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El peligro del Gran Cotilla

Esta mañana me he dado de bruces, de pura chiripa, con una situación que me ha hecho pensar: una reseña que escribí hace veinte años y que versa sobre el libro de Amaro Soladana, La poesía de Eugenio de Nora, León, Institución “Fray Bernardino de Sahagún”, Excma. Diputación de León (CSIC), 1987 (se publicó en Anales de Literatura Española, VI, 1988, pp. 477-482) ha sido digitalizada e incluida en el sitio web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Es una de mis escasísimas incursiones en el terreno de la crítica de poesía (de hecho, la única) y un trabajo al que no tengo demasiada simpatía, dado que en las separatas no figura el ISBN, por lo cual la reseña carece de valor en los procesos administrativos a los que he concurrido desde entonces.

No traigo este suceso al blog para presumir de currículo (bueno, un poco sí), sino para propiciar una reflexión pública sobre el alcance de Internet en nuestras cotidianas existencias. Mi caso, aunque muy diferente y desde luego mucho menos problemático, enlaza con la reciente declaración de la Agencia de Protección de Datos, la cual acaba de dar la razón a un profesor que se quejó de que Google había rastreado una sanción impuesta contra él en 2006 por una falta leve (un tanto chusca, por otra parte). La APD ha exigido al buscador que desactive el rastreo de ese incidente, señalando que la publicidad universal de la sanción atenta contra la dignidad del docente.

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Cartel de la películaEn las últimas semanas he visto dos películas basadas en novelas que me gustaron mucho cuando las leí: Soy leyenda, de Francis Lawrence, nueva versión de la novela homónima del autor norteamericano Richard Matheson, y Expiación: más allá de la pasión, de Joe Wright, adaptación de la obra del novelista inglés Ian McEwan. El hecho de que ambas adaptaciones mantengan el título original de las novelas es una de las pocas cosas que los dos films tienen en común, pues los presupuestos de los que han partido sus respectivos guionistas no pueden ser más distintos. Por cierto, me gustaría utilizar esta tribuna para protestar por el postizo cursi y ridículo que la distribuidora española ha añadido al hermosísimo título de las obras de McEwan y Wright, y que sólo puede explicarse como una muestra de desconfianza en la capacidad del público hispanohablante para entender el sentido del término. Que la industria cinematográfica española nos trate como idiotas es ofensivo (en el ámbito anglosajón no se ha hecho lo mismo, como puede verse en el cartel original, a pesar de que el sustantivo inglés “atonement” es tanto o más desacostumbrado que “expiación”), por mucho que un servidor, a la luz de su experiencia como docente, esté tentado de considerar que la mencionada suposición tiene bastante de verosímil.

Otro de los escasísimos elementos comunes a Soy leyenda y Expiación es la fructífera relación de los autores de ambas novelas con el cine. De la pluma de Matheson han salido muchos guiones para películas y series de televisión, pero también varias novelas y relatos que inspiraron títulos muy famosos: además de la citada Soy leyenda, que con la de Lawrence ha conocido tres versiones en la gran pantalla, se pueden citar films como El increíble hombre menguante, El diablo sobre ruedas o En algún lugar del tiempo; los aficionados harán bien en consultar a este respecto la página que dedica la IMDB a la actividad cinematográfica del escritor. Tampoco Ian McEwan es un recién llegado al séptimo arte, pues al menos cuatro de sus novelas se han llevado al cine (El placer del viajero, Amor perdurable, El jardín de cemento y El inocente), amén de varios relatos breves; por supuesto, la IMDB también dedica su correspondiente página a los avatares fílmicos de las obras del novelista inglés. Aunque las películas basadas en los textos de McEwan hayan tenido hasta la fecha una recepción más bien minoritaria, parece que con Atonement-Expiación se ha roto la tendencia, pues la cinta de Joe Wright ha tenido una acogida entusiasta (y a McEwan no la falló el olfato en este caso, pues ha participado en el rodaje del film en calidad de productor ejecutivo).

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Portada del libroAyer terminé una larga crítica de La carretera, la novela de Cormac McCarthy ganadora de la última edición del Premio Pulitzer para obras de ficción. Si todo va bien, mi trabajo se publicará en el próximo número de la revista Hélice, en la que colaboro con cierta regularidad y cuyos cinco primeros números (la aparición del sexto coincidió con alguna otra ocupación y no me dio tiempo a completar la correspondiente reseña), he comentado en este blog.

Como la crítica ya está comprometida, no sería correcto avanzar desde aquí su contenido. Sin embargo, quiero aprovechar la oportunidad para hacer una recomendación entusiasta a los habituales de La Bitácora del Tigre, sobre todo si son profesores, y todavía con más razón si son profesores de Lengua y Literatura: que lean La carretera, dos veces si es preciso (es un libro de poco más de doscientas páginas, de lectura fácil, aunque en ciertos momentos tan áspera y cruda que hay que hacer un alto y tomar aire) porque se trata de una obra literaria impresionante, de una expresividad y riqueza mayúsculas, destinada a convertirse en todo un clásico moderno.

