Ciencia ficción

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Cartel de la películaLa película de James Cameron –y advierto a mis lectores habituales que lo que viene a continuación no pretende ser una reseña cinematográfica como tantas otras de La Bitácora del Tigre- ha sido tema casi obligado de mis conversaciones durante los últimos dos meses. Muchos amigos y conocidos me han pedido opinión antes de ir a verla –en encuentros personales, por correo electrónico, o a través de Twitter–, como si tuvieran cierta vergüenza por ceder a las tentaciones que la industria del cine de Hollywood ha puesto ante nuestros ojos con empuje prácticamente irresistible. A todos les he dicho más o menos lo mismo: que Avatar es una película entretenidísima a pesar de su mastodóntica duración, que las gafas para ver el RealD no son la cutrez de antaño y que podrán disfrutar como los proverbiales enanos que una vez fueron. A todos les he recomendado, además, que acudan al cine sin anteojeras ideológicas, sin afanes de trascendencia, con el exclusivo y sanísimo deseo de pasárselo bien.

Casi todos han salido de la proyección muy contentos (hasta donde yo sé, muy pocas personas se han mostrado abiertamente disconformes con la criatura de James Cameron), los ojos brillantes, las mejillas encendidas y la convicción de haber recuperado por unas horas las sensaciones que las buenas películas de la infancia les hacían vivir: el brillo de la aventura, las lecciones morales de una épica combativa en la que los buenos triunfan sobre los malos con derroche de heroísmo y una pizca de suerte, la belleza de las imágenes, la imaginación visual elevada a una potencia exacerbada. Pero, claro, ni ellos ni yo somos niños, y naturalmente todos nos hemos esforzado en poner cara de tipos serios y maduros, y plantear sesudos peros a la película: que el guión es flojo y la historia convencional, que la historia carece de personajes de entidad, que el final resulta inverosímil hasta decir basta, etc.

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Cartel de la películaLa narrativa del extraordinario novelista norteamericano Cormac McCarthy ha ocupado al menos en tres ocasiones la atención de este blog, en las correspondientes notas y reseñas sobre Meridiano de sangre, La carretera y No es país para viejos. Además, de su novela La carretera publiqué hace ahora algo más de dos años una larga crítica en el número 7 de la revista Hélice. Por todo ello se entenderá mi interés en cuanto tuve noticia de que se iba a realizar la correspondiente adaptación cinematográfica de la novela, y de que el director australiano John Hillcoat (prácticamente un desconocido para la mayoría de aficionados al séptimo arte) estaba al frente del proyecto.

Lo primero que supe de la película era que Viggo Mortensen iba a dar cuerpo al protagonista, el padre sin nombre que con tanta devoción y conmovedor sacrificio cuida de su hijo, y que la bellísima Charlize Theron se ocuparía de encarnar la figura, apenas esbozada y aun así terriblemente trágica, de la madre. Me parecieron, sobre todo la primera, selecciones muy atinadas, pues Viggo Mortensen ha encadenado en los últimos años una serie de actuaciones de gran intensidad y verismo, y Charlize Theron sabe dar a sus papeles dramáticos un tono de vulnerabilidad y enajenación que encaja perfectamente con la desesperada condición de su personaje en la novela. Por otra parte, no puedo ocultar que tenía ciertas prevenciones ante la adaptación, no sólo a causa de la breve ejecutoria de su director (por cierto, he podido comprobar hace poco que su western La propuesta, ambientado en el outback australiano, es un título más que recomendable), sino sobre todo porque el mundo que el novelista norteamericano construye en La carretera es de una aspereza y violencia casi insoportable, y porque no es fácil encontrar una adecuada correspondencia fílmica para el estilo literario de McCarthy, seco, despojado y elíptico, pero también extrañamente poético.

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Centro Virtual Leer.es Hace ya varias semanas que quería ocuparme en este blog del centro virtual Leer.es, de tanto interés para todos los docentes, en especial para quienes impartimos el área o materia de Lengua Castellana y Literatura, pero entre unas cosas y otras, se me estaba pasando el arroz. Así que aprovecho el hueco que me han dejado algunas tareas ya entregadas para encarecer la importancia de esta iniciativa del Ministerio de Educación, que destaca entre otras semejantes por el enfoque integral mediante el cual se aborda el objetivo del fomento de la lectura y de la competencia lectora, gracias a una organización del contenido en el que todas las instancias del sistema educativo –estudiantes, profesores, familias, instituciones autonómicas y municipales– están representadas.

