Hace un par de semanas terminé la excelente biografía que José-Carlos Mainer ha publicado sobre Pío Baroja, en la colección “Españoles eminentes”, de la Editorial Taurus. Después de algunas incursiones parciales o limitadas en el territorio de los libros digitales (una edición pirata y bastante mal presentada de Una princesa de Marte, otra apenas mejor de El mundo sumergido, algunos libros de cuentos, manuales informáticos, revistas, periódicos y PDFs de variado dentaje, pelaje y cornaje), el de Mainer es el primer e-book comme il faut que leo de cabo a rabo en soporte digital, la mayoría de las veces en la pantalla del Kindle Touch de Amazon que me regalaron en mi último cumpleaños, pero también en otros dispositivos de lectura digital: en concreto, una tableta iPad y un teléfono móvil Samsung Galaxy S II, con alguna visita ocasional a las 462 páginas del libro desde la aplicación Kindle para PC.

Las últimas razones de esta alternancia tienen mucho que ver con circunstancias de mi vida personal cuyos detalles no vienen al caso, pero también con mi deseo de comprobar la efectividad de la tecnología Whispersync de Amazon, que permite sincronizar el punto de lectura de un libro digital en todos los dispositivos en que se lleve a cabo. Mi experiencia al respecto ha sido muy satisfactoria, pues las aplicaciones Kindle para los cuatro aparatos en que he leído la biografía de Baroja (el lector de Amazon, la tableta, el móvil y el PC) han sido capaces de dirigirme al último punto de la lectura con un índice elevadísimo de acierto. Los dos o tres fallos de sincronización que he experimentado se han producido en el teléfono móvil y supongo que se han debido a la ocasional incapacidad del dispositivo para conectarse a Internet y, por tanto, con los servicios de Amazon.

Ahora bien, la experiencia de la lectura digital ha tenido algunos aspectos no tan positivos. Para empezar, con los dispositivos digitales se pierde buena parte de la experiencia sensorial que los lectores habituales asociamos a la liturgia de la lectura convencional, pues aquellos no tienen el peso ni la inconfundible densidad de los libros, carecen del aroma y la deliciosa textura del papel, y su aspecto estético no puede competir ni siquiera con las más modestas y rutinarias muestras de la técnica de la encuadernación. El tiempo y la evolución de la tecnología darán y quitarán razones, pero me gustaría pensar que, como objeto material, e independientemente de su contenido, el libro en papel es el resultado de una tradición de siglos, y su perfección es muy difícil de igualar por ninguno de los dispositivos digitales que ahora mismo están a nuestro alcance y ni siquiera por los que cabe avizorar en un futuro próximo.

Por otro lado, y al menos para quienes peinamos canas y nos hemos pasado toda la vida entre libros (es probable que lectores más jóvenes no tengan tal percepción), los dispositivos digitales distorsionan en cierta medida la naturaleza de obras que, en la inmensa mayoría de los casos, han sido creadas por sus autores con la perspectiva de su publicación en papel. En efecto, la unidad mínima de un libro –la página– desaparece en la continuidad del libro digital, absorbida por el flujo del texto electrónico, cuyos límites son mucho más imprecisos. Esa pérdida de la condición tangible y sensorial de la página y el consiguiente debilitamiento de la conciencia de la materialidad y finitud del libro es uno de los obstáculos que más me ha costado superar en mi lectura de la biografía de Pío Baroja. Digamos que con cierta frecuencia me he encontrado incómodo, como si estuviera flotando en un universo de gran amplitud, pero al mismo tiempo con la vertiginosa sensación de quien carece de límites a los que ceñir su recorrido.

En compensación de estas objeciones, soy plenamente consciente de que los libros digitales y sus lectores electrónicos tienen virtudes indiscutibles: apenas ocupan espacio –para quienes tenemos la casa inundada de libros esa ventaja es casi una necesidad–, garantizan búsquedas muy eficientes, permiten utilizar el siempre asombroso mecanismo de los hipervínculos, facilitan la realización de anotaciones –una tarea que con los métodos tradicionales, es decir, el papel y el lápiz, o las más modernas grabadoras de voz, casi siempre resultaba engorrosa–, se pueden someter a los más variados procedimientos informáticos de recuperación y análisis de la información y, a través de las plataformas y redes que los distribuyen, favorecen la difusión de la información y la construcción del conocimiento compartido. Con el libro de Mainer, apenas si he comenzado a explorar la parte emergida del iceberg de las posibilidades educativas y de ocio de los e-books –por ejemplo, ha sido toda una satisfacción poder leer en el iPad los párrafos que la biografía de Baroja dedica a la colaboración entre el compositor Pablo Sorozábal y el novelista en el libreto de Adiós a la bohemia, mientras escuchaba la música de la zarzuela en Spotify–, pero lo que he descubierto me ha gustado mucho.

Los libros digitales deberían tener también otras ventajas, derivadas de sus muy reducidos costes de producción y distribución y de la infinita ubicuidad que les otorga su naturaleza, asociada a los productos y servicios de la Red. He escrito “deberían tener”, con plena conciencia del valor hipotético de la perífrasis, porque lo cierto es que, al menos en el mercado español, esas ventajas no son tan indiscutibles como en otros. En efecto, uno de los efectos de la lectura del ensayo de Mainer ha sido el súbito despertar del “hambre de Baroja”, seguida por otra oleada de “hambre de e-books”. He querido satisfacer esas dos urgencias con la adquisición de varios libros digitales del novelista vasco y de otros escritores, tanto para mi Kindle Touch como para el Sony Reader de Pilar; sin embargo, mis deseos se han visto frustrados, en unos casos porque los títulos apetecidos no existían en español, y en otros porque su precio era desmedido. No pretendo que los datos que ofrezco a continuación tengan validez universal, pero creo que al menos sirven como indicio del atraso del mercado editorial en español en este ámbito:

