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Henry Mancini, Mr. Lucky

Portada del discoEs sorprendente (y desde luego imperdonable) que a la sección de Podcasts de La Bitácora del Tigre no haya llegado todavía uno de mis compositores de bandas sonoras predilectos: Henry Mancini, el músico de las melodías de seda, el autor de temas elegantísimos y seductores, que parecen haber nacido para ser tarareados infinitamente, hasta el fin de los tiempos.

A Mancini le conoce hasta el más recalcitrante enemigo de la gran pantalla, gracias al tema principal de La pantera rosa, que originalmente fue una de las más afortunadas películas cómicas de un genio de la comedia como Blake Edwards (músico y cineasta trabajaron juntos en nada menos que 28 títulos), y que con el correr de los años se convirtió en santo y seña musical de una celebérrima serie de dibujos animados. En Pamplona lo conoce todo el mundo, aunque no sepa su nombre, porque en los tendidos de sol de la plaza de toros de San Fermín, durante las corridas, las fanfarres de las peñas suelen interpretar, siempre con gran efectismo y éxito garantizado, los compases iniciales de Peter Gunn (varias versiones del tema pueden escucharse en Radio.Blog.Club).

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Las 13 rosas

Cartel de la películaFui a ver Las 13 rosas, la reciente película de Emilio Martínez-Lázaro sobre las jóvenes fusiladas por la represión franquista poco después del término de la Guerra Civil, con el firme propósito de no dejarme conmover. Ya he señalado alguna vez en este blog que tengo la lágrima fácil y me emociono hasta con los anuncios de la radio, de modo que no lo hice por un prurito de impasibilidad o altanería. Más bien tuve presente una observación que más de una vez ha hecho Javier Marías, creo recordar que aplicada al cine español: al llevar este tipo de historias a la gran pantalla, sus productores juegan con ventaja, pues resulta imposible que el espectador no simpatice con los personajes y no apoye su causa.

Con todo, la película me conmovió. Es probable que su recuerdo no sea tan perdurable como lo pretende, pero durante algunos momentos me dejó transido de emoción y de angustia ante el trágico destino de sus protagonistas y lo injusto y cruel de su martirio. Y todo ello a pesar de un comienzo muy flojo, y de su innegable tendencia a abusar de los trucos (no sólo los sentimentales, inevitables hasta cierto punto) y a ceder a la tentación del recurso fácil. Mal comienza, en efecto, Las 13 rosas, pues arranca con unos títulos de crédito un tanto tramposos, que simulan fotos de época y que luego se revelan como planos extraídos de la película, sigue con un mitin del todo inverosímil (mal interpretado y rodado de forma muy desangelada), en el que llevan la voz cantante Virtudes y Carmen, dos de las protagonistas de la historia, y muestra a continuación unas escenas a campo abierto donde los figurantes que desfilan -la típica mezcolanza de falangistas, requetés y soldados regulares, todos ellos cantando el “Yo tenía un camarada”- parecen haber salido de la utilería diez minutos antes de marchar ante la cámara.

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Cartel de la películaA tenor de lo que vi el viernes en Invasión, cabe concluir que sí, que es probable que lo sea. La doctora Bennell, la distinguida psiquiatra a la que presta su longilínea percha la actriz australiana, es acosada, asediada, asaltada, golpeada y expuesta a toda clase de violencias y terrores, incluso le vomita encima su marido, en una secuencia que debería pasar a la historia del cine como una metáfora del machismo recalcitrante que se resiste a dejar paso a una “feminista posmoderna”, por utilizar la definición que de sí misma ofrece la protagonista en una secuencia clave del film. Y a pesar de todo, Nicole Kidman no pierde nunca el look impecable, de altísima e inabordable estatua de sal, que la caracteriza en sus últimas películas.

Que conste que yo no tengo nada contra ella, antes al contrario. A mí me gusta mucho, como actriz y como mujer, qué diablos, aunque tengo la impresión de que con el correr de los años se ha ido desnaturalizando, y perdiendo ese punto de turbia y elegante perversidad que la hacía tan atractiva en películas como Calma total, Malicia, Prácticamente magia y, sobre todo, Eyes Wide Shut. Convertida en uno de los últimos exponentes del glamour hollywoodense, cada vez se la ve más pluscuamperfecta, pero también más estirada, más fría. Además, por mucho que se esfuerce, la Kidman resulta rotundamente increíble en papeles de heroína de acción (en Invasión hay una secuencia delirante, cuando la doctora Bennell trata de huir de Baltimore, con el coche prácticamente enterrado por los cuerpos de los no-humanos que quieren hacer que se duerma y despierte convertida en una de ellos), especialmente cuando el guión trata de hacerlos compatibles con las funciones de madre-abnegada-pero-al-mismo-tiempo-profesional-intachable, como pretende la película de Oliver Hirschbiegel.

