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Portada del libroDurante mi reciente escapada sevillana terminé de leer la novela El secreto de sus ojos (éste es el título de la edición española de Alfaguara, porque el original de la edición argentina de 2005 era La pregunta de sus ojos), del escritor argentino Eduardo Sacheri. La cercanía entre la reseña que escribí acerca de la película de Juan José Campanella, y la lectura de la novela constituye una buena oportunidad para una breve reflexión sobre una de las constantes o reglas no escritas de la relación entre cine y literatura, la que afirma que de una gran novela no suele obtenerse una gran película, pero sí, y a menudo, de libros no especialmente memorables.

Con todos los respetos que a buen seguro merece la obra del novelista argentino (debo advertir que de ella sólo conozco el libro que acabo de citar, por lo que mis opiniones tienen una validez muy discutible), creo que ése es justamente el caso de la novela de Eduardo Sacheri, cuyo valor literario me parece más bien escaso, pero cuya adaptación cinematográfica –y hay que recordar que el guión es obra conjunta del novelista y del director del largometraje, Juan José Campanella- tiene un mérito indiscutible. Reconozco que en esta valoración puede haber influido el hecho de que hubiera visto la película antes de leer la novela, pues la configuración imaginativa que todo receptor se construye para sí mismo a partir de un texto de ficción –y en ello poco importa que sea literario o cinematográfico- está especialmente determinada por la forma inicial en que dicho texto se presenta.

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Portada de la novelaLas primeras noticias sobre El nombre del viento, del escritor norteamericano Patrick Rotfhuss, me llegaron por algún periódico o revista que no consigo recordar con precisión. No les hice mucho caso, pero tras leer la reseña de Justo Navarro, no pude seguir permaneciendo indiferente a los muchos encantos que esta novela prometía. De hecho, la crítica de Navarro debió de ponerme los dientes muy largos, porque se publicó en El País el 1 de agosto, y el día 4 ya tenía el libro sobre la mesa de lectura, abriéndose paso a codazos para coger buen sitio en la cola de lecturas pendientes. No la comencé inmediatamente, ya que tenía varias obras pendientes de terminar, pero en cuanto tuve ocasión me lancé sobre la novela con ansias devoradoras.

Supongo que mis expectativas no sólo se debían a mi inveterada afición por las novelas de fantasía, sino también a los elogios del reseñista y los ditirambos de la promoción editorial. Sin ir más lejos, las solapas del libro mencionan a varios escritores que en diversos momentos de mi vida he leído con sumo placer: Ursula K. Le Guin, varias de cuyas novelas, comenzando por La mano izquierda de la oscuridad, me apasionaron; J.R.R. Tolkien, de quien me declaro devoto tras varias lecturas de El señor de los anillos; y George R.R. Martin, cuya descomunal serie novelística, Canción de hielo y fuego, ha sido tema de varias sabrosas conversaciones blogosféricas (aquí hay una, y aquí otra) entre el amigo Toni Solano y un servidor.

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Portada de la novelaTan popular como las novelas de zombis, pero seguramente unos cuantos peldaños por encima en su consideración cultural por parte del establishment literario (la comparación me permite enlazar con el final de la reseña múltiple que publiqué ayer, en la que trataba, entre otros, del libro de Max Brooks, Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi), es el género policíaco, que he cultivado durante las vacaciones en dos entregas consecutivas y en algún momento simultáneas: Los demonios de Berlín, del novelista español Ignacio del Valle, y Huye rápido, vete lejos, de la escritora francesa Fred Vargas. De la obra de Del Valle tuve conocimiento, como tantas otras veces, a partir de una reseña de Jacinto Antón, tan apasionada como la mayoría de las suyas y rotundamente elogiosa.