  • Las editoriales españolas (y por tanto las tiendas de libros online) apenas se han ocupado de la obra de Pío Baroja en formato digital. En Amazon.es encontramos cinco e-books para el Kindle, que incluyen dos traducciones al inglés. En Casa del Libro, solo están disponibles el ensayo de Mainer y otro de mi paisano Miguel Sánchez-Ostiz. En Google Play he encontrado ocho e-books (incluyendo traducciones al inglés y al francés), cuatro en Fnac.es, dos en Grammata y otros dos en El Corte Inglés; por último, la representación de Baroja en Booquo, Leer-e, Mi eLibro y Luarna se reduce a un único título en cada una de las tiendas.
  • Hasta donde yo he podido comprobar, no existe la versión digital española de 22/11/63, la última novela de Stephen King (en cambio, no es nada difícil hallar ediciones digitales pirateadas). Quería hacerme con este libro no solo por haber recibido críticas muy elogiosas, sino por el hecho de que existe una versión ampliada de la obra, en soporte digital, que complementa el texto con material audiovisual muy interesante.
  • Tampoco he encontrado versiones digitales de dos gruesos volúmenes que el otro día vi reseñados en Babelia. Me refiero a La Segunda Guerra Mundial, de Antony Beevor y Se desataron todos los infiernos. Historia de la Segunda Guerra Mundial, de Max Hastings. Como ya he señalado en más de una ocasión en este blog, este gran enfrentamiento bélico es uno de mis temas favoritos, y por tanto me gustaría adquirir los libros que han publicado los dos historiadores británicos. Sin embargo, me asusta el espacio que esos dos volúmenes consumirán en nuestras cada vez más repletas estanterías.
  • Para el cuarto ejemplo quiero traer a colación a otro escritor ya mentado en La Bitácora del Tigre, el novelista inglés Robert Harris, de quien hasta la fecha he leído cuatro novelas (Patria, Enigma, Pompeya y El poder en la sombra). Como no hay quinto malo y sus críticas son excelentes, me he apresurado a consultar el precio de la versión digital de El índice del miedo. Los 14,24 euros que cuesta el e-book (frente a los 21,90 en papel) me parecen un tanto abusivos si se tiene en cuenta que en inglés cuesta menos de la mitad, 6,27 euros.

Con estos antecedentes, y otros tantos que podría invocar con un pequeño esfuerzo de memoria, no es extraño que los e-books se hayan convertido en terreno abonado para la práctica de la vieja y nada honorable tradición de la piratería. He hablado con amigos y conocidos que tienen Kindles, Sonys, Papyres y otros lectores de libros digitales, y todos se asombran de que un servidor se esfuerce en gastarse los cuartos en libros electrónicos, en vez de acudir a los repositorios especializados o a las redes P2P. Aunque me declaro firme partidario del principio de que los creadores reciban una legítima retribución por sus obras, no soy un iluso, así que he hecho caso de los buenos y no tan buenos amigos, y me he descargado unos cuantos e-books que me interesaban, no tanto con el propósito de leerlos (el tiempo, ay, es limitado) sino con la idea de hacer experimentos de conversión de formato, para comprobar si los libros digitales “gratuitos” son una tentación tan inevitable como aquellos afirman.

De nuevo no pretendo hacer pasar mi testimonio por dogma de fe, pero lo que he podido comprobar en mis pruebas y experimentos, bien armado con el Calibre y alguna utilidad para la conversión de formatos de libros digitales, es que los tesoros piratas deben gran parte de su fama a su carácter ilusorio y legendario. Entre leer un EPUB o un AZW (con sistemas de gestión digital de derechos o sin ellos, de momento eso me da igual), originalmente maquetado para ser leído en un dispositivo digital, y leer libros procedentes de fuentes non sanctas, convertidos y reconvertidos nadie sabe cuántas veces, media un abismo. Independientemente del dispositivo (he realizado mis pruebas en un Kindle Touch, un iPad, un Sony Reader PR-T1 y un Grammata Papyre), muchos libros piratas se leen con dificultades, no garantizan un buen resultado de las operaciones propias de los lectores digitales (por ejemplo, el cambio del tamaño de letra), y en general se muestran rebeldes e inconstantes. Evidentemente, no eliminan completamente la tentación del “gratis total”, pero a mi modo de ver la reducen en gran medida.

Terminaré este artículo con una coda melancólica. El otro día, al leer en el periódico las noticias de la polémica que se ha suscitado en Estados Unidos y otros países a causa de la condición no heredable de los contenidos digitales (véanse artículos como Su biblioteca digital morirá con usted y El fin de la cultura de los objetos), sobre los que no se pueden ejercer los actos a que da derecho toda propiedad –legar, vender, ceder, prestar, pignorar, enajenar–, me dio un vuelco el corazón. Eso de sentirme mero usuario condicionado y temporal de bienes que, a pesar de haber adquirido, no me pertenecen y sobre los que no puedo ejercer prácticamente ningún derecho, me descorazonó profundamente. Yo tenía el secreto y seguramente ilusorio anhelo de legar nuestra biblioteca a nuestros sobrinos, o a alguna noble institución que dispusiera de más espacio del que mis herederos habrán de tener a su alcance, y veo que la única alternativa para que unos u otra accedan a mis contenidos digitales es pasarles una larga y farragosa lista de nombres de usuario y contraseñas. La idea es morbosa, ya lo sé, pero también me da la sensación de que el futuro del negocio editorial se sustenta sobre premisas poco decorosas. Parafraseando al Andrés Hurtado de El árbol de la ciencia, ese modelo de negocio se me antoja una “cosa fea, turbia, dolorosa e indomable”.

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