Símbolo del tiempo que pasa, del eterno retorno, de la fortuna mudable, de la vida con todas sus vueltas y revueltas, la venerable y lenta noria legada por los árabes junto con sus regadíos y sus fuentes rumorosas, esa rueda infinita recubierta por un oloroso verdín, que giraba uncida a un caballo ciego o a una pobre mula vieja, como en el poema de Antonio Machado, se ha convertido, como tantos objetos, tradiciones y costumbres del pasado, en una atracción de feria.

Afirman quienes saben de estos asuntos que la que se acaba de instalar en el Parque de Antoniutti de Pamplona es la mayor noria desmontable de Europa. Aunque no lo fuera, impresiona la visión de su rueda colosal, soportada por pilares que, a pesar de sus titánicas dimensiones, tienen una gracilidad y elegancia sorprendentes. Esta tarde, tras un paseo muy agradable por la Vuelta del Castillo, en el primer día auténticamente veraniego de la temporada, no hemos podido resistirnos a la tentación de una breve y emocionante excursión aérea.

A cinco euros por entrada –que seguramente aumentarán en cuanto comiencen los sanfermines y se acumulen indígenas y foráneos ante las colas de la taquilla–, la experiencia de sobrevolar los árboles y los tejados de la ciudad, montados en una de sus cabinas iluminadas, climatizadas y con excelente visibilidad, ha merecido la pena. Ahora, de vuelta en casa, tras publicar este artículo, esperaremos a que gire la noria una vez más y la rueda de la fortuna premie la impecable ejecutoria de la selección de fútbol de España con una victoria sobre la canarinha.

Adenda del 22 de julio de 2013

Ni la Selección Española de fútbol ganó el partido que la enfrentó a su anfitriona brasileña –esta fue tan superior que habrían hecho falta muchos giros favorables de la fortuna para compensar la diferencia–, ni los precios de la noria se incrementaron astronómicamente con la llegada de los sanfermines. Así que, aprovechando la coincidencia con el castillo de fuegos artificiales que todas las noches de las fiestas se dispara a las once de la noche, desde los baluartes de la Ciudadela, Pilar y yo nos llevamos a las sobrinas a la noria y dimos media docena de vueltas en ella mientras a nuestro alrededor atronaban los artefactos pirotécnicos. Lo pasamos bomba, nunca mejor dicho que en esta ocasión.