Artículos de Pilar Gavín

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Placer victoriano, placer veneciano

Algo que me gusta de los veranos es que, sin proponérmelo y sin especiales esfuerzos, descubro o redescubro algún pequeño placer relacionado con la lectura. El verano pasado fue Brooklyn Follies de Paul Auster, y hace unos cuantos quedé completamente atrapada por el crimen victoriano de Anne Perry, especialmente con la serie del inspector Thomas Pitt. En principio, me atrajo lo propio del género (el crimen, las pistas, los sospechosos), pero la trama, la investigación y el suspense no eran lo más atractivo. Y así empecé una relación afectiva con aquel Londres de finales del XIX, donde Pitt y su esposa Charlotte diseccionan pasiones, analizan almas atormentadas y denuncian el mal en sus múltiples facetas.

Agotadas las existencias de Anne Perry, he dado con otra serie, también del género policíaco, en principio muy distinta a la victoriana. He cambiado el Londres decimonónico por la Venecia contemporánea de Donna Leon, y a Pitt y Charlotte por Guido Brunetti y su esposa, Paola Falier. A primera vista, pudiera parecer que una serie y otra sólo tienen en común el género y el hecho de contar al frente de las investigaciones con un marido, que es el comisario o inspector encargado del caso, y la cónyuge respectiva, que colabora con agudeza y sutil ingenio en la resolución del misterio. Pero, a pesar de las diferencias, hay más similitudes.
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Cuatro meses en Cicely, Alaska

Hoy es un día grande en La Bitácora del Tigre. Pilar Gavín, a quien tantas veces he nombrado en el blog, se ha atrevido ¡por fin! a publicar una larga y sentida entrada sobre la serie Doctor en Alaska, que hemos visto los dos juntos, a lo largo de las últimas semanas (estoy intentando convencerla de que abra su propio blog, o al menos que colabore en el mío con una sección regular). No quiero aburrir a la audiencia de este blog con una extensa presentación. Sólo diré que Pilar es profesora de Lengua Castellana y Literatura en un colegio de Pamplona, en el que lleva veintitantos años bregando con inagotables generaciones de alumnos. Os podéis imaginar de qué hablamos cuando volvemos del trabajo.


Durante cuatro meses, aproximadamente, hemos compartido tantos buenos ratos con los personajes y las historias de la serie Doctor en Alaska que hablamos de ellos como si fuesen del círculo de íntimos. La hora de la cena se ha convertido en el momento cálido del día, cuando después de los avatares de la jornada viene el descanso y el reencuentro con la tranquilidad. El lugar mágico es Cicely, una pequeña ciudad en Alaska, de apenas 700 habitantes, adonde llega un joven médico, Joel Fleischman, “condenado” a trabajar allí para amortizar la beca que en su momento financió sus estudios de Medicina. Joel es un judío neoyorquino (de Manhattan, para más señas) maniático, escrupuloso, un tanto snob, que deja atrás una novia a la que adora. No es extraño que cuando la “condena” le hace entrar en contacto con la población variopinta y singular de Cicely se produzcan choques dignos de la mejor comedia moderna. Y es allí donde me hubiera gustado estar, capítulo a capítulo, con Joel y el resto de la fauna humana que desfila a lo largo de las seis temporadas y más de cien capítulos de la serie.

Confieso que la serie me trae inevitablemente a la memoria las vacaciones de la infancia y juventud en un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conocía, donde todo el mundo hablaba del vecino y donde, de vez en cuando, la llegada de alguien nuevo suponía una fuente inagotable de murmuraciones y expectación. Así que las historias y gentes de Cicely, su bar, su tienda, sus reuniones, sus problemas, sus fiestas, me han atrapado tanto que ahora el hueco de esos buenos ratos resulta difícil de llenar. Es la misma sensación triste (a mí me ha sobrevenido muchas veces) que deja tras sí el final de un buen libro.

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