Entradas de Eduardo Larequi

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Hace un par de semanas fuimos a la Valdorba, a recorrer la ruta de las iglesias y ermitas románicas que jalonan las diminutas localidades de esta comarca, cercana a la ciudad de Tafalla y al abrigo de la Sierra de Alaiz, que la separa de la Cuenca de Pamplona. Siento una pasión difícil de explicar por estas tierras de monte bajo, chaparros, viñas, olivos y cereal, que conforman un paisaje recio e intenso, seco en verano y muy agradecido para los sentidos en primavera y otoño. Parte de la familia de mi padre era oriunda de esta zona –mi abuelo Ángel Larequi Liberal nació cerca, en Muruarte de Reta- y debe ser cierto que la sangre se ve atraída misteriosamente por el terruño, porque a veces me parece como si los pueblos, los caminos y hasta la conformación de las lomas y los arroyos fueran parte de una historia personal y oculta, que ni yo mismo sé contar.

La colección de fotografías que aparece sobre estas líneas es fruto de esa excursión. Sus imágenes, alojadas en el álbum de Flickr que he creado a tal efecto, corresponden a tres templos románicos de singular belleza: la ermita de San Pedro ad Víncula de Echano en Olóriz, la ermita del Santo Cristo de Cataláin en Garínoain, y la iglesia de San Martín de Orísoain. Como las tres estaban cerradas, no pudimos acceder al interior de los templos (si estuviera aquí Pilar volvería a insistir en su cariñoso reproche: “no me preparas las excursiones”), y hubimos de conformarnos con el disfrute de sus hermosas proporciones, de sus portadas y capiteles, y sobre todo de la impresionante colección de canecillos –con figuras humanas, animales y de seres fantásticos- que adornan la parte superior de los muros. Toda una exhibición de la pericia, la inventiva y el humor irónico de los canteros medievales, que parecen hablarnos en una lengua hermosa y antigua, quizás imposible de entender, pero siempre conmovedora.

Memento mori

He tomado esta fotografía esta misma tarde, en una visita a la capilla de Sancti Spiritus, también conocida como “Silo de Carlomagno”, en Roncesvalles, adonde hemos acudido tras comer con toda la familia en Burguete, con ocasión de la celebración del cumpleaños de Pilar. Había visitado muchas veces este lugar emblemático del Camino de Santiago y de la historia de Navarra, a veces con buen tiempo y casi siempre con frío, niebla, lluvia o nieve, pero nunca había tenido oportunidad de conocer el museo –que entre otros tesoros guarda una gran esmeralda, se supone que arrebatada al califa almohade Muhammad An-Nasir, “Miramamolín el Verde”, por el hercúleo Sancho el Fuerte, en la batalla de Las Navas de Tolosa, un episodio convertido desde hace siglos en inspiración legendaria de los motivos heráldicos del escudo de Navarra–, ni tampoco esta curiosa edificación del siglo XII, que según la leyenda fue la última morada de los restos de Roldán y los caballeros francos derrotados en la batalla de Roncesvalles.

Osario del Silo de Carlomagno, Roncesvalles

Osario del Silo de Carlomagno, Roncesvalles

El Silo de Carlomagno –el más antiguo de los edificios del complejo monumental- es hoy un cementerio en el que las estelas funerarias discoideas, típicas de muchos enterramientos del norte de Navarra y el País Vasco, presiden las tumbas de los habitantes de la localidad, pero en sus subterráneos se acumulan muchos restos óseos de orígenes diversos. Mis sobrinos, que han disfrutado muchísimo de la visita, se han quedado impresionados al verlos, y me han preguntado una y otra vez de quién fueron estas osamentas. Yo no he sabido muy bien qué decirles, pues también a mí me embargaba una rara emoción. Quizás en este confuso montón yagan los huesos del osado Roldán, emblema de cortesía y flor de los caballeros carolingios, pero lo más probable es que estas mondas calaveras correspondan a gentes más humildes: los peregrinos de los tiempos heroicos, cuando en los espesos bosques de la comarca moraban bandidos y lobos y el paso de los Pirineos era una hazaña que a veces se pagaba con la enfermedad y la muerte, y los de religiosos, monjes y hombres y mujeres anónimos que vivieron en estas tierras frías y lluviosas a lo largo del correr de los siglos. Descansen todos en paz.