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Vida y destino

Portada de la novelaAl pasado sábado terminé de leer las 1113 páginas de Vida y destino, la monumental novela del escritor ruso (en realidad ucraniano) y judío Vasili Grossman. A pesar de que transcurre en un escenario histórico que por diversos motivos me resulta muy querido y que he frecuentado a lo largo de los años (véase, por ejemplo, mi reseña de Stalingrado, de Antony Beevor), me ha costado bastante esfuerzo terminar el libro. Admito que en esta dificultad pueden haber influido mis malos hábitos, pues hace mucho que no leo una de esas novelas “totales”, al estilo de Guerra y paz, tantas veces comparada con la de Grossman. Por otra parte, soy muy consciente de que una obra de estas características no se puede abordar de cualquier manera, pues Vida y destino acoge de mala gana la mezcla con otras lecturas y exige del lector una atención y una disposición de ánimo que tal vez me ha faltado en ciertas ocasiones.

Con todo, creo que la de Grossman es una novela un tanto irregular. Es cierto que ello no disminuye en modo alguno su valor como testimonio, y que tampoco ha de afectar negativamente a la valoración de la novela desde la perspectiva de un historiador de la literatura, pero aunque sea indiscutible que la novela de Vasili Grossman contiene momentos sublimes, de una grandeza asombrosa y una intensidad emocional casi insoportable, también me parece evidente que en la inmensidad del relato (más de doscientos personajes y unos veinte escenarios distintos), hay algunos vacíos difíciles de llenar. Por ejemplo, las conexiones entre los personajes de esa enorme multitud literaria no siempre son tan sólidas como debieran, y la técnica narrativa, de una soltura y libertad admirables por muchos otros conceptos (no sé si la analogía estará un poco cogida por los pelos, pero me ha recordado al estilo de Baroja), puede llegar a causar cierto desconcierto en el lector.

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Portada del libroEn ese texto descomunal que es, por muchos y diversos motivos (longitud, variedad de escenarios y personajes, ambición narrativa, optimismo y fe en la condición humana a pesar de los desastres causados por la guerra y los totalitarismos), la novela Vida y destino de Vasili Grossman, hay un pasaje minúsculo, que me ha causado una vivísima impresión (se encuentra en el capítulo 17 de la segunda parte, página 523):

Los alemanes hablaban una lengua gutural cuya pronunciación no se parecía en nada a la de los profesores de los cursos de lenguas extranjeras. Katia se dio cuenta de que el gatito había abandonado su lecho. Tenía las patas traseras inmóviles, pero arrastrándose con las delanteras se apresuraba a llegar hasta donde estaba Katia.

Luego se detuvo, abrió y cerró la mandíbula varias veces. Katia intentó levantarle un párpado. “Está muerto”, pensó con repugnancia. De pronto, comprendió que el gato había pensado en ella al sentir próxima su muerte, que se había arrastrado hacia ella con el cuerpo medio paralizado… Puso el cuerpo en un agujero y lo cubrió con trozos de ladrillo.

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Borges. Una vida

Portada del libroLa Bitácora del Tigre se ha referido más de una vez, aunque fuera de refilón, a la obra de Jorge Luis Borges, uno de los escritores fundamentales en la narrativa hispanoamericana del siglo XX. La reiteración se explica porque Borges ha sido uno de los escritores que más han marcado mi experiencia como lector. Lo descubrí, en las ediciones del Libro de Bolsillo de Ficciones y El Aleph, cuando tenía quince o dieciséis años, y me abrió los ojos a un mundo de imaginaciones que ni siquiera hubiera concebido que pudieran existir. Más tarde dediqué mi tesina de licenciatura a sus cuentos fantásticos, sobre los que publiqué un par de artículos en revistas literarias.

Ahora que los profesores nos esforzamos tanto en orientar las lecturas de nuestros alumnos, me hace mucha gracia recordar mi propia experiencia con la literatura borgeana: nuestro profesor de lengua y literatura, Jesús Guergué (que ahora ejerce su ministerio en un colegio escolapio en Brasil; mi más cariñoso recuerdo a un sacerdote ejemplar, y al profesor que despertó, alentó y consolidó mi vocación por la literatura), nos había pedido que escogiéramos un escritor hispanoamericano que leer y presentar a los compañeros de clase, para lo cual había puesto a nuestra disposición una amplia bibliografía primaria y secundaria. Yo escogí, no sé muy bien por qué razones, a Borges, que no era precisamente santo de la devoción de Jesús (a lo mejor fue precisamente por eso; mis acciones de rebeldía adolescente tendían a ser poco convencionales), y me empeñé en completar el guión de mi exposición oral, frente a otros compañeros que se hicieron cargo de Cortázar, García Márquez o Carpentier, por entonces mucho mejor vistos en los ambientes progres que comenzábamos a frecuentar.

