunque de haberse producido hubiéramos estado en manos de dos médicos tan competentes como mi hermana Amparo y su marido Óscar), el golazo de Puyol con alaridos, bailes y la modesta exhibición pirotécnica que habíamos preparado. El caluroso y prolongado abrazo que nos dimos mi cuñado y yo tras el cabezazo del central del Barça (él es culé militante y yo merengue de toda la vida) fue todo un símbolo de eso que he llamado “lo mejor del Mundial”, una alegría algo pueril e inexplicable, pero sin duda sincera y profunda, que contagió a todos los que vimos el partido, hasta los menos dados a los raptos futboleros.

La final nos pilló fuera de Pamplona, al comienzo de nuestras vacaciones, en un hotel de la playa ibicenca de Talamanca. La verdad es que echábamos muy de menos la algazara familiar, y estuvimos dudando durante un tiempo entre ver el partido en la habitación o bajar al bar, para disfrutar del espectáculo en multitud. Al final, prevaleció la primera opción, entre otras razones porque no habíamos encontrado camisetas de la selección con las que ponernos en ambiente, y porque los huéspedes eran en su mayoría extranjeros (en todo caso, el predominio masivo de italianos auguraba una audiencia favorable a la selección española, Berlusconi dixit). Vaya partido tan feo, aunque desde luego no apto para cardíacos: yo estuve a punto de caerme de la cama en un par de ocasiones, tras clamorosas oportunidades de la Roja y las no menos clamorosas faltas de los holandeses y, Pilar, que había estado tirándose de los pelos durante el tiempo reglamentario, no pudo aguantar la tensión de la prórroga y se bajó al bar, para aliviarse del sufrimiento propio con la inmersión voluntaria en la ansiedad ajena.

El gol de Iniesta (enérgico, rabioso, tremendo) me dejó ronco por quinta vez en pocos días. Nada más marcar el albaceteño, abrí la puerta de la terraza y salí como un poseso a desfogarme, un gesto en el que me vi acompañado de media docena de huéspedes de las habitaciones próximas, con los que intercambié gestos cómplices de furia contenida, enseguida sustituidos por expresiones de júbilo en dos o tres idiomas diferentes. Pilar y yo pasamos el resto de la jornada viendo los reportajes que los distintos medios de comunicación –televisión, radio, prensa digital, esta última a paso de limaco, porque ya me había pasado del consumo mensual de mi tarifa de conexión móvil- habían montado para celebrar la ocasión, y al día siguiente nos faltó tiempo para acudir a la librería Vara de Rey, en el paseo homónimo de la capital ibicenca, y comprar cuatro o cinco periódicos, porque este tipo de sucesos no sólo hay que vivirlos, sino también verlos recreados por otras voces y desde otras perspectivas.

Durante el resto de las vacaciones echamos en falta las dosis monumentales de adrenalina que nos habían deparado los Mundiales (nos quedamos un poco “pof”, como solemos decir Pilar y yo), pero nos esforzamos activamente en reponernos a base de sesiones de playa y piscina, cenas con pescado a la parrilla culminadas con mojitos, y las excursiones casi diarias a la ciudad de Ibiza, tan propicia al desparrame y la inundación de sensaciones visuales insólitas –entre ellas, la proliferación de camisetas de Casillas, Villa o Fernando Torres en el atuendo de muchísimos niños extranjeros-, sobre todo para quienes procedemos de provincias y tenemos los ojos casi ocultos por el pelo de la dehesa.

Como se preguntaba más de uno tras el subidón y consiguiente resaca de las celebraciones mundialistas: “y ahora, ¿qué?”. Pues, a trabajar duro (espero no tardar mucho en recuperar el ritmo habitual de publicación bloguera), a esperar el próximo Mundial y, mientras tanto, a ver de nuevo, para que no se nos olvide, el momento culminante de este campeonato: el Iniestazo.

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