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Estoy acabando de redactar un artículo sobre propuestas de integración curricular de las Tecnologías de la Información y la Comunicación en el área de Lengua Castellana y Literatura; el artículo se me resiste (y por ello me he ausentado del blog en los últimos días), entre otras razones porque no me resulta fácil encontrar el tono justo para conciliar los aspectos propiamente curriculares con los inevitables detalles técnicos.

En fin, son neuras mías con las que no quiero aburrir a la concurrencia. Lo importante es que, mientras preparaba el artículo, me he vuelto a dar de bruces con un problema que he padecido alguna vez en mis carnes de profesor o ponente cuando he intentado acceder a un recurso que exige mucho de la conexión a Internet: por ejemplo, un vídeo en streaming o los más modestos (y ahora extendidísimos) vídeos en Flash. Ya sabemos por experiencia lo que ocurre cuando la conexión se atasca o no progresa a la velocidad adecuada: cortes, saltos, desesperación del docente y, seguramente, rechifla de los alumnos.

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Homenaje a Deborah Kerr

Era la actriz favorita de mi madre y supongo que, a consecuencia de una evidente proyección edípica, también una de mis intérpretes predilectas. Alta, pelirroja, de discreta y sutil hermosura, elegantísima siempre en su vestuario y en sus maneras, con una especie de tímida altivez muy característica y una voz preciosa, fue una intérprete extraordinaria, aunque con bastante mala suerte: nada menos que seis veces la nombraron candidata al Oscar como mejor actriz, pero nunca obtuvo la dorada estatuilla, hasta que en 1994 la Academia de Cine le concedió un Oscar honorífico en reconocimiento a su carrera.

Aunque no fuera una de las estrellas más rutilantes del firmamento hollywoodiense, Deborah Kerr mantuvo una trayectoria cinematográfica muy distinguida y de altísimo nivel. Trabajó con directores tan ilustres como el dúo Michael Powell-Emeric Pressburger, Alexander Korda, Jack Conway, George Cukor, Mervyn LeRoy, Joseph Leo Mankiewicz, Fred Zinnemann, Vincente Minnelli, John Houston, Leo McCarey, Otto Premigner, Delbert Mann, Anatole Litvak, Henry King, Stanley Donen o Elia Kazan. Y si se repasa su filmografía, con títulos como Mayor Barbara, Vida y muerte del coronel Blimp, Separación peligrosa, Narciso negro, Edward, mi hijo, Las minas del Rey Salomón, Quo Vadis, El prisionero de Zenda, Tempestad en Oriente, La esposa soñada, De aquí a la eternidad, La reina virgen, Julio César, Vivir un gran amor, El rey y yo, Los héroes también lloran, Té y simpatía, Sólo Dios lo sabe, Tú y yo, Mesas separadas, Buenos días tristeza, Rojo atardecer, Días sin vida, Tres vidas errantes, Página en blanco, Sombras de sospecha, Suspense (The Innocents), Mujer sin pasado, La noche de la iguana, Divorcio a la americana, Casino Royale, El ojo del diablo, Temerarios del aire, El compromiso, resulta francamente difícil encontrar entre sus más de cincuenta películas un título fallido o una producción de dudosa calidad.

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Cuanto más negra la baya, más dulce el jugo

Cartel de la películaEso es lo que significan los versos “The blacker the berry / the sweeter the juice”, vibrante y sugestivo estribillo de “Run And Tell That”, una de las canciones del musical Hairspray, del director Adam Shankman, que vi este jueves. El tema lo interpreta un grupo multitudinario de jóvenes negros, y en él se encuentra una afirmación entusiasta de negritud, como corresponde a una película que formula un vigoroso alegato en pro de la igualdad de las razas y el respeto a la diferencia, pero también el emblema del optimismo y la alegría de vivir que recorren de cabo a rabo este musical divertidísimo y regocijante.

Hairspray narra la historia de Tracy Turnblad, una estudiante bastante entrada en carnes (las alusiones al placer de la comida, muy evidentes en los dos versos que acabo de citar, aparecen continuamente en el film, y son fuente continua de comicidad), que anhela con toda su alma hacerse famosa a través del programa televisivo de baile de Corny Collins. La acción transcurre en 1962, en la ciudad norteamericana de Baltimore, una sociedad rígidamente compartimentada en clases sociales, y todavía más estrictamente separada por el color de la piel de sus habitantes. El show de Corny Collins, escaparate de música para jóvenes blancos que custodia con férreo control la directora del programa, Velma Von Tussle, sólo permite que los negros actúen un día por semana. Pero Tracy no entiende de fronteras musicales o raciales, que consigue derribar poco a poco, gracias a su propio entusiasmo y a la ayuda de su familia y amigos.

