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Desde que descubrí Spotify (o me lo descubrieron, que suele ser lo más frecuente en este tipo de asuntos), me he convertido en un adicto compulsivo a este servicio, y también en un infatigable evangelista de sus muchas virtudes. Sé, porque así me lo han dicho varios recientes prosélitos que he ido ganando para su causa, que darse de alta en Spotify equivale a algo así como a descubrir un nuevo mundo musical, de una riqueza y variedad insospechadas, así que me he dicho: ¿por qué no llevar esta novísima fe hasta sus últimas consecuencias y, después de utilizar los clientes para Windows y Mac OS X, comprobar si se puede escuchar la música de Spotify también en Linux?

Un par de búsquedas a través de Google me han orientado hacia la dirección correcta, pues en efecto, Spotify se puede utilizar en Linux (por ejemplo, en mi flamante Ubuntu 9.10 Karmic Koala en arranque dual, sobre el que he hecho las pruebas necesarias), bien mediante un cliente diseñado para dicho sistema operativo, bien instalando Wine y, sobre éste, el cliente para Windows. Los interesados pueden consultar las instrucciones correspondientes a esta última solución, que, a mi modo de ver, es la más simple y satisfactoria en la mayor parte de las situaciones, en Spotify under Wine y en Instalar Spotify en Linux.

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Portada de la novelaNo deja de sorprenderme la cantidad de comentarios que ha merecido mi reseña de Tokio Blues, de Haruki Murakami, sobre todo porque tengo la fundada impresión de que bastantes de entre esas anotaciones corresponden a comentaristas cuyo perfil difícilmente encaja con eso que podríamos llamar, a falta de mejor nombre, el lector-tipo de La Bitácora del Tigre. A lo mejor es que yo mismo tampoco coincido con ese modelo de lector (antes de leer al novelista japonés estaba casi seguro de que no me iba a gustar), pero esta consideración me llevaría por terrenos en los que prefiero no adentrarme.

El comentario de Marcela, una jovencísima lectora me ha animado a sacudirme el letargo (¡ay, cuánto hace que no escribo una reseña como Dios manda!) y dedicar unas breves líneas a la última novela del escritor japonés publicada en España, After Dark, que al igual que Tokio Blues está protagonizado por unos jóvenes desnortados y confusos, recién salidos de la adolescencia, que vagabundean por un Tokio nocturno, plagado de neones, cafeterías, tiendas que abren toda la noche, el love-ho Alphaville (creo que el castizo término español de “casa de citas” no hace justicia a estos hoteles para parejas, típicamente japoneses), y parques solitarios donde los protagonistas, como los de Kafka en la orilla, dan de comer a los gatos.

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En varias entradas de la sección Moblog he tratado sobre los plugins que permiten navegar por una bitácora a través de dispositivos portátiles, como una PDA o un iPhone/iPod Touch. Después de probar el WordPress PDA & iPhone, del que traté en La Bitácora del Tigre para PDA e iPod, he descubierto otra extensión muy interesante, denominada WPtouch iPhone Theme.

Se trata de un plugin que modifica el aspecto de la plantilla de un blog para adecuarlo a dispositivos como el Apple iPhone o su primo hermano, el Apple iPod Touch. Para quien no disponga de uno de estos chismes o no los haya visto nunca (son francamente adictivos), he aquí unas cuantas capturas de pantalla:

Figura 1: página principal del blog con el plugin WPtouch iPhone ThemeFigura 2: una entrada del blog con el plugin WPtouch iPhone ThemeFigura 3: comentarios en el blog con el plugin WPtouch iPhone Theme
Figura 4: vista de categorías con el plugin WPtouch iPhone ThemeFigura 5: activación/desactivación del tema con el plugin WPtouch iPhone Theme

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Sí, es cierto que la actualización del blog a la versión 2.5.1. de WordPress me ha dado bastantes dolores de cabeza, pero una vez superados los problemas iniciales, comienzo a disfrutar de las ventajas de la serie 2.5. La que más valoro por el momento es la actualización automática de plugins, que va como la seda con todas aquellas extensiones diseñadas para aprovechar esta nueva funcionalidad. Véase, por ejemplo, el caso del plugin Flickr-SlideShow-Wrapper: desde la fecha en que yo lo instalé para acomodar en el blog una presentación paisajística, se han publicado un par de actualizaciones, cuya instalación apenas ha tardado diez segundos.

