El otoño en Pamplona ha comenzado con calor –ayer el centro de la ciudad estaba a rebosar de gente que celebraba las fiestas de San Fermín de Aldapa–, pero en pocas horas ha derivado en fuertes chubascos y en ventoleras de esas que agitan los castaños de Indias y arrojan las castañas pilongas, con un sonido muy característico, sobre los capós de los coches aparcados bajo las densas copas de los árboles.

Las pilongas voladoras (que en mi infancia en el colegio de los Escolapios utilizaba como munición improvisada y no siempre inofensiva, en las peleas con los vecinos salesianos) no son cosa de tomarse a risa. Esta misma mañana he visto en el alcorque de un castaño una cápsula todavía cerrada –lástima de foto, pero me había dejado el móvil en casa– que hubiera descalabrado a más de un viandante si le hubiera caído sobre la cabeza: tenía el tamaño del puño cerrado de un niño y era compacta, pesada, con pinchos recios y amenazadores.

Lo más hermoso de este otoño recién comenzado no han sido las pilongas saltarinas, con ese tono marrón aterciopelado y brillante que ninguna paleta de pintor puede imitar, sino el arco iris doble que ha sobrevolado Pamplona a eso de las ocho de la tarde, tras un aguacero que ha servido para limpiar la ciudad de la enrarecida atmósfera acumulada durante un verano inusualmente largo y seco para estas latitudes. Aprovechando que iba a un cine que me queda a un par de minutos de casa, y que en esta ocasión sí llevaba el móvil encima, he tomado las fotos que ilustran este reportaje.

Que disfruten ustedes la que, para muchos, es la mejor estación del año.