Acabo de enterarme por Menéame (a través de Twitter, claro), de la muerte del actor Tony Curtis, un intérprete que a sus más que sobrados méritos añade el de haber sido, con permiso de Dean Martin, probablemente el sinvergüenza más adorable de la historia del cine. Tony Curtis estará siempre vivo en mi recuerdo por aquella escena de la extraordinaria película Los vikingos, de Richard Fleischer, en la que desgarra el ceñido vestido de la bellísima Janet Leigh (que por entonces era su esposa) y la anima a remar desesperadamente para huir de la furia del orgiástico y desenfrenado caudillo vikingo Ragnar. La visión de la espalda blanca y desnuda de Leigh, a los remos de un frágil esquife que se adentra en la niebla y deja atrás a sus perseguidores, fue en mi adolescencia una visión turbadora y algo perversa, que me acompañó durante mucho tiempo.

Decía Woody Allen que a él le hubiera gustado reencarnarse en las yemas de los dedos de Warren Beatty, y lo cierto es que podría haber afirmado lo mismo con respecto a Tony Curtis, un hombre por cuyos brazos pasaron algunas de las actrices más hermosas del Hollywood de los años 50 y 60. El hermano de Shirley MacLaine generalmente ha tenido más glamour, especialmente en ciertos círculos intelectuales, pero yo nunca he conseguido quitarme de encima la impresión de que es un soso de órdago. En cambio, Curtis siempre me cayó mucho mejor por su descaro, su irreverencia, su caradura ingeniosa y su capacidad para salir indemne de las situaciones más comprometidas.

Una de mis películas favoritas es Operación Pacífico (Operation Petticoat, 1959), del casi siempre genial Blake Edwards, en la que Curtis interpreta a un teniente de marina ventajista y tramposo, capaz de saquear los almacenes militares y aprovisionar su nave con un repertorio interminable de trapisondas, que seguramente aprendió durante sus años de servicio en la Armada norteamericana, durante la Segunda Guerra Mundial. Seguro que todos ustedes recuerdan la historia del USS Tigerfish, el sumergible averiado y pintado de color rosa, que consigue cumplir su peligrosa misión gracias a los ingeniosos latrocinios del teniente Holden y a las no menos ingeniosas adaptaciones del mecánico jefe, capaz de convertir una pieza de ropa interior femenina en el mecanismo esencial de un delicado artefacto naval.

Sirva esta escena de Operación Pacífico como mi modesta contribución al homenaje que sin duda ninguna merece el actor de Nueva York. Descanse en paz este cómico incomparable.