Casi lo primero que se me ocurrió mientras veía la película de Laurent Cantet fue una reflexión bastante descorazonadora con respecto a la situación del cine español, que está hoy con el ánimo por las nubes tras el Oscar de Penélope Cruz por su interpretación en Vicky Cristina Barcelona (por cierto, tal vez convendría precisar que a pesar del título, el escenario y la nacionalidad de algunos protagonistas, la película no es española, sino norteamericana, y bastante mala, además; la actuación de la actriz de Alcobendas es de lo poco que se puede salvar en ella): qué distinta toda la historia, por el planteamiento argumental, por el manejo de la estructura narrativa, por el tratamiento de los personajes y por su ambientación, de lo que habitualmente aparece en el cine o en la televisión españoles, tan dados al chiste fácil, la sal gorda y las simplificaciones abusivas, cuando no a la pura y simple falsificación de la realidad.
Porque se podrá estar más o menos de acuerdo con el punto de vista elegido por su director, con el actor elegido para encabezar el reparto (François Bégaudeau, profesor de instituto y autor del libro en el que está basada la película, que encarna al protagonista, el también profesor François Marin), con la puesta en escena, los encuadres y los movimientos de cámara, aspectos todos ellos que a mí no me acabaron de convencer, pero lo que no podrá negarse de ningún modo es que La clase constituye un relato sincero y emotivo, tan alejado de las pedagogías “oficiales” (porque no hay una sola) como de la visión complaciente que consiste en reiterar aquel viejo adagio de “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y desde luego capaz de retratar en toda su crudeza una realidad compleja, conflictiva e incluso amarga.

Si usted, amable lector, amable lectora, se cuenta entre quienes acuden al cine de ciento a viento, y quiere apostar sobre seguro, no lo dude: deje ahora mismo todo lo que está haciendo, abríguese, salga de casa y vaya a ver Revolutionary Road, de Sam Mendes (sí, el mismo director de la inimitable e imitadísima American Beauty, de Camino a la perdición, de Jarhead). Todos esos títulos me gustaron (mucho los dos primeros, algo menos
La niebla, dirigida por Frank Darabont en la que constituye su tercera adaptación de los relatos breves de Stephen King, tras Cadena perpetua y La milla verde, es una película que todo buen aficionado al cine fantástico, de terror y de ciencia ficción no debe dejar de ver. La historia de un grupo de ciudadanos atrapados en un supermercado por una extraña niebla de la que emergen criaturas de pesadilla tiene todo el atractivo y el regustillo de las películas de serie B de antaño. Además, se trata de una película inteligente, muy bien contada, con un ritmo narrativo intenso y poderoso, pero en absoluto frenético. Nada que ver con esos filmes para públicos juveniles cuyo mayor atractivo es adivinar, a partir de sus primeras secuencias, quién de entre todos los personajes es el más cretino y por tanto candidato a ser devorado, destripado o descabezado en primer lugar.
Aunque la cosecha cinematográfica del 2007 no haya sido precisamente memorable (el año ha resultado más bien flojo para el cine norteamericano, que además parece haberse olvidado de títulos tan interesantes como Deseo, peligro, de Ang Lee, o 