Mi valoración de la novela de Ignacio del Valle no es tan favorable como la del articulista de El País. Reconozco que el novelista ovetense escribe con fuerza, intensidad y convicción, y que su relato se lee sin desmayo, pero la trama se me antoja no sólo históricamente improbable –pues a su protagonista, un teniente español llamado Arturo Andrade Malvido, ex combatiente de la División Azul y luego enrolado en las últimas unidades de las Waffen SS empeñadas en la defensa de las ruinas de Berlín, se le asigna contra toda lógica la investigación del asesinato de un científico relacionado con el desarrollo del proyecto de la bomba atómica alemana– sino además con un incómodo regusto a cosa ya leída o vista en muchos libros y películas. En su comentario, Jacinto Antón cita, como no podía ser de otra manera, El hundimiento (y entre el libro de Del Valle y la película de Olivier Hirschbiegel hay escenas casi idénticas, como algunas de las que transcurren en el búnker de la cancillería del Reich, y especialmente las que tienen que ver con el fanatismo de Magda Goebbels), pero a mí también se me venían a la memoria pasajes, tipos o entonaciones de En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, Patria, de Robert Harris (otra novela que también reseñé brevemente en este blog), o incluso la versión cinematográfica de El buen alemán.

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Como señala el título, ésta es la entrada número 600 del blog y la que hace el número 97 de entre las que he dedicado a una de mis aficiones más constantes, los libros y la literatura. Tal vez no lo parezca, si se atiende a mi producción habitual en los últimos tiempos, pero la de libros es la categoría que considero más representativa del auténtico espíritu de esta bitácora. Si no la pongo en práctica más regularmente es porque, como ya he señalado en más de una ocasión, cada vez me cuesta más tiempo y esfuerzo encontrar el estado de ánimo y la concentración adecuados. Soy, además, víctima de malos hábitos lectores, pues suelo leer varios libros a la vez, y raras veces tomo las notas imprescindibles para acometer la reseñas de los libros más largos o de más fuste, que requieren ideas bien asentadas y hasta cierto soporte documental.

Aprovecho el párrafo precedente, que no es más que una versión un tanto pedestre de la clásica captatio benevolentiae, para pedir de mis lectores una dosis de comprensión adicional. Habida cuenta de que estamos en verano, de que el calor y la galbana aprietan, les ruego que me permitan celebrar el sexcentésimo artículo del blog, y el nonagésimo séptimo de la categoría de libros, con un texto poco habitual, una suerte de reseña múltiple de los que he leído durante la temporada estival. Como el texto resultante ha resultado más largo de lo previsto, lo dividiré en dos artículos: éste y el que publicaré mañana, si mis planes no se tuercen.

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Portada del libroÉste es el título de un libro que acaba de ver la luz, y tan reciente que ni siquiera figura todavía en el catálogo de la editorial Octaedro. Lo traigo a colación a La Bitácora del Tigre porque un servidor figura en la nómina de sus autores, junto a Tíscar Lara, Felipe Zayas (que ha ejercido, y muy bien por cierto, las funciones de impulsor y coordinador de la publicación) y Néstor Alonso. A su lado, qué quieren que les diga, no sólo me siento muy honrado, sino también nervioso y azarado por la responsabilidad de salir en letras de molde en compañía de nombres tan prestigiosos.

Tiempo habrá para referencias más reposadas, para las críticas, siempre necesarias, y los elogios, en caso de que sean merecidos. De momento, y habida cuenta de que para este mes de julio que se desliza por la cuesta abajo mi cuota de autobombo está ya más que satisfecha, me limito a una transcripción objetiva del contenido del volumen, que se distribuye del siguiente modo:

  • Tíscar Lara: “Alfabetizar en la cultura digital”, pp. 9-38.
  • Felipe Zayas: “Escribir y leer en la Red: nuevas prácticas discursivas”, pp. 39-68.
  • Néstor Alonso Arrukero: “Blogs en la escuela. Una introducción al uso didáctico de las bitácoras en primaria”, pp. 69-95.
  • Eduardo Larequi: “Propuestas para la integración curricular de las TIC en el área de Lengua Castellana y Literatura” (pp. 97-173).

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Portada de la novelaLeyendo La sima, la última novela de José María Merino, me he visto en varias ocasiones dominado por una sensación de incomodidad de la que sólo he conseguido librarme casi al final del libro, cuyo desenlace, tan emotivo como esperanzador, se cuenta entre los mejores de toda la obra del escritor leonés. No era una sensación de extrañeza, pues los perfiles del mundo narrativo de Merino -la búsqueda de la identidad a través de la memoria, el regreso a los escenarios y las experiencias de la infancia, el lirismo en la descripción de los paisajes asociados a la memoria personal, la tendencia del personaje protagonista a la disolución y el anonadamiento en un tiempo no humano, que en otras novelas era el tiempo del sueño y en ésta el tiempo geológico de las rocas, brañas y espesuras de la montaña leonesa- son en La sima perfectamente reconocibles para cualquier lector que haya seguido la trayectoria narrativa del escritor.