Como ya ha pasado algún tiempo desde su aparición en la Red, no tiene mucho sentido realizar una reseña exhaustiva de este sitio web (por otra parte, ya las hay muy útiles, como la publicada por Aulablog), pero sí hacer hincapié en el hecho de que el portal, que hay que recorrer con calma y con mucha atención, atesora muchas sorpresas, como por ejemplo las que contiene la sección destinada a los docentes, en la que he encontrado materiales y recursos muy valiosos, como por ejemplo una Guía para mejorar y trabajar la comprensión durante la lectura del libro de texto en clase, de Emilio Sánchez Miguel, con versiones para Primaria y Secundaria, que no tiene desperdicio. Algunos recursos del portal, como el extraordinario juego léxico Cosmolema, al que me convocó hace poco Felipe Zayas (apenas si tenido tiempo para hacer otra cosa que encontrar el camino entre “cero” y “nada”, en tres palabras intermedias, pero prometo dedicarle más atención de aquí en adelante), merecerían por sí mismos no una, sino varias entradas de este blog.

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Portada de la novelaRecuerdo que hace más o menos año y medio, coincidiendo con la exposición que el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona dedicó al novelista británico J.G. Ballard, me reproché a mí mismo la escasa atención que había prestado a este excelente escritor, uno de los más originales y creativos de entre los que se han dedicado al género de la ciencia ficción. Hasta aquel momento sólo había leído de Ballard la novela Crash, que no me gustó demasiado, la colección de relatos titulada Fiebre de guerra, que en cambio me pareció fascinante, y algunos artículos y ensayos desperdigados por diversas antologías y volúmenes misceláneos.

Me hice de nuevo un reproche parecido hace pocos meses, con ocasión de la muerte del novelista –aunque ya sé que esta declaración carece de efectos exculpatorios, por entonces vi de nuevo, y debía de ser la tercera o cuarta vez, la extraordinaria adaptación cinematográfica que Steven Spielberg realizó de su novela autobiográfica El imperio del sol-, pero debo admitir que mi arrepentimiento no se perfeccionó con un propósito de enmienda efectivo, y que durante bastantes meses seguí sin dedicar a Ballard la atención que merece.

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Portada de la revistaLos aficionados a la literatura y el cine de ciencia ficción nos encontramos de enhorabuena, porque desde la semana pasada está disponible en la red el número 12 de la revista Hélice, dedicado precisamente a las no siempre fáciles y a menudo conflictivas y tensas relaciones entre textos literarios y cinematográficos pertenecientes al ámbito de la narración de ficción científica, ficción especulativa, prospectiva, o como cada cual prefiera denominar a dicho género.

Desde que apareció el número anterior, en enero de 2009, han pasado casi 10 meses, que suponen una cierta interrupción de la ya consolidada tradición de periodicidad de la revista (sé de buena tinta que los miembros de la Asociación Cultural Xatafi han estado entregados a proyectos que han consumido hasta la última gota de sus aparentemente inagotables energías). Sin embargo, no hay duda de que la espera ha merecido la pena, porque Hélice 12 es un número monumental, de 124 páginas, lo que prácticamente triplica la extensión habitual de la publicación.

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Portada de la novelaTan popular como las novelas de zombis, pero seguramente unos cuantos peldaños por encima en su consideración cultural por parte del establishment literario (la comparación me permite enlazar con el final de la reseña múltiple que publiqué ayer, en la que trataba, entre otros, del libro de Max Brooks, Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi), es el género policíaco, que he cultivado durante las vacaciones en dos entregas consecutivas y en algún momento simultáneas: Los demonios de Berlín, del novelista español Ignacio del Valle, y Huye rápido, vete lejos, de la escritora francesa Fred Vargas. De la obra de Del Valle tuve conocimiento, como tantas otras veces, a partir de una reseña de Jacinto Antón, tan apasionada como la mayoría de las suyas y rotundamente elogiosa.

Mi valoración de la novela de Ignacio del Valle no es tan favorable como la del articulista de El País. Reconozco que el novelista ovetense escribe con fuerza, intensidad y convicción, y que su relato se lee sin desmayo, pero la trama se me antoja no sólo históricamente improbable –pues a su protagonista, un teniente español llamado Arturo Andrade Malvido, ex combatiente de la División Azul y luego enrolado en las últimas unidades de las Waffen SS empeñadas en la defensa de las ruinas de Berlín, se le asigna contra toda lógica la investigación del asesinato de un científico relacionado con el desarrollo del proyecto de la bomba atómica alemana– sino además con un incómodo regusto a cosa ya leída o vista en muchos libros y películas. En su comentario, Jacinto Antón cita, como no podía ser de otra manera, El hundimiento (y entre el libro de Del Valle y la película de Olivier Hirschbiegel hay escenas casi idénticas, como algunas de las que transcurren en el búnker de la cancillería del Reich, y especialmente las que tienen que ver con el fanatismo de Magda Goebbels), pero a mí también se me venían a la memoria pasajes, tipos o entonaciones de En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, Patria, de Robert Harris (otra novela que también reseñé brevemente en este blog), o incluso la versión cinematográfica de El buen alemán.