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Elogio de la amistad

Cartel de la películaConversaciones con mi jardinero, del director francés Jean Becker, es una película adorable, de la que el espectador sale henchido de entusiasmo por la vida en el campo, con ganas de liarse la manta a la cabeza, comprar una casita con un huerto y dedicarse a cultivar tomates, pimientos y lechugas, mientras se degusta una copa de buen vino, en buena compañía y mejor conversación.

Ésa es su principal virtud, la de un cine sincero, emotivo, simpático y entrañable, y también su principal y tal vez único defecto, porque la película es un canto a un modo de vida que seguramente ya no existe, o que sólo está al alcance de muy pocos. Quién puede permitirse, en efecto, hacer como el protagonista de esta historia: huir de la falsedad y él tráfago de la vida en la ciudad, volver al pueblo de la infancia y dedicarse a pintar en el jardín, mientras se charla de lo divino y lo humano con un jardinero que fue, para mayor coincidencia, el mejor amigo de los años mozos.

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Vikingos fantasmagóricos

Cartel de la película Nunca he pretendido ser un crítico severo e inmisericorde, más bien al contrario. Como no tengo otros compromisos que los que yo mismo me impongo, veo las películas que me apetecen y leo los libros que de ma la gana, así que generalmente estoy favorablemente predispuesto cuando me siento ante el ordenador para reseñar una obra literaria o cinematográfica. Ocurre con cierta frecuencia, sin embargo, que los buenos propósitos se ven truncados por un título al que es imposible encontrar méritos suficientes para salvarlo de la quema. En tales ocasiones, prefiero callarme la boca y ocuparme de otros temas.

Salvo cuando uno siente que le han robado la cartera o le han tomado el pelo, como me ocurrió ayer tras acabar la proyección de El guía del desfiladero, película del director alemán Marcus Nispel que se estrenó en las carteleras cinematográficas españolas hace apenas dos semanas. Para no andarme por las ramas, diré que El guía del desfiladero es una película francamente mala, más aún si se compara con el título homónimo del noruego Nils Gaup, que gozó de cierta fama a finales de los años ochenta (se estrenó en 1987), y al cual esta producción norteamericana se remite en calidad de versión o remake.

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Portada del discoLa filmografía de John Ford abunda en películas inolvidables en todos y en cada uno de sus elementos: argumento, personajes, escenarios, fotografía, estructura narrativa… Cuesta cierto esfuerzo, sin embargo, recordar de entre tantas obras memorables alguna que destaque por su banda sonora, circunstancia que el propio Ford tal vez avaló inconscientemente con una de sus célebres boutades, a la que no le falta un sólido punto de razón: “No me gusta la música de las películas. Detesto ver a un hombre en el desierto muriéndose de sed con la orquesta de Filadelfia detrás de él” (citado por Joaquín R. Fernández en Breve historia de las bandas sonoras).

A la luz de una declaración semejante, sería fácil suponer que a Ford no le preocupaba especialmente la ambientación sonora de sus films. Suposición aventurada, claro está, que enseguida queda desmentida con la apabullante nómina de los compositores que colaboraron con el cineasta norteamericano: Max Steiner (La patrulla perdida, El delator, Centauros del desierto), Alfred Newman (El joven Lincoln, Las uvas de la ira, Qué verde era mi valle, La conquista del Oeste), Richard Hageman (El fugitivo, Fort Apache, Tres padrinos, La legión invencible), Victor Young (Río Grande, El hombre tranquilo, El sol siempre brilla en Kentucky), Franz Waxman (Escala en Hawai), Alex North (El gran combate) o Elmer Bernstein (Siete mujeres).

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Breve sociología del cine veraniego

Hace casi un año ya conté en este blog que entre mis muchas manías se cuenta la de ir al cine en las localidades que visito durante las vacaciones estivales, sobre todo si la sala de proyección pertenece a un cine provisional, de esos que se instalan en los sitios de veraneo y sólo funcionan dos o tres meses al año. Uno de mis recuerdos más entrañables de las vacaciones en familia, hace ya muchos años, en Laredo, Peñíscola, Piles, Cambrils o Salou, era precisamente el de los cines al aire libre, de sonoridad espantosa, incomodidades legendarias (he llegado a conocer alguna sala en la que las butacas de platea se complementaban con los asientos que el público llevaba consigo) y programación errática a más no poder.

No recuerdo casi ninguna de las películas que vi en tales circunstancias (bueno, sí, haciendo un esfuerzo de memoria consigo acordarme de una proyección antológica, creo que de Toro salvaje, de Martin Scorsese, que tuvo que interrumpirse a causa de un chubasco nocturno acompañado de poderoso aparato eléctrico; cuando acabó la tormenta, y una vez que los asistentes secamos los asientos, siguió la película, como si tal cosa), y me vienen a la cabeza imágenes confusas y entremezcladas de aquellas salas, patios y galpones, pero me gusta reivindicar desde las páginas de La Bitácora del Tigre el recuerdo de unas experiencias personales que son pura arqueología, o están a punto de convertirse en ella.

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