No puedo aducir que me haya visto sorprendido, ni mucho menos defraudado, por la particular estructura narrativa de esta novela, con un narrador-protagonista que dirige su testimonio a tres narratarios diferentes y un contraste evidente entre el breve tiempo interno en que se despliega el relato y el larguísimo lapso del tiempo evocado, que tiene su centro de interés en la Primera Guerra Carlista y la Guerra Civil, pero que de hecho considera también episodios mucho más antiguos, como la Reconquista, la expulsión de los judíos, las guerras civiles entre pizarristas y almagristas en el Perú colonial y hasta los homínidos de Atapuerca. Finalmente, tampoco me he sentido decepcionado por la elaboración literaria del discurso narrativo, incluso a pesar de ciertos momentos en los que el discurrir de la historia se ve entorpecio por cierto prosaísmo o sequedad que no condice con el lirismo y la emoción tan característicos de gran parte de la narrativa meriniana.

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Portada de Los hombres de la guadaña El novelista irlandés John Connolly es un viejo conocido de esta bitácora. Desde que me encontré con sus obras por primera vez, sobre las estanterías de una librería de aeropuerto, en junio de 2006, no ha habido primavera o verano –la excepción fue el año pasado, cuando comencé a notar los síntomas de una extraña dolencia de sequedad reseñista, de la que parece que me voy reponiendo- en que no haya dedicado una entrada a su serie de novelas policíacas o criminales, hasta la fecha formada por Todo lo que muere, El poder de las tinieblas, Perfil asesino, El camino blanco, El ángel negro, Los atormentados, y la que acaba de publicar Tusquets en su colección “Andanzas”, Los hombres de la guadaña.

Lo más destacable para los aficionados a la serie de novelas protagonizadas por el ex detective privado Charlie Parker (aquí desposeído de su licencia y de su permiso de armas, y obligado a ganarse la vida como camarero en un bar de Portland) es que el autor ha cedido el protagonismo de la historia a Louis y Ángel, amigos, ayudantes de Parker y, seguramente, una de las parejas homosexuales más inquietantes y peligrosas de la historia de la literatura. Desde el punto de vista del argumento, pues, se podría decir que Los hombres de la guadaña constituye el reverso de la mayor parte de las novelas de la serie, puesto que en ella no son Louis y Ángel los que intervienen para ayudar a Parker, sino justo al revés; de hecho, el detective apenas aparece en la trama, salvo por alguna mención episódica y sólo hace acto de presencia en el último tramo –como suele ser habitual en sus novelas, una verdadera traca final de acciones hiperviolentas, contada con enorme brío- para ayudar a sus amigos en lo que parece una encerrona sin posible escape.

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Portada de Anatomía de un instante, de Javier CercasEn las últimas semanas se ha hablado mucho, y a menudo exageradamente, de Anatomía de un instante, el libro que hace algo más de un mes publicó Javier Cercas sobre el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. En algún otro lugar de este blog ya he confesado mi admiración por algunos de los protagonistas de este suceso, el ex-presidente del Gobierno español, Adolfo Suárez, y el que fuera su amigo y vicepresidente, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, lo cual explica que, en cuanto tuve noticia de la publicación del libro, me apresurara a comprarlo, y que lo leyera casi de un tirón.

En el prólogo confiesa Cercas que comenzó escribiendo una novela, aunque finalmente desistió de dar a la historia un tratamiento ficcional porque se dio cuenta de que en este caso la realidad disponía de una potencia significativa que ni siquiera la más poderosa construcción literaria podría igualar. Lo que ha finalmente ha entregado a la imprenta es en parte crónica o reportaje y en parte ensayo histórico, pero, fiel a sus orígenes novelísticos, sobre todo un intento de interpretación muy personal de los gestos que simbolizan la gallarda actitud de tres figuras señeras de aquel episodio: Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, por entonces secretario general del Partido Comunista de España. Como casi todo el mundo sabe y desde luego recordamos quienes tenemos edad suficiente para haber vivido en directo aquel suceso, Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo fueron los únicos tres representantes de la clase política española que no cedieron a la intimidación de los golpistas y que permanecieron en sus asientos, sin tirarse al suelo, a pesar de los insultos, las amenazas y los disparos.

