Tigres en la bitácora

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Portada del libroEn ese texto descomunal que es, por muchos y diversos motivos (longitud, variedad de escenarios y personajes, ambición narrativa, optimismo y fe en la condición humana a pesar de los desastres causados por la guerra y los totalitarismos), la novela Vida y destino de Vasili Grossman, hay un pasaje minúsculo, que me ha causado una vivísima impresión (se encuentra en el capítulo 17 de la segunda parte, página 523):

Los alemanes hablaban una lengua gutural cuya pronunciación no se parecía en nada a la de los profesores de los cursos de lenguas extranjeras. Katia se dio cuenta de que el gatito había abandonado su lecho. Tenía las patas traseras inmóviles, pero arrastrándose con las delanteras se apresuraba a llegar hasta donde estaba Katia.

Luego se detuvo, abrió y cerró la mandíbula varias veces. Katia intentó levantarle un párpado. “Está muerto”, pensó con repugnancia. De pronto, comprendió que el gato había pensado en ella al sentir próxima su muerte, que se había arrastrado hacia ella con el cuerpo medio paralizado… Puso el cuerpo en un agujero y lo cubrió con trozos de ladrillo.

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Siguiendo la recomendación del Prrofesor Potâchov de Moldavia, acabo de crearme un favicono para La Bitácora del Tigre. El proceso es sencillísimo: se selecciona una imagen (o se crea una, pero para ello hace falta el talento artístico de Néstor, una de las muchas gracias que nunca quiso darme el cielo), se sube a Favicon.cc, y el servicio se encarga de convertirla en un coqueto favicon.ico, de 16 x 16 píxels.

Con el favicono ya subido al blog, me he puesto a la tarea de invocarlo desde el fichero header.php del tema de mi blog. Se suponía que con insertar la línea de código,

<link rel="shorcut icon" href="favicon.ico" />

el invento tenía que funcionar, pero lo cierto es que la aparición del favicono se me ha resistido durante algún rato.

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Qué verdad es que sólo se aprenden bien las cosas cuando es necesario enseñarlas a otros. He vuelto a recordar la universalidad de este principio al buscar entre los plugins para WordPress uno que permitiera a los alumnos del curso que estoy impartiendo en el C.P.R. de Logroño gestionar de forma sencilla y potente las imágenes que deben insertar en las entradas del blog, a fin de completar las actividades previstas para la penúltima sesión del curso, el próximo día 22 de marzo, jueves.

El complemento que he elegido ha sido el ImageManager 2.4.1, que ya conocía, pero al que no había prestado demasiada atención. Después de estudiar a conciencia todas sus posibilidades (que son muchas), lo he instalado en el blog Materiales para Lengua y Literatura y he escrito en torno a él una breve entrada. No repetiré aquí lo que ya está dicho en este blog-taller y en otros muchos sitios, pues el Image Manager es todo un clásico de los plugins para WordPress. Lo que sí puedo decir es que debía haberlo instalado mucho antes y que, después de haberlo probado será difícil que pueda prescindir de él.

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Tigres con FlickrCC

Aunque ya me había encontrado por ahí alguna referencia, ha sido la entrada que publicó ayer Aníbal de la Torre la que me ha animado a utilizar los servicios de FlickrCC, una aplicación que, a partir de las fotografías con licencias Creative Commons publicadas en Flickr, permite realizar una sencilla edición, que incluye la atribución de autoría.

Así que me he ido rápidamente a FlickrCC, he buscado una fotografía del emblema tigresco de la bitácora, le he añadido la atribución y, tras guardar el resultado y subirlo al blog, helo aquí.

Tigre echando la siesta

No hace falta subrayar la utilidad de estas aplicaciones web que hacen uso del API de Flickr: se acabaron el peregrinaje por la web en busca de fotos libres de derechos y la edición manual.

Después de un par de intentos frustrados por actualizar el tema Tarski de la bitácora a la versión 1.2 (sospecho de alguna incompatibilidad de plugins, pero el caso es que no he conseguido hacer carrera con él), acabo de enterarme por Planeta Educativo de la recomendación que hace Mario Núñez en DigiZen para lavar la cara al interfaz de administración de WordPress: se trata de instalar el plugin WP Tiger Administration, que reconstruye el backend de nuestro gestor de blogs favorito y le da un aire mucho más moderno y funcional.

Me ha faltado tiempo para atender la recomendación de Mario. De hecho, hace más de un año que instalé este plugin por primera vez, aunque no conseguí que funcionara bien. Ahora, en su versión 3.0, el complemento va como un tiro, aunque sólo es compatible con Firefox y Safari. Su creador, Steve Smith, advierte que, dado que Internet Explorer no cumple las especificaciones de CSS2, cuando se utiliza este navegador el plugin queda sin efecto, y el usuario vuelve al interfaz de administración original, lo cual es una solución muy elegante a los problemas de compatibilidad.