De esa mina inagotable de recursos y buenas ideas que es Ayuda WordPress obtuve el otro día el impulso necesario para probar a fondo el plugin Sociable, que en más de una ocasión había ensayado con resultados poco satisfactorios. Desde que limpié a fondo el blog, operación en la que eliminé la extensión Share This, echaba de menos alguna de esas herramientas que ayudan a los visitantes a compartir sus artículos favoritos en las redes sociales, y de aquí que me esforzara en superar las dificultades que en su día encontré.

La verdad es que los obstáculos sólo tenían que ver con el aspecto gráfico de los iconos, porque tanto la instalación como la configuración del plugin Sociable no presentan el más mínimo problema. Pero había varios detalles –el espaciado vertical ente la leyenda “Compartir” y los iconos identificadores de los servicios de marcadores sociales, el tamaño y el color de la fuente de dicho texto, y los efectos de subrayado y el “hover” sobre las imágenes, propios del tema Tarski- que se me atragantaron la primera vez que probé el plugin.

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El secreto de sus ojos

Cartel de la películaTodas las películas de Juan José Campanella que he tenido ocasión de ver a lo largo de los años -El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia, Luna de Avellaneda- me han gustado mucho. El secreto de sus ojos, a cuya proyección asistí hace unos días, no es ninguna excepción, y de hecho me atrevo a considerarlo como el más acabado y redondo de los largometrajes del director argentino y el que habrá de dejar en la memoria de los espectadores una huella más perdurable. Tiene el aroma y la textura de los clásicos, gracias a una sabiamente medida combinación de temas universales –la pasión amorosa a duras penas contenida, la amistad que sobrevive a las dificultades y las flaquezas cotidianas, un odio tan profundo y denso como la propia vida, el eco de terribles sucesos históricos marcados por la violencia y la injusticia-, a su excelente plantel de actores y a una realización muy poderosa, de gran riqueza formal, extraordinariamente expresiva en algunas de sus mejores secuencias.

Aunque la historia transcurre por derroteros bien conocidos por cualquier aficionado al cine contemporáneo –la trama, con evidentes tonos de thriller, se desarrolla en torno a la obsesión de Benjamín Espósito, oficial de un juzgado bonaerense, por el caso de la violación y asesinato de una joven maestra, crimen sobre el que no deja de hacer averiguaciones a lo largo de una carrera de más de veinticinco años-, Campanella sabe presentarla al espectador desde una perspectiva que tiene el indiscutible encanto de lo contado con verdad y convicción. En este sentido, hay una frase del guión, puesta en boca de un compañero de Espósito, el inefable Sandoval –si no la recuerdo mal, algo así como “uno puede cambiar de aspecto, de vida, de religión, hasta de Dios, pero no puede cambiar de pasión”-, que resulta esencial para entender la película, no sólo porque proporciona a los protagonistas una pista para la resolución del crimen, sino también porque ofrece la clave que a mi modo de ver mejor explica la fascinación que ejerce esta película sobre los espectadores: que está contada con pasión, que propone una verdad acaso no del todo coincidente con los acontecimientos reales y los hechos constatados en las resoluciones judiciales, pero desde luego muy convincente desde el punto de vista de las emociones y los sentimientos.

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Las cifras que acabo de escribir en el título de esta entrada corresponden, respectivamente, a la longitud máxima de los gorjeos de Twitter y a la del último artículo publicado en La Bitácora del Tigre, que fue la reseña de Malditos bastardos, de Quentin Tarantino. El porqué del título es algo más complicado de explicar, y tiene que ver con mi comportamiento bloguero en este mes de septiembre de 2009, uno de los más improductivos en la historia de la bitácora, con sólo cuatro entradas si se cuenta la presente.

Sobre las variadas razones del bajón en la productividad bloguera de los últimos tiempos ya he escrito en más de una ocasión. Algunas son de carácter estructural, y entre ellas hay que anotar la cantidad de tiempo y el esfuerzo que me lleva documentarme para las entradas más largas, o la competencia que me hago a mí mismo en el trabajo, donde continuamente estoy editando contenidos en media docena de gestores diferentes (y aseguro que esa especie de versión moderna del mito de Sísifo, obligado a escribir y reescribir artículos eternamente, puede llegar a cansar mucho). Otras son más ocasionales: la redacción de un artículo con pretensiones académicas, en el que uno se atasca y empantana, algunas adiciones recientes, como el de ver al final de la tarde dos o tres capítulos de esa serie incomparable que es Mad Men, etc.

