Los lectores de este blog quizás no sepan que uno de los rasgos más evidentes de mi personalidad, que hace honor al carácter de mis paisanos y al de un bisabuelo aragonés de singular potencia genética, es la cabezonería. Que no se extrañen, pues, si les digo que en cuanto la ocasión ha sido propicia –tras la festividad de San Saturnino, patrón de la ciudad, hoy he cogido un día de puente– me he lanzado a cumplir el propósito que no pude realizar hace dos semanas. Esto es, ver la exposición Occidens, subir al campanario de la Catedral de Pamplona, donde la campana María exhibe su broncínea y musculada figura de más de diez toneladas, y tomar desde allí unas cuantas fotos.

Tras un par de días antológicamente horribles (la nieve que se ve en las fotos es un elocuente indicio de su crudeza), y en cumplimiento exacto de los pronósticos meteorológicos, el de hoy ha nacido luminoso y frío como un cuchillo de hielo. Por la calle, al sol, no se estaba del todo mal, pero el viento del último día de noviembre acechaba traidor en las umbrías, tras las esquinas, y desde luego en el campanario de la torre norte, hogar de la monumental campana pamplonesa. A pesar del cierzo, las vistas desde tan señero balcón eran extraordinarias; de no haber sido por las gélidas ráfagas que aullaban por entre los vanos de la torre, y porque el tiempo de la visita era limitado, quizás todavía estuviera allí, congelado en mi percha de fotógrafo aficionado, con el dedo índice engarfiado sobre el disparador y una sonrisa demente en la cara.

Una pena no haber disfrutado de una visita más larga para –por ejemplo– montar el teleobjetivo y hacer unos cuantos experimentos con distintos valores de exposición y apertura del diafragma. Como dijo el general Douglas MacArthur, “volveré”, seguramente con el trípode a cuestas; eso sí, lo dejaremos para cuando llegue el buen tiempo.

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