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Cartel de la películaCasi lo primero que se me ocurrió mientras veía la película de Laurent Cantet fue una reflexión bastante descorazonadora con respecto a la situación del cine español, que está hoy con el ánimo por las nubes tras el Oscar de Penélope Cruz por su interpretación en Vicky Cristina Barcelona (por cierto, tal vez convendría precisar que a pesar del título, el escenario y la nacionalidad de algunos protagonistas, la película no es española, sino norteamericana, y bastante mala, además; la actuación de la actriz de Alcobendas es de lo poco que se puede salvar en ella): qué distinta toda la historia, por el planteamiento argumental, por el manejo de la estructura narrativa, por el tratamiento de los personajes y por su ambientación, de lo que habitualmente aparece en el cine o en la televisión españoles, tan dados al chiste fácil, la sal gorda y las simplificaciones abusivas, cuando no a la pura y simple falsificación de la realidad.

Porque se podrá estar más o menos de acuerdo con el punto de vista elegido por su director, con el actor elegido para encabezar el reparto (François Bégaudeau, profesor de instituto y autor del libro en el que está basada la película, que encarna al protagonista, el también profesor François Marin), con la puesta en escena, los encuadres y los movimientos de cámara, aspectos todos ellos que a mí no me acabaron de convencer, pero lo que no podrá negarse de ningún modo es que La clase constituye un relato sincero y emotivo, tan alejado de las pedagogías “oficiales” (porque no hay una sola) como de la visión complaciente que consiste en reiterar aquel viejo adagio de “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y desde luego capaz de retratar en toda su crudeza una realidad compleja, conflictiva e incluso amarga.

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Es probable que, tras leer el presente artículo, más de un lector considere que soy el campeón de la frivolidad y la inconsistencia, pero no me digan que la noticia que hoy publican varios medios de comunicación –el choque de dos submarinos nucleares armados con misiles intercontinentales, uno francés y otro británico, en las profundidades del Atlántico, y al parecer cerca de la Península Ibérica- no constituye el germen de un estupendo guión cinematográfico.

La noticia tiene todos los ingredientes de un thriller de los buenos: misterio (ya se sabe cuál es la terrible encomienda que guía el rumbo de esos modernos leviatanes, pero ¿por qué navegaban tan cerca uno de otro como para embestirse?), especulaciones tecnológicas (que no fueran capaces de detectarse mutuamente, ¿es una derrota o un triunfo de sus sofisticadísimos equipos de escucha y análisis de firmas sonoras?), intrigas políticas del más alto nivel y, por supuesto, la angustia y zozobra insuperables de uno de los subgéneros cinematográficos más queridos de los aficionados, el del cine de submarinos.

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Esta es la primera de lo que espero constituya una serie de anécdotas relacionadas con mi inveterada afición por el cine. Cuando miro hacia atrás y hago memoria de infancia y adolescencia, siempre me veo a mí mismo con un libro entre las manos o ante la gran pantalla. Sí, es verdad que he practicado, y en algún caso, todavía practico, otras aficiones –ir al monte, jugar al fútbol o al tenis, montar maquetas, hacer fotos, salir de viaje-, pero ninguna a la que haya dedicado tantas horas como al cine o a los libros. Son, claro está, aficiones sedentarias que difícilmente dan pie a un anecdotario jugoso (nada comparable con lo que podrían contar los alpinistas, los buceadores, los árbitros de fútbol o los ligones de playa y discoteca), pero rebuscando en los recuerdos puedo hallar historias curiosas, emocionantes o sorprendentes.

El primer relato de la serie, que me temo va a ser un poco escatológico, tiene que ver con el cine de los Escolapios de Pamplona, cuyo ambiente multitudinario y bullanguero he evocado más de una vez en La Bitácora del Tigre y en Lengua en Secundaria. Allí vi unas cuantas películas infumables, pero también clásicos imperecederos y desde luego muchos títulos que por un motivo u otro se me han quedado grabados en la memoria: Espartaco, Un hombre para la eternidad, El último hombre vivo, El oro de McKenna, La jungla en armas, Hatari… No era raro que las películas se cortaran o se quemaran, que la proyección se interrumpiera con un intermedio más largo de lo debido, o que subiera al escenario un cura de voz tonante que exigía a la jovencísima audiencia silencio y respeto, pero allí acudíamos todos los domingos mi hermano y yo, con la paga quemándonos en los bolsillos, entusiasmados con la idea de gastarla con las golosinas del Mesié, como llamábamos al señor que regentaba el puesto de chucherías ubicado en el foyer.