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Como señala el título, ésta es la entrada número 600 del blog y la que hace el número 97 de entre las que he dedicado a una de mis aficiones más constantes, los libros y la literatura. Tal vez no lo parezca, si se atiende a mi producción habitual en los últimos tiempos, pero la de libros es la categoría que considero más representativa del auténtico espíritu de esta bitácora. Si no la pongo en práctica más regularmente es porque, como ya he señalado en más de una ocasión, cada vez me cuesta más tiempo y esfuerzo encontrar el estado de ánimo y la concentración adecuados. Soy, además, víctima de malos hábitos lectores, pues suelo leer varios libros a la vez, y raras veces tomo las notas imprescindibles para acometer la reseñas de los libros más largos o de más fuste, que requieren ideas bien asentadas y hasta cierto soporte documental.

Aprovecho el párrafo precedente, que no es más que una versión un tanto pedestre de la clásica captatio benevolentiae, para pedir de mis lectores una dosis de comprensión adicional. Habida cuenta de que estamos en verano, de que el calor y la galbana aprietan, les ruego que me permitan celebrar el sexcentésimo artículo del blog, y el nonagésimo séptimo de la categoría de libros, con un texto poco habitual, una suerte de reseña múltiple de los que he leído durante la temporada estival. Como el texto resultante ha resultado más largo de lo previsto, lo dividiré en dos artículos: éste y el que publicaré mañana, si mis planes no se tuercen.

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Más de una vez me he retratado en los sitios web en los que escribo (Lengua en Secundaria hasta hace un par de años, y más recientemente en este blog), como un seguidor apasionado, aunque algo vergonzante, del novelista y cineasta norteamericano Michael Crichton, que falleció el pasado día 4 de noviembre en Los Ángeles, a causa del cáncer, con apenas 66 años.

Lo primero que sentí al enterarme de su muerte fue aturdimiento y estupor. Su aspecto de atildado profesor universitario, su apostura (2,06 metros, según su ficha biográfica en la IMDB), sus maneras de intelectual educadísimo, su eterna juventud aparente, le hacían parecer invulnerable a los estragos del tiempo y de la edad. Sin embargo, incluso a Crichton le ha llegado, a edad relativamente temprana, la hora de la muerte, sin que los milagros de la ingeniería genética y la biotecnología, a los que dedicó algunas de sus mejores páginas y varias de entre sus películas más célebres, hayan podido librarle del acecho de la Parca.

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Cartel de la películaLa niebla, dirigida por Frank Darabont en la que constituye su tercera adaptación de los relatos breves de Stephen King, tras Cadena perpetua y La milla verde, es una película que todo buen aficionado al cine fantástico, de terror y de ciencia ficción no debe dejar de ver. La historia de un grupo de ciudadanos atrapados en un supermercado por una extraña niebla de la que emergen criaturas de pesadilla tiene todo el atractivo y el regustillo de las películas de serie B de antaño. Además, se trata de una película inteligente, muy bien contada, con un ritmo narrativo intenso y poderoso, pero en absoluto frenético. Nada que ver con esos filmes para públicos juveniles cuyo mayor atractivo es adivinar, a partir de sus primeras secuencias, quién de entre todos los personajes es el más cretino y por tanto candidato a ser devorado, destripado o descabezado en primer lugar.

En estricta aplicación de las normas del género, La niebla ofrece todo lo que los espectadores exigen a este tipo de historias: por supuesto, acción y sustos (y conviene destacar que hay unos cuantos muy consistentes), bien dosificadas muestras de sangre, violencia y sucesos repulsivos (qué secuencia tan impresionante la del hombretón barbudo que sale de la tienda con una cuerda atada a la cintura y regresa, arrastrado por sus compañeros, como un cadáver sin torso ni cabeza), una estructura narrativa articulada en torno al espacio claustrofóbico en el que conviven y disputan varios personajes, y las inevitables lecturas alegóricas o parabólicas.

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Portada de la revistaCon este séptimo número, recién salido de las prensas virtuales en que se ha imprimido (pues, como saben los aficionados, se distribuye en formato exclusivamente digital, en PDF), la revista Hélice cumple algo más de un año en la Red. Hélice ha sido fiel a su compromiso inicial de periodicidad -un número cada dos meses- y su trayectoria, cada vez más firme, se ve reconocida en la excelente acogida que cada nueva entrega merece entre los aficionados a la literatura fantástica y la ciencia ficción. En lo que a mí concierne, he de confesar que esperaba este número con ilusión muy especial, porque en él aparece una larga reseña de una de las novelas que más me han gustado en los últimos años: La carretera, de Cormac McCarthy, de la que ya traté brevemente en este blog, el pasado 15 de enero.

La sección de “Reflexión” de la revista comienza con un interesantísimo artículo de Juan Manuel Santiago sobre Alfred Bester, uno de los autores clásicos de la ciencia ficción de todos los tiempos. En realidad, el ensayo constituye una actualización o reedición revisada del texto que el propio Santiago publicó en la revista Gigamesh, con el título de “¡Bester, Bester!”, y que mereció el Premio Ignotus 2001 al mejor artículo de aquel año. No hay duda de que la calidad y rigor del estudio (uno de los mejores que hasta la fecha ha publicado Hélice), merece su reedición y la presencia destacada en esta séptima entrega de la revista.

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