Pilar y yo dedicamos la tarde de ayer a una sesión de cine y merendola en casa, con un menú destinado a sobrellevar los crudos calores de la estación: ensalada, sangría, fruta y galletitas saladas. El objetivo de tan suculento acompañamiento fue una película injustamente menospreciada: Matinée, de Joe Dante (imprescindible el detallado análisis del film en Revista Fantastique), un sentido homenaje a los clásicos del cine de ciencia ficción de los años 50 y 60, tan influido por el miedo a la bomba atómica y tan propicio a las alegorías, las lecturas ideológicas y la nostalgia.
Pues bien, en la película hay una escena –la novia del joven protagonista pega un respingo y se agarra espasmódicamente al brazo del chico ante la irrupción de Mant, una criatura monstruosa, mezcla de hombre y hormiga– que me hizo acordarme de una serie bloguera que comencé hace tiempo, de la que tengo seis u ocho borradores y que sin embargo no pasó de su primera entrega. Me refiero, claro está, a la serie de “anécdotas de un espectador cinematográfico”, iniciada con un artículo muy sabroso (en todos los sentidos de la palabra), que algunos fieles lectores de este blog probablemente recuerden, por sus detalles costumbristas y escatológicos.

Llevo unas cuantas semanas pensando seriamente en adherirme al distinguido gremio de los maqueros, y como suele ocurrir cuando uno tiene la mente ocupada por ideas obsesivas, la realidad parece conspirar para hacerle ver el motivo de su obsesión por todas partes, bajo toda clase de formas y disposiciones, en los momentos más obvios y en los más inesperados. Sin ir más lejos, en unas cuantas secuencias de Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres, la película del director danés Niels Arden Oplev, basada en el celebérrimo thriller del periodista y novelista sueco
Casi lo primero que se me ocurrió mientras veía la película de Laurent Cantet fue una reflexión bastante descorazonadora con respecto a la situación del cine español, que está hoy con el ánimo por las nubes tras el
Si usted, amable lector, amable lectora, se cuenta entre quienes acuden al cine de ciento a viento, y quiere apostar sobre seguro, no lo dude: deje ahora mismo todo lo que está haciendo, abríguese, salga de casa y vaya a ver Revolutionary Road, de Sam Mendes (sí, el mismo director de la inimitable e imitadísima American Beauty, de Camino a la perdición, de Jarhead). Todos esos títulos me gustaron (mucho los dos primeros, algo menos
La niebla, dirigida por Frank Darabont en la que constituye su tercera adaptación de los relatos breves de Stephen King, tras Cadena perpetua y La milla verde, es una película que todo buen aficionado al cine fantástico, de terror y de ciencia ficción no debe dejar de ver. La historia de un grupo de ciudadanos atrapados en un supermercado por una extraña niebla de la que emergen criaturas de pesadilla tiene todo el atractivo y el regustillo de las películas de serie B de antaño. Además, se trata de una película inteligente, muy bien contada, con un ritmo narrativo intenso y poderoso, pero en absoluto frenético. Nada que ver con esos filmes para públicos juveniles cuyo mayor atractivo es adivinar, a partir de sus primeras secuencias, quién de entre todos los personajes es el más cretino y por tanto candidato a ser devorado, destripado o descabezado en primer lugar.



