Tigres en la bitácora

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“Como un rugido de tigre / es mi voz”, cantaba Jaime Urrutia, el líder de Gabinete Caligari. Tan potente como la del felino rayado quisiera que fuera la mía, la voz del Tigre, que con la presente entrada supera la barrera simbólica de los cien rugidos. Para celebrar el suceso, y rendir un modesto homenaje a Jaime Urrutia, Ferni Presas y Edi Calvo (por cierto, creo que el cantante de los Caligari estudió Filología Semítica, así que, de algún modo, somos colegas), aquí va el podcast de “Rugido de tigre” (Camino Soria, 1987), con esos inconfundibles teclados rugientes, que tanto me gustan.

Y, bien, ¿qué puedo decir tras ese número redondo, y después de casi un año de presencia en la Red, que se cumplirá el próximo día 10 de abril? Ante todo, y antes de entrar en pormenores, que lo de ser bloguero, o bloguista, o bitacorero, o bitacorista (como cada uno prefiera) es simple y llanamente adictivo. Yo siempre digo que desconfío de toda persona que no tenga un vicio visible; confieso que uno de los míos, además de las pipas de girasol, es la dedicación a la bitácora.

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Para hacer compañía a los felinos rayados de la Bitácora, he aquí el resto de los miembros de la familia felina, que se reparten sus respectivos nichos ecológicos por los armarios y estanterías de la casa. Desde sus elevadas atalayas, protegidos del acoso de mis sobrinos por las disuasorias cubiertas de las Obras completas de Borges y por las coloridas portadas de las novelas de crímenes de Agatha Christie, otean el horizonte.

  • Pantera de las nieves de pelucheHe aquí al más raro y menos conocido de los grandes felinos, el irbis, también llamado leopardo o pantera de las nieves. Habitante en estado salvaje de las montañas de Asia Central, éste llegó a casa, como casi todos sus parientes, tras el consabido safari nocturno por el recinto de la Feria, durante las Fiestas de San Fermín. Y aunque las noches de los sanfermines no son el mejor momento para realizar proezas de coordinación mano-ojo (todo el mundo puede suponer por qué), conseguimos rescatar a este hermoso ejemplar de su reclusión tras los cristales. Os aseguro que la hazaña tuvo su mérito, porque el brazo de la grúa casi no podía con su rollizo cuerpo.
  • León de pelucheAquí tenéis al Rey de la Selva, que paradójicamente es el más infeliz, o al menos el menos afortunado, de toda la familia. Un león achacoso y depauperado, lleno de petachos, con la melena sarnosa y una expresión en sus ojos como de haber sido abandonado por una larga sucesión de crueles domadores de circo. A diferencia de otros parientes más esquivos y antipáticos, nuestro pobre león agradece el afecto de los niños, a quienes solicita desde su guarida, con la muda elocuencia de sus ojos tristes, una suave caricia.

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No quiero pecar de inmodesto, pero al igual que a Jorge Luis Borges, a mí también me chiflan los tigres. Y dado que el felino rayado es el emblema de esta bitácora, no me resisto a incluir aquí dos fotos de algunos de los bibelots que adornan nuestras estanterías:

  • Simba, el tigre de pelucheAquí tenemos la cabeza de un tigre de peluche (alias “Simba”, ya sé que no es nada original), de esos que se consiguen en las barracas de feria derribando botes o arrojando pelotas de goma contra una diana. En su día el animalito estuvo a punto de costar un cisma en la familia, pues mis sobrinos querían que su padre (que tiene peor puntería que yo), les consiguiera otro igual. Cabe imaginar su decepción cuando las bolas fueron a estrellarse fuera del blanco.
  • Un tigre sin nombreEste otro tigre tan gracioso (tras la espalda hay un león, casi tan cuco como su primo, al que hace compañía), de pasta o de cerámica pintada, adorna la base de un artilugio de alambre que nos sirve para sostener fotos, post-its, papeles con anotaciones y ese tipo de cosas que suelen danzar por sobre las mesas y los muebles. De momento, no le hemos puesto nombre, pero todo llegará (se admiten sugerencias).

Prometo ir aumentando el zoo con nuevos ejemplares.

¿Quién es el Tigre?

Cartel taurinoAunque muchos no lo sepan, un servidor. El apodo es obra de mi cuñado, Óscar Agudo, experto en inmortalizar a personajes públicos y privados con motes geniales que acaban por hacer olvidar la verdadera identidad del aludido.

No sé muy bien por qué razón me lo puso…, aunque puedo imaginarlo. Lo cierto es que el mote era en origen un poco más largo: “El Tigre de Covaleda”, que suena a nombre artístico de torero o de campeón de lucha libre. Ya se ve que los siete largos (y fructíferos) cursos como profesor en el I.E.S. “Picos de Urbión”, de la localidad soriana de Covaleda, no pasaron en balde.

Aunque un poco escondido, por casa tengo un cartel que inmortaliza el apodo: me lo hizo un artesano anónimo, de manos febriles y conversación fascinante, en el Rastro de Madrid. La verdad es que queda chulo mi nombre artístico al lado de José Tomás y del Juli. Y además, qué cuernos, algo tengo de torero: dos arañazos por asta de vaquilla (uno en la tripa, el otro en la pierna derecha), y unas cuantas contusiones de cuando era capaz de vencer el miedo y correr en los encierros de San Fermín, hace más de veinte años.

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