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Portada de la novela Defensa cerrada, de Petros MárkarisAunque recuerdo haber leído muy por encima alguna reseña de sus obras, el primer testimonio directo, y muy elogioso, sobre la narrativa policíaca de la novelista francesa Fred Vargas lo escuché de labios de Lorenzo Silva, en una conferencia que impartió en Pamplona hace algo más de un año. Por cierto, también Silva animó a los asistentes a que leyéramos las novelas de Petros Márkaris, dos de las cuales –Defensa cerrada y El accionista mayoritario- me sirvieron para trabar contacto con la realidad griega; la primera, justo antes de mi viaje a Grecia, y la segunda justo después de volver.

Márkaris es un estupendo autor de novelas policíacas, que deleitará a todos los amantes del género y probablemente también a los recién llegados. Tal vez su fuerte no sea la resolución de las tramas (por ejemplo, Defensa cerrada termina de una manera no sólo inesperada, sino yo diría que “inesperable”, con la exigencia de una continuación, la novela Suicidio perfecto, que no he conseguido encontrar, porque al parecer está agotada; por su parte, al final del El accionista mayoritario hay algunas intervenciones que recuerdan a la figura del deus ex machina), pero a cambio ha creado con la figura de su detective, el teniente Kostas Jaritos, un personaje de referencia para los aficionados a la literatura policial, que sin duda agradecerán su retranca y sus juicios sentenciosos, su fidelidad al deber, a un Supermirafiori renqueante y a los gozos y las angustias de la vida familiar (en esto Jaritos se parece al comisario Brunetti y Márkaris a Donna Leon), sus curiosas costumbres, como la afición por la lexicografía (un rasgo que lo emparenta con el Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán, aunque la relación del detective barcelonés con los libros era más conflictiva y sarcástica) y su visión de la realidad griega, entre el costumbrismo y la sátira política, que en todo momento resulta de lo más estimulante.

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Portada del libroHace poco nos contaba Antonio Solano que tiene intención de ir escribiendo una serie de artículos sobre sus lecturas de hace quince años. La idea es muy sugestiva, aunque todavía lo sería más si se le aplicara una especie de retruécano, consistente en escribir no sobre las lecturas de hace quince años, sino acerca de las que hicimos cuando teníamos esa edad. Asumo que, en mi caso (y supongo que en el de la mayoría), los obstáculos son innumerables, no sólo porque apenas puedo precisar la mayoría de los títulos de aquel entonces o la fecha aproximada en que los leí, sino porque entre ellos hay bastantes –por ejemplo las novelas de Sven Hassel, publicadas en la colección Reno de Plaza y Janés, que mi hermano José Ángel y yo devorábamos durante las vacaciones familiares en Laredo- sobre los cuales me da vergüenza escribir.

Hay libros, sin embargo, que nunca se olvidan, y cuya grandeza le redime a uno de los pecadillos de adolescencia (seguramente el de Hassel no es el más grave en el ámbito literario) que hubiera podido cometer. Uno de esos monumentos literarios es la celebérrima novela Un día en la vida de Iván Denísovich, del no menos célebre escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn, fallecido hace algo más de seis meses. La primera vez que la leí, a los quince o dieciséis años, me causó una impresión abrumadora, hasta el punto de que le pedí al profesor de Lengua y Literatura que me la había prestado (el padre Guergué, un sacerdote escolapio, desde hace años misionero en Brasil; un abrazo muy cordial para ti, Jesús, si lees estas líneas) más obras del mismo autor. Su propuesta fue Archipiélago Gulag, obra monumental y de un valor histórico indiscutible, pero que se me indigestó desde el comienzo y no pude terminar. Visto el caso desde la perspectiva que dan los años y otras lecturas de semejante calibre –todavía tengo fresco el recuerdo de Vida y destino, de Vasili Grossman, que reseñé en este mismo blog- está claro que el Gulag de Solzhenitsyn era un plato inadecuado para mi jovencísimo paladar.

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