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Hélice 5

Portada de la revistaDice una máxima taurina, convertida en lugar común, que “no hay quinto malo”. La validez del proverbio la confirma plenamente este quinto número de la revista Hélice, como los anteriores disponible para sus lectores en un cómodo y coqueto PDF de 50 páginas, muy bien maquetado y editado. Cincuenta páginas no es cualquier cosa, y menos para una revista amateur (y conste que utilizo el término en su mejor sentido, el de una obra en la que resultan determinantes la voluntad y el entusiasmo de sus colaboradores). De hecho, el medio centenar de páginas es, en cierta medida, un indicio de una publicación que va ganando enteros y avanza decididamente hacia su madurez.

La sección titulada “Reflexión” incluye un extenso debate entre Fidel Insúa, que ostenta la representación de Hélice, y varios cultivadores del género, críticos y editores. Es, desde mi punto de vista, la pieza más sólida y de mayor mérito de todo el volumen. Bajo el título “Panorámica de la ciencia ficción en el mercado editorial actual”, la conversación comienza con las respuestas de Juan Miguel Aguilera, Santiago L. Moreno, Manuel de los Reyes, Eduardo Vaquerizo y Arturo Villarrubia a las siguientes preguntas: 1, ¿cómo ve el estado de la literatura de ciencia ficción actual?; 2, ¿existe una literatura de ciencia ficción en castellano con señas de identidad propias?; y 3, ¿cómo cree que evolucionará la ciencia ficción actual en el mercado editorial internacional en un futuro?

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Un Connolly discutible

Portada del libroDe las novelas policíacas de John Connolly publicadas en español he leído todas menos la segunda, El poder de las tinieblas, que por algún extraño motivo pasó a formar parte del montón de libros pendientes de leer que se apilan sobre mi mesa de trabajo. Y digo “extraño motivo” porque tanto Perfil asesino como El camino blanco y, sobre todo, Todo lo que muere me gustaron mucho. Por eso, en cuanto supe de la publicación de El ángel negro, la quinta y por el momento última novela traducida al español de la serie protagonizada por el detective Charlie Parker, alias “Bird” (falta por traducirse The Unquiet, que se publicó en la primavera de este año), me apresuré a comprarla.

La acabé anteayer, y lamento decir que me ha parecido decepcionante. Es, sin lugar a discusión, una novela con todos los ingredientes característicos de la narrativa de John Connolly -un protagonista atormentado y de moral ambigua, villanos que practican una violencia feroz y despiadada, escenarios oscuros, de una sordidez sin fisuras, una trama compleja que arranca de la búsqueda de una mujer desaparecida y asesinada, deliberados lazos de conexión con el resto de las novelas de la serie-, pero le falta el rasgo más interesante de las anteriores: la peculiar intensidad del relato, aquí disminuida por un planteamiento narrativo y por ciertos aspectos de la configuración de historia y personajes que, a mi modo de ver, resultan poco convincentes.

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Batallas decisivas

Portada del libroDesde los tiempos en que mi hermano José Ángel y yo nos dedicábamos a montar maquetas (y de eso hace casi un cuarto de siglo, hay que ver cómo pasa el tiempo), me aficioné a leer libros de historia militar. Los manuales sobre construcción de modelos a escala siempre hacían hincapié en la importancia de una buena documentación a la hora de ambientar las maquetas en sus correspondientes dioramas, y nosotros, que siempre fuimos chicos disciplinados, nos esforzamos en hacer caso de la recomendación.

La costumbre de leer sobre grandes acontecimientos bélicos sobrevivió al abandono de la afición por las maquetas, de la que sólo me queda la inevitable nostalgia y una fascinación casi infantil por ver escaparates, exposiciones y catálogos. Aunque he cultivado el interés por la polemología de forma más bien irregular, y desde luego poco sistemática, mi presencia en la web me ha dado más de una oportunidad de expresarlo por escrito: en Lengua en Secundaria publiqué el comentario de uno de los libros de historia militar más famosos de los últimos años, el espléndido Stalingrado de Antony Beevor, y en este blog reseñé también otro trabajo magnífico, el Por qué ganaron los aliados, de Richard Overy.

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1001 libros que hay que leer antes de morir

Portada del libroNormalmente no escribo reseñas de libros que no he leído en su totalidad, pero por una vez voy a hacer una excepción que seguro será bien comprendida por los lectores de La Bitácora del Tigre cuando sepan que el libro sobre el que voy a escribir a continuación es un recio volumen de 958 páginas. De título muy atractivo, 1001 libros que hay que leer antes de morir. Relatos e historias de todos los tiempos constituye una especie de compendio de narrativa universal (aunque con mayoría abrumadora de autores en lengua inglesa) cuya edición original, dirigida por Peter Boxall, se ha traducido al español en una adaptación dirigida por José-Carlos Mainer.

Es un libro espléndidamente editado, con una cubierta muy vistosa, multitud de ilustraciones, índices de utilidad indiscutible y una encuadernación capaz de soportar los esfuerzos que provoca el manejo de una pesada masa de papel de elevado gramaje. Era inevitable que semejante presentación haya sido repercutida sobre el precio de la obra (36 euros, si no recuerdo mal), pero a mi modo de ver el dinero invertido en su compra se justifica plenamente por la calidad y oportunidad del contenido.

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