No todas las extensiones se instalan con tanta facilidad, claro. Por ejemplo, el autor del plugin Lightbox 2 publicó hace poco una nueva versión, de instalación perfectamente automatizada. Sin embargo, el plugin está en inglés, y yo había traducido algunas cadenas de texto al castellano. Cuando lo actualicé, desapareció la traducción, que incluía texto y e imágenes editadas (“Cerrar” en vez de “Close”). Más vale que tenía a buen recaudo la versión traducida, lo cual me evitó el tener que editar de nuevo las imágenes. En el caso de Lightbox 2, el problema es de escasa entidad, porque hay muy poco que traducir, pero con otros plugins que añaden al frontend del blog muchas cadenas de texto las dificultades derivadas de la actualización automática pueden ser mucho mayores.

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Portada del disco The Spielberg/Williams CollaborationSi hay un compositor de bandas sonoras conocido por casi cualquier ser humano que tenga sentido del oído, ése es John Williams. Autor de la música de más de cien películas, sus obras están indeleblemente impresas en la memoria de varias generaciones de aficionados al séptimo arte, y forman parte de la cultura popular de nuestra época, al menos por dos buenos motivos: en primer lugar, porque la música de Williams tiene un acusado sentido melódico y orquestaciones brillantísimas; y en segundo lugar, porque las bandas sonoras del compositor norteamericano están asociadas a una larga serie de films de éxito universal. Lo demuestran los títulos en que ha intervenido desde mediados de la década de los setenta, época en que accedió a una posición incomparable en la industria cinematográfica norteamericana (y no suele tenerse en cuenta el hecho de que para entonces ya llevaba veinte años en el oficio), de la mano del entonces jovencísimo Steven Spielberg, con el que ha colaborado en veintidós películas

Sin ánimo de agotar la lista, he aquí los ejemplos más significativos de su producción desde entonces: Tiburón (1975), la hexalogía de La guerra de las galaxias (1977-2005), Encuentros en la tercera fase (1977), Supermán (1978), 1941 (1979), la trilogía de Indiana Jones (1981-1989; para 2008 se espera la cuarta entrega, también con música de Williams), E.T., el extraterrestre (1982), El imperio del sol (1987), Las brujas de Eastwick (1987), El turista accidental (1988), Nacido el cuatro de julio (1989), Presunto inocente (1990), Solo en casa (1990), Hook (1991), JFK (1991), Parque Jurásico (1993), La lista de Schindler (1993), Nixon (1995), Sabrina (1995), Sleepers (1996), El mundo perdido (1997), Siete años en el Tíbet (1997), Salvar al soldado Ryan (1998), Las cenizas de Ángela (1999), El patriota (2000), Inteligencia artificial (2001), la serie de Harry Potter (2002-2007), Atrápame si puedes (2002), Minority Report (2002), La terminal (2004), La guerra de los mundos (2005), Memorias de una geisha (2005) y Munich (2005).

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Portada del discoEs sorprendente (y desde luego imperdonable) que a la sección de Podcasts de La Bitácora del Tigre no haya llegado todavía uno de mis compositores de bandas sonoras predilectos: Henry Mancini, el músico de las melodías de seda, el autor de temas elegantísimos y seductores, que parecen haber nacido para ser tarareados infinitamente, hasta el fin de los tiempos.

A Mancini le conoce hasta el más recalcitrante enemigo de la gran pantalla, gracias al tema principal de La pantera rosa, que originalmente fue una de las más afortunadas películas cómicas de un genio de la comedia como Blake Edwards (músico y cineasta trabajaron juntos en nada menos que 28 títulos), y que con el correr de los años se convirtió en santo y seña musical de una celebérrima serie de dibujos animados. En Pamplona lo conoce todo el mundo, aunque no sepa su nombre, porque en los tendidos de sol de la plaza de toros de San Fermín, durante las corridas, las fanfarres de las peñas suelen interpretar, siempre con gran efectismo y éxito garantizado, los compases iniciales de Peter Gunn (varias versiones del tema pueden escucharse en Radio.Blog.Club).