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Cartel de la películaSi usted, amable lector, amable lectora, se cuenta entre quienes acuden al cine de ciento a viento, y quiere apostar sobre seguro, no lo dude: deje ahora mismo todo lo que está haciendo, abríguese, salga de casa y vaya a ver Revolutionary Road, de Sam Mendes (sí, el mismo director de la inimitable e imitadísima American Beauty, de Camino a la perdición, de Jarhead). Todos esos títulos me gustaron (mucho los dos primeros, algo menos el tercero, que reseñé en este blog), pero nada que ver con la fortísima impresión que me ha producido esta cuarta película, para mi gusto la más redonda y completa del director inglés.

Echo de menos no verla mejor representada en la lista de filmes seleccionados para los Oscar 2009, pues sólo cuenta con candidaturas a los galardones al mejor actor de reparto (Michael Shannon, por un papel estupendo, pese a su brevedad), la mejor dirección artística y el mejor vestuario. Yo hubiera añadido al menos otros tres: mejor película y mejores protagonistas masculino y femenino, porque tanto Leonardo DiCaprio como Kate Winslet entregan dos de sus mejores interpretaciones de los últimos años. Sé que estos dos excelentes actores no lo tendrían nada fácil, porque los galardones están sumamente competidos y hay soberbios intérpretes en ambas categorías, pero no parece muy atinado haberlos excluido a ambos, habida cuenta de que Revolutionary Road debe gran parte de su altísimo nivel a las extraordinarias actuaciones de Winslet y DiCaprio.

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Como una especie de viaducto de Millau o hipérbole de las fiestas locales, el puente de la Constitución-Inmaculada se alarga en Navarra, por aquello de la singularidad foral, desde el día 3 de diciembre, fecha en la que se celebra en nuestra comunidad la fiesta de su patrón, San Francisco Javier, hasta el día 8. Son seis días en los que apetece salir de nuestras fronteras hacia climas más benignos, pues el tiempo atmosférico (al menos en Pamplona, ciudad que según el dicho local sólo tiene dos estaciones, el invierno y la de la RENFE) tiende a situarse por estas fechas en una estrecha franja cuyos límites son lo desagradable y lo francamente abominable.

En esta ocasión, Pilar y yo consagramos nuestro rumbo a Barcelona, donde esperábamos ver unos cuantos museos y pasear por la ciudad, con un pronóstico de al menos 13 grados Celsius y precipitaciones tendentes a cero. Curiosamente, el tiempo se comportó de acuerdo con las predicciones, y casi no hacía falta ponerse otras prendas que la camisa y un ligero sobretodo. Bueno, eso era lo que yo llevaba encima cuando salimos del hotel el día 3, a eso de las seis de la tarde, pero debo de tener el termostato mal ajustado, pues muchos barceloneses y barcelonesas caminaban por las calles embutidos en toda suerte de gabanes, bufandas y guantes. Ay, me dije, no sabéis lo que es el invierno de Pamplona.

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Cartel de la películaLa niebla, dirigida por Frank Darabont en la que constituye su tercera adaptación de los relatos breves de Stephen King, tras Cadena perpetua y La milla verde, es una película que todo buen aficionado al cine fantástico, de terror y de ciencia ficción no debe dejar de ver. La historia de un grupo de ciudadanos atrapados en un supermercado por una extraña niebla de la que emergen criaturas de pesadilla tiene todo el atractivo y el regustillo de las películas de serie B de antaño. Además, se trata de una película inteligente, muy bien contada, con un ritmo narrativo intenso y poderoso, pero en absoluto frenético. Nada que ver con esos filmes para públicos juveniles cuyo mayor atractivo es adivinar, a partir de sus primeras secuencias, quién de entre todos los personajes es el más cretino y por tanto candidato a ser devorado, destripado o descabezado en primer lugar.

En estricta aplicación de las normas del género, La niebla ofrece todo lo que los espectadores exigen a este tipo de historias: por supuesto, acción y sustos (y conviene destacar que hay unos cuantos muy consistentes), bien dosificadas muestras de sangre, violencia y sucesos repulsivos (qué secuencia tan impresionante la del hombretón barbudo que sale de la tienda con una cuerda atada a la cintura y regresa, arrastrado por sus compañeros, como un cadáver sin torso ni cabeza), una estructura narrativa articulada en torno al espacio claustrofóbico en el que conviven y disputan varios personajes, y las inevitables lecturas alegóricas o parabólicas.

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El viernes fuimos al cine a ver La boda de mi novia, una de esas comedias románticas que tanto nos gustan a Pilar y a mí. La película no es nada del otro jueves, pues no se aparta un milímetro del marco convencional y predecible de este tipo de historias, con su estructura mil veces repetida de chico-encuentra-chica, chico-pierde-chica, chico-recupera-chica. Con todo, se deja ver con agrado (el desfile de actores y actrices muy atractivos, encabezado por el telegénico Patrick Dempsey, ayuda lo suyo) y resulta entretenida y hasta por momentos graciosa.

