Me dirán ustedes que el suceso al que se refiere este artículo, y las fotografías que lo ilustran, tomadas en dos tandas con mi teléfono móvil, de vuelta del trabajo, no son más que un ejemplo nada insólito del fenómeno conocido como corrimiento de tierras. Me dirán también que el derrumbe del pasado jueves 14 de febrero era previsible tras las intensas precipitaciones que han caído sobre Navarra en las últimas semanas, hasta el punto de batir récords históricos. Y abonarán tales argumentos con el dato añadido de que este tramo del baluarte de Labrit, recorrido por profundas grietas y desde hace unos meses en proceso de restauración, era presa fácil para los elementos desatados.

Sí, todo eso es cierto, muy cierto, pero, qué quieren que les diga, el desplome de ese tramo de muralla (afortunadamente, no causó ninguna víctima y produjo escasos daños materiales, si hacemos abstracción de la ruina de la fortificación) adquiere a la dudosa luz de la actualidad un aire de metáfora o alegoría de los tiempos que nos ha tocado vivir: se quiebran las certidumbres, se agrietan las instituciones, ceden y se derrumban ideas y figuras sacrosantas, y la sociedad se agita con dolores que no sabemos aún si son de agonía o de parto.

Para ahondar en su sentido alegórico, y hasta un punto grotesco, me permito la osadía de interpretar el suceso en relación con otro que tuvo lugar hace menos de tres meses justo enfrente del lienzo de fortificación ahora caído, más allá de la pasarela que une con perfiles de herrumbroso metal las dos aceras de la cuesta del Labrit. A la sombra de los venerables paredones del Fortín de San Bartolomé, se produjo uno de esos episodios rocambolescos, turbios, y todavía no aclarados, de los que está repleta la política española de los últimos años.

Todo ello –el tiempo inclemente, el derrumbe de la muralla, la irrespirable e insidiosa actualidad– me trae a la memoria los cuartetos con que comienza el celebérrimo soneto de Francisco de Quevedo:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Algo o mucho del cansancio y del desengaño quevedesco aflige también al autor de este blog, quien a pesar de las esperanzas puestas en el año 2013, se ha visto afectado por una grave crisis familiar. Su consecuencia, a los efectos que aquí interesan, ha sido la falta de tiempo y, lo que es peor, de ganas de bloguear. Afortunadamente, parece que la familia va saliendo de la oscuridad del túnel; los días alargan, remite el frío, renacen el buen ánimo y el afán de escribir. Solo pido disponer de un poco de tiempo, y del siempre necesario sosiego, para persistir en las buenas costumbres blogueras.