Los pamploneses, y supongo que también los habitantes de otras ciudades de parecidas latitudes, estábamos hasta las narices del larguísimo invierno lluvioso, nevoso y ventoso que hemos padecido hasta hace poco. El hartazgo no era solo un motivo para socorridos chascarrillos y conversaciones de ascensor, ya que a lo largo de toda la geografía foral se han producido diversos fenómenos de cierta gravedad –deslizamientos de laderas y taludes, hundimiento de carreteras, inundaciones, incluso los llamativos y todavía discutidos episodios de hidrosismicidad acontecidos en la Cuenca de Pamplona-, todos ellos reveladores de que los seres humanos, el suelo y hasta la geología más profunda del territorio estaban hartos de lluvias y humedades.

A nadie puede extrañar, por tanto, que ante el primer fin de semana de buen tiempo primaveral (“el veranillo de las lilas”, creo que lo llaman), Pamplona se haya echado a la calle, haya llenado paseos, parques y terrazas, y se haya desprendido de los refajos y abrigos invernales. Es un gusto comprobar cómo la crisis y sus desgarros no han conseguido acabar con la alegría ciudadana y los paseos vespertinos por la Plaza del Castillo (eso que algunos llaman “el cuarto de estar de los pamploneses”), aunque también cabría señalar, con gesto un tanto cínico, que la costumbre del paseo por la ciudad es uno de los pocos entretenimientos que ni cuesta dinero, ni engorda, ni está mal visto por ninguno de los infinitos grupos y grupúsculos que incansablemente velan por nuestra salud moral.

A esa marea ciudadana contribuimos Pilar y yo el sábado, con un breve recorrido por la Plaza del Castillo y calles adyacentes, repletas de familias, bebés con ropa de día de fiesta, bulliciosas pandillas de chavales y chavalas, perros de todas las razas y tamaños, a menudo con una expresión ansiosa que de algún modo parecía expresar el alivio y alegría de sus dueños, charangas, fanfarres, grupos de bailes y hasta algún inesperado predicador, cuya voz se perdía, casi inaudible, entre el rugido de la multitud.

Parecía una tarde de verano. Corrijo: mejor que una tarde de verano, sin calores agobiantes y sin moscas. Las heladerías del centro de la ciudad se habrán quedado boquiabiertas ante un fenómeno del que yo no había sido testigo ni siquiera durante las aglomeraciones sanfermineras: colas de diez o quince metros en todos los mostradores, durante varias horas, como muestran las fotos que tomé con mi teléfono móvil. Es una buena oportunidad para el estudio de la sicología colectiva de los pamploneses, en la que parece haber despertado de repente una urgencia unánime por cumplir un rito de paso que acaso simbolice el cambio de temporada y la ruptura con los rigores invernales. Por supuesto, yo escogí una tarrina de limón, ácido y frutal; Pilar, que en lo tocante a helados disfruta de gustos más amplios que los míos, un cucurucho de tarta de queso con arándanos. Los dos estaban deliciosos.