Lo más interesante de La boda de mi novia, en cualquier caso, fue contemplar en la pantalla la última actuación de uno de los grandes de la cinematografía norteamericana de las últimas décadas: Sydney Pollack, director, actor, guionista, productor y hombre de cine en toda la extensión del término. A pesar de la enfermedad que ya minaba sus fuerzas cuando rodó las tres o cuatro secuencias en que interviene, Pollack está genial en su papel de padre del joven playboy al que da vida Patrick Dempsey. Su personaje, lúcido, vitalista, con un punto de jovial autoironía (hace falta mucho valor para hacer chistes a propósito de su propia salud), inunda la pantalla con una afirmación de optimismo y energía, y se come en todas y cada una de sus intervenciones al más bien soso Dempsey.

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Era uno de esos actores del cine norteamericano que todos los espectadores recuerdan, aunque no consigan acordarse de su nombre y apellido. No muy alto, muy rubio, siempre recio y viril, con una singular apostura cuando vestía traje y sombrero, yo tengo en la memoria la imagen vivísima de Richard Widmark, protagonista de muchas tardes lluviosas de los sábados y los domingos, durante aquellos años en que la televisión en blanco y negro congregaba ante su escueta programación de dos canales a toda la familia.

Es obvio que Widmark no disfrutaba del glamour y la prestancia de otros actores del cine clásico de Hollywood, pero tampoco me cabe la menor duda de que poseía un carisma especial. Desde muy pequeño siempre me sorprendió el fuego que ardía en cada uno de sus gestos y miradas. Interpretara papeles de héroe o de villano, de soldado, aventurero, detective o médico, aquel fuego interno estaba siempre en sus actuaciones, agazapado y a la espera de inundar la pantalla con una explosión de rabia, de ira o de contenido y tenso dramatismo.

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The man himself, fotografía de NMCIL Ortiz Domney en Flickr, licencia By-Nc-Sa 2.0 Aunque la cosecha cinematográfica del 2007 no haya sido precisamente memorable (el año ha resultado más bien flojo para el cine norteamericano, que además parece haberse olvidado de títulos tan interesantes como Deseo, peligro, de Ang Lee, o Zodiac, de David Fincher), la inminente ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood , que se celebrará esta noche en el Teatro Kodak de Los Ángeles, constituye una buena oportunidad para ceder a la tentación frívola y mitómana. Vaya pues, a continuación, y como ya hice el año pasado, mi particular quiniela de los Oscar.

El premio a la mejor película es justamente el que me resulta más difícil de decidir. Sólo he visto cuatro de los cinco films que aspiran al galardón (Expiación, Juno, Michael Clayton, No es país para viejos y Pozos de ambición), pero a no ser que Juno sea una maravilla (es la que me falta del lote), yo no se lo daría a ninguna. Expiación me gustó bastante, pero no es la película redonda que uno quisiera premiar a ojos cerrados. Michael Clayton tiene un indudable interés, pero para comprobarlo el espectador ha de sobreponerse a una trama densa y plomiza, sobre todo en sus primeros cuarenta o cincuenta minutos. Por su parte, Pozos de ambición es una historia grandilocuente, inflada y desmedida hasta decir basta, a la que le cabe el dudoso mérito de albergar la banda sonora más insoportable de los últimos tiempos. Tampoco los hermanos Coen han dado del todo en el clavo con No es país para viejos; de todas formas, cuentan con todas mis simpatías (y con mi voto reticente), por si de algo les sirve en la competición.

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Si hay algo que me molesta cuando voy al cine (y voy muy a menudo, de modo que me molesta con frecuencia), es el famoso anuncio contra la piratería que se proyecta antes de comenzar la película. Pensaba que sólo lo ponían en los cines, pero acabo de comprobar que también forma parte de los DVDs; por ejemplo, de todos los que componen el paquete de la primera temporada de la serie Prison Break, que Pilar y yo llevamos algunos días disfrutando.

A quién se le habrá ocurrido la idea de incluir en los DVDs anuncios irreductibles al mando a distancia (el caso de la publicidad anti piratería no es el único, por cierto; en muchas colecciones de DVDs hay cortinillas que uno se tiene que tragar, velis nolis). Es un abuso sobre los consumidores y además una burla, pues justamente sólo padecen esta intrusión quienes compran el material audiovisual y no quienes lo piratean. Vale, ya sé que no soy un santo y que yo también participo de la fiesta del P2P, pero alguien tendría que advertir a las productoras y distribuidoras cinematográficas que con estas prácticas no se disuade a los consumidores de la práctica del pirateo. Más bien se alienta a ella, por vía del cabreo inducido.

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