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El meme que convoqué el pasado día 22 ha tenido un seguimiento entusiasta. Robando horas a trabajos más importantes y productivos, a su bien ganado tiempo de ocio y a sus deberes familiares, mis colegas docentes nos han obsequiado con un verdadero huracán de inspiración poética. Poco puedo hacer para agradecerles su esfuerzo, salvo expresarlo por escrito, y ofrecerles a cambio un documento que recoge y ordena sus textos. Se puede descargar desde la página de Ripios, que he creado al efecto.

Aprovecho la oportunidad para advertir a los visitantes habituales de La Bitácora del Tigre que he desactivado provisionalmente (pero la desactivación puede que dure bastante tiempo) los plugins que muestran en la barra lateral mis colecciones de fotos de Flickr. En alguna de ellas hay fotos de niños pequeños cuya intimidad prefiero proteger hasta donde me sea posible (y eso que sus padres, con quienes he compartido un fin de semana maravilloso, me han dado permiso verbal para publicarlas). En todo caso, los conjuntos de fotografías que pueden verse sin restricciones siguen disponibles si se pulsa sobre el enlace Fotos, que aparece en la barra de enlaces a las páginas fijas, justo bajo los ojos del tigre.

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Ayer por la noche, los restos de la tormenta Gordon no me dejaban conciliar el sueño. El golpeteo de la lluvia en los cristales y el ruido de las persianas agitadas por el viento me ponían nervioso. Así que me levanté, tomé recado de escribir y me puse a cavilar, Pilot en la boca, sobre alguna entrada ligera y ocurrente para la bitácora.

Recordé mis hazañas versificadoras de otros tiempos (en Monzón, mi primer destino como profesor, me gané la atención y tal vez el respeto, de los alumnos, tras una jornada borrascosa, con un soneto que compuse para ellos), y decidí elaborar un breve poema sobre mi bitácora. Helo aquí, en sucesión de redondillas rematadas por una quintilla final, que es combinación clásica y de probados efectos.

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Figuritas

Las maquetas y miniaturas han sido una de mis pasiones de adolescencia y juventud. Mi hermano José Ángel y yo ahorrábamos la paga de los domingos para comprar maquetas, pinceles y pinturas, y nos pasamos días enteros de nuestros veranos sin salir de casa, entregados a la absorbente tarea de montar reproducciones a escala de tanques, aviones y barcos (estas últimas, las más difíciles) y de pintar figuritas de soldados de la Segunda Guerra Mundial y de las Guerras Napoleónicas. Todavía hoy me detengo en los escaparates de las jugueterías y las tiendas de regalos para mirar con arrobo las casas de muñecas, los grandes galeones en sus cajas atiborradas de piezas diminutas, y los dioramas fantásticos de los Warhammer.

Durante mucho tiempo tuve la estúpida convicción de que la nuestra había sido una afición un tanto vergonzante, hasta que descubrí, en las fotos de entrevistas con escritores como Javier Marías o Fernando Savater, que eso de colocar en las estanterías miniaturas diversas no es, en modo alguno, una extravagancia juvenil, sino una muestra de exquisitez y hasta de buen tono intelectual. Cuánto me reconfortó contemplar, mientras desfilaban por la pantalla los títulos de crédito de la versión cinematográfica de El alquimista impaciente, de Patricia Ferreira, al sargento Rubén Bevilacqua dedicado a la atenta y amorosa pintura de su colección de figuras militares (él era más selectivo que yo, pues sólo montaba y decoraba las reproducciones de soldados de ejércitos derrotados).

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Tigres de felpa

La sección felina de La Bitácora del Tigre concede hoy la palabra al reino de lo kitsch, representado por la imagen que figura tras el segundo párrafo de esta entrada. Es una foto tomada esta misma mañana, a eso de las 12,30, en un mercadillo levantado junto al Mercado Central de Abastos, en Cádiz.

En el reino heteróclito y confuso del zoco gaditano, las bellezas indudables de la Tacita de Plata –hoy, bajo un sol inclemente, apenas aliviado por el levante– se veían acompañadas de otras más dudosas: ejemplares atrasados de diversas publicaciones sicalípticas, candelabros oxidados, maletines llenos a rebosar de ropa que tal vez nunca estuvo de moda, herramientas melladas, desajustadas y roñosas, muebles por cuatro perras que los expertos en almonedas restaurarán algún día y pondrán por las nubes en las páginas del Vogue o el Cosmopolitan.

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Una tigresa para la bitácora

Hacía ya bastante tiempo que esta categoría andaba huérfana de novedades, porque, claro está, no todos los días se cruza uno con un tigre que se deje enjaular en ella.

El pasado domingo, durante una visita al Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, por fin cayó en mis redes un precioso ejemplar hembra del felino rayado (que es hembra no lo afirmo yo, sino los carteles explicativos del museo), capturado por la cámara fotográfica en el momento cumbre de su existencia: cuando se dispone a dar el golpe de gracia a una de sus presas, todavía más aterrada que ella.

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