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Los bastardos de Tarantino

Cartel de la películaAunque con reparos y matices sobre los que alguna vez he escrito, suelo disfrutar mucho con las películas de Quentin Tarantino. Por otra parte, no pierdo ocasión de leer los libros y ver las películas que tengan relación, por remota que sea, con la Segunda Guerra Mundial, y en especial con el desembarco de Normandía y la campaña de la liberación de Francia (ahora mismo estoy leyendo muy pausadamente, pues quiero que me dure mucho tiempo, un libro tan colosal como El día D. La batalla de Normandía, de Antony Beevor). Se entenderá, pues, que desde que tuve conocimiento del rodaje de Malditos bastardos (Inglourious basterds es su llamativo título original), estuviera deseando verla.

El propósito se cumplió el pasado viernes por la noche, en un cine abarrotado como en las grandes ocasiones y con un público entregado a un cineasta que, para lo bueno y para lo malo, es todo un emblema de la cultura popular. Curiosamente, ese entusiasmo no me pareció tan perceptible al final de la proyección como antes de que se apagaran las luces. Tal vez me engañan mis propias sensaciones, pero me dio la impresión de que la mayor parte de los espectadores salían del cine diciéndose a sí mismos o a sus acompañantes algo así como lo siguiente: “Tarantino en estado puro…”, aunque con un deje de reticencia en la voz.

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Hace bastante tiempo que no escribo una entrada de guasa en este blog –y hago esta advertencia por si alguien se toma en serio el título o el contenido de este artículo-, pero ayer por la tarde, al leer un tuiteo de Mudejarico, no pude resistirme a la tentación de volver sobre un tema que ya traté hace mucho tiempo (concretamente el 7 de julio y el 10 de agosto de 2006, es decir, hace una eternidad), el del valor económico de la bitácora. Entonces analicé el blog con la herramienta How Much Is Your Blog Worth, que lo cifraba en unos suculentos 22.017,06 dólares, y tras el gorjeo de Mudejarico lo he hecho con Cubestat.

Los resultados que ofrece este servicio no pueden ser más desalentadores: unos míseros 2.257,89 dólares, que aunque pueda parecer una cifra elevada en términos absolutos (yo no lo vendería aunque me ofrecieran veinte veces esa cifra) no lo es si se llevan a cabo los cálculos que todo buen gestor de las propias y ajenas finanzas se ve obligado a hacer de vez en cuando. En efecto, cualquiera que sea el sistema utilizado para calcular el valor de esa tarea hercúlea que es el cotidiano bloguear, el resultado es ruinoso, como se demuestra a continuación:

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Portada de la novelaLas primeras noticias sobre El nombre del viento, del escritor norteamericano Patrick Rotfhuss, me llegaron por algún periódico o revista que no consigo recordar con precisión. No les hice mucho caso, pero tras leer la reseña de Justo Navarro, no pude seguir permaneciendo indiferente a los muchos encantos que esta novela prometía. De hecho, la crítica de Navarro debió de ponerme los dientes muy largos, porque se publicó en El País el 1 de agosto, y el día 4 ya tenía el libro sobre la mesa de lectura, abriéndose paso a codazos para coger buen sitio en la cola de lecturas pendientes. No la comencé inmediatamente, ya que tenía varias obras pendientes de terminar, pero en cuanto tuve ocasión me lancé sobre la novela con ansias devoradoras.

Supongo que mis expectativas no sólo se debían a mi inveterada afición por las novelas de fantasía, sino también a los elogios del reseñista y los ditirambos de la promoción editorial. Sin ir más lejos, las solapas del libro mencionan a varios escritores que en diversos momentos de mi vida he leído con sumo placer: Ursula K. Le Guin, varias de cuyas novelas, comenzando por La mano izquierda de la oscuridad, me apasionaron; J.R.R. Tolkien, de quien me declaro devoto tras varias lecturas de El señor de los anillos; y George R.R. Martin, cuya descomunal serie novelística, Canción de hielo y fuego, ha sido tema de varias sabrosas conversaciones blogosféricas (aquí hay una, y aquí otra) entre el amigo Toni Solano y un servidor.

