Esta mañana me he dado de bruces, de pura chiripa, con una situación que me ha hecho pensar: una reseña que escribí hace veinte años y que versa sobre el libro de Amaro Soladana, La poesía de Eugenio de Nora, León, Institución “Fray Bernardino de Sahagún”, Excma. Diputación de León (CSIC), 1987 (se publicó en Anales de Literatura Española, VI, 1988, pp. 477-482) ha sido digitalizada e incluida en el sitio web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Es una de mis escasísimas incursiones en el terreno de la crítica de poesía (de hecho, la única) y un trabajo al que no tengo demasiada simpatía, dado que en las separatas no figura el ISBN, por lo cual la reseña carece de valor en los procesos administrativos a los que he concurrido desde entonces.
No traigo este suceso al blog para presumir de currículo (bueno, un poco sí), sino para propiciar una reflexión pública sobre el alcance de Internet en nuestras cotidianas existencias. Mi caso, aunque muy diferente y desde luego mucho menos problemático, enlaza con la reciente declaración de la Agencia de Protección de Datos, la cual acaba de dar la razón a un profesor que se quejó de que Google había rastreado una sanción impuesta contra él en 2006 por una falta leve (un tanto chusca, por otra parte). La APD ha exigido al buscador que desactive el rastreo de ese incidente, señalando que la publicidad universal de la sanción atenta contra la dignidad del docente.


En las últimas semanas he visto dos películas basadas en novelas que me gustaron mucho cuando las leí: Soy leyenda, de Francis Lawrence, nueva versión de la novela homónima del autor norteamericano
Ayer terminé una larga crítica de La carretera, la novela de
Al pasado sábado terminé de leer las 1113 páginas de Vida y destino, la monumental novela del escritor ruso (en realidad ucraniano) y judío Vasili Grossman. A pesar de que transcurre en un escenario histórico que por diversos motivos me resulta muy querido y que he frecuentado a lo largo de los años (véase, por ejemplo, mi
La Bitácora del Tigre se ha referido más de una vez, aunque fuera de refilón, a la obra de Jorge Luis Borges, uno de los escritores fundamentales en la narrativa hispanoamericana del siglo XX. La reiteración se explica porque Borges ha sido uno de los escritores que más han marcado mi experiencia como lector. Lo descubrí, en las ediciones del Libro de Bolsillo de Ficciones y El Aleph, cuando tenía quince o dieciséis años, y me abrió los ojos a un mundo de imaginaciones que ni siquiera hubiera concebido que pudieran existir. Más tarde dediqué mi tesina de licenciatura a sus cuentos fantásticos, sobre los que publiqué un par de artículos en revistas literarias.
Dice una máxima taurina, convertida en lugar común, que “no hay quinto malo”. La validez del proverbio la confirma plenamente este quinto número de la
De las novelas policíacas de John Connolly publicadas en español he leído todas menos la segunda, El poder de las tinieblas, que por algún extraño motivo pasó a formar parte del montón de libros pendientes de leer que se apilan sobre mi mesa de trabajo. Y digo “extraño motivo” porque tanto
Desde los tiempos en que mi hermano José Ángel y yo nos dedicábamos a montar maquetas (y de eso hace casi un cuarto de siglo, hay que ver cómo pasa el tiempo), me aficioné a leer libros de historia militar. Los manuales sobre construcción de modelos a escala siempre hacían hincapié en la importancia de una buena documentación a la hora de ambientar las maquetas en sus correspondientes dioramas, y nosotros, que siempre fuimos chicos disciplinados, nos esforzamos en hacer caso de la recomendación.
Normalmente no escribo reseñas de libros que no he leído en su totalidad, pero por una vez voy a hacer una excepción que seguro será bien comprendida por los lectores de La Bitácora del Tigre cuando sepan que el libro sobre el que voy a escribir a continuación es un recio volumen de 958 páginas. De título muy atractivo, 1001 libros que hay que leer antes de morir. Relatos e historias de todos los tiempos constituye una especie de compendio de narrativa universal (aunque con mayoría abrumadora de autores en lengua inglesa) cuya edición original, dirigida por Peter Boxall, se ha traducido al español en una adaptación dirigida por José-Carlos Mainer.