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Hace algunos días, el Prrofesor Potâchov comentaba en Twitter (lo siento, Néstor, pero no he encontrado la referencia exacta a tu gorjeo) cuán dura es la vida del traductor de temas o plantillas de WordPress. La afirmación de Néstor es indiscutible, y de hecho no sólo afecta a WordPress o a otros miembros de su familia, como WPMU, bbPress o BuddyPress, sino, en mayor o menor medida, a todos los gestores de contenidos con los que he tenido ocasión de trabajar: b2evolution, Drupal, FlatPress, Joomla!, Moodle, MyDMS, OTRS, etc. Incluso aunque los programadores de estas aplicaciones hagan bien su trabajo y la comunidad de usuarios de cada ámbito lingüístico, en este caso el español, proporcione versiones solventes al poco de publicarse las aplicaciones, abundan las traducciones incompletas, los calcos y falsos amigos, los errores clamorosos, las faltas de ortografía o puntuación, las incongruencias e inconsistencias, etc. Que el problema es arduo y va mucho más allá de las sutilezas para expertos o fundamentalistas de la corrección lingüística lo demuestra el excelente artículo de nv1962, en On the ever annoying issue of English-centric date formatting in default WordPress themes, que a pesar de su título en inglés está relacionado con los desafíos que la traducción de esta aplicación plantea a la comunidad hispanohablante.

Todavía menos satisfactorio es el panorama si prestamos atención a lo que podríamos llamar los márgenes de las aplicaciones, es decir, el conjunto de temas o plantillas, de plugins y extensiones que crece frondoso en torno a los programas de más éxito (en el caso de WordPress, unos y otros se cuentan por miles). A pesar de que las aplicaciones suelen tener normas muy claras para la “internacionalización” y “localización” de plantillas y extensiones (más adelante explicaré estos conceptos), y a pesar también de que se valen de sistemas perfectamente capaces y probados (véase, para el caso de WordPress, los artículos Installing WordPress in Your Language, I18n for WordPress Developers, y Translating WordPress), esas normas se incumplen sistemáticamente, con el resultado esperable de un gran porcentaje de sitios web (en el caso que nos ocupa, blogs) practicantes muy a su pesar de una especie de mezcolanza idiomática que supone para lectores y visitantes no sólo una funcionalidad disminuida, sino sobre todo una falta de respeto.

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Portada de la novelaTan popular como las novelas de zombis, pero seguramente unos cuantos peldaños por encima en su consideración cultural por parte del establishment literario (la comparación me permite enlazar con el final de la reseña múltiple que publiqué ayer, en la que trataba, entre otros, del libro de Max Brooks, Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi), es el género policíaco, que he cultivado durante las vacaciones en dos entregas consecutivas y en algún momento simultáneas: Los demonios de Berlín, del novelista español Ignacio del Valle, y Huye rápido, vete lejos, de la escritora francesa Fred Vargas. De la obra de Del Valle tuve conocimiento, como tantas otras veces, a partir de una reseña de Jacinto Antón, tan apasionada como la mayoría de las suyas y rotundamente elogiosa.

Mi valoración de la novela de Ignacio del Valle no es tan favorable como la del articulista de El País. Reconozco que el novelista ovetense escribe con fuerza, intensidad y convicción, y que su relato se lee sin desmayo, pero la trama se me antoja no sólo históricamente improbable –pues a su protagonista, un teniente español llamado Arturo Andrade Malvido, ex combatiente de la División Azul y luego enrolado en las últimas unidades de las Waffen SS empeñadas en la defensa de las ruinas de Berlín, se le asigna contra toda lógica la investigación del asesinato de un científico relacionado con el desarrollo del proyecto de la bomba atómica alemana– sino además con un incómodo regusto a cosa ya leída o vista en muchos libros y películas. En su comentario, Jacinto Antón cita, como no podía ser de otra manera, El hundimiento (y entre el libro de Del Valle y la película de Olivier Hirschbiegel hay escenas casi idénticas, como algunas de las que transcurren en el búnker de la cancillería del Reich, y especialmente las que tienen que ver con el fanatismo de Magda Goebbels), pero a mí también se me venían a la memoria pasajes, tipos o entonaciones de En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, Patria, de Robert Harris (otra novela que también reseñé brevemente en este blog), o incluso la versión cinematográfica de El buen alemán.

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