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Portada del discoLa filmografía de John Ford abunda en películas inolvidables en todos y en cada uno de sus elementos: argumento, personajes, escenarios, fotografía, estructura narrativa… Cuesta cierto esfuerzo, sin embargo, recordar de entre tantas obras memorables alguna que destaque por su banda sonora, circunstancia que el propio Ford tal vez avaló inconscientemente con una de sus célebres boutades, a la que no le falta un sólido punto de razón: “No me gusta la música de las películas. Detesto ver a un hombre en el desierto muriéndose de sed con la orquesta de Filadelfia detrás de él” (citado por Joaquín R. Fernández en Breve historia de las bandas sonoras).

A la luz de una declaración semejante, sería fácil suponer que a Ford no le preocupaba especialmente la ambientación sonora de sus films. Suposición aventurada, claro está, que enseguida queda desmentida con la apabullante nómina de los compositores que colaboraron con el cineasta norteamericano: Max Steiner (La patrulla perdida, El delator, Centauros del desierto), Alfred Newman (El joven Lincoln, Las uvas de la ira, Qué verde era mi valle, La conquista del Oeste), Richard Hageman (El fugitivo, Fort Apache, Tres padrinos, La legión invencible), Victor Young (Río Grande, El hombre tranquilo, El sol siempre brilla en Kentucky), Franz Waxman (Escala en Hawai), Alex North (El gran combate) o Elmer Bernstein (Siete mujeres).

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Cartel de la películaEl pasado jueves ironizaba sobre mi transitoria fascinación por las exquisiteces orientales. Hoy tengo que añadir a la lista de japoneserías y coreanidades que elaboré entonces una deliciosa y romántica chinoiserie. Me refiero, claro está, a El velo pintado, la película de John Curran que se estrenó en nuestras pantallas el pasado viernes, a cuya proyección acudí urgido por un argumento incontestable: “con el frío y el aire que hace, yo sólo me muevo de casa para ver El velo pintado“, me dijo Pilar.

Conste que aunque hubiera hecho una noche primaveral también me hubiera convencido su retórica, porque, aunque no tanto como a ella, también a mí me gustan las películas de amor y lujo (aclaro, para quienes no la hayan visto, que en El velo pintado hay menos lujo que amor). No es que las pretenda como un plato diario, pero de vez en cuando me agrada ver una comedia o un drama de ambientación victoriana o eduardiana, de esos que los directores de la época dorada de Hollywood sabían hacer con los ojos cerrados, y cuya práctica todavía no se ha olvidado en cinematografías como la inglesa o la francesa.

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Portada del libroAcabo de terminar Tokio Blues (Norwegian Wood), la famosísima novela del escritor japonés Haruki Murakami. En realidad, quería haber leído Kafka en la orilla, pero en la librería El Parnasillo no la tenían cuando fui a comprarla, y acabé por hacer caso de la recomendación del librero, Javier López de Muniáin, quien me aconsejó que iniciara mi experiencia lectora de Murakami con esta novela, el primer gran éxito del escritor japonés.

Seguí el consejo de mi librero, a pesar de que la sinopsis del argumento no me entusiasmaba, más bien al contrario. Tal vez con excesiva suspicacia, suelo desconfiar de las novelas protagonizadas por jóvenes, sobre todo si tratan temáticas supuestamente “juveniles”. Más vale que recordé a tiempo una de las últimas novelas que he leído de tales características, la maravillosa Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro (inglés pero de ascendencia japonesa, vaya coincidencia), porque de otro modo tal vez no me hubiera animado a comenzar Tokio Blues.

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Y peores para la épica, como acertadamente deja caer en un paréntesis muy sugestivo Cuaderno de Clase. Angus ha tomado el testigo de Jesús Mª González Serna y rinde apropiado homenaje a la cita de Bertolt Brecht en su Cuaderno amarillo, con una versión extraordinariamente vigorosa, aunque también un tanto desafinada y caótica, del tema homónimo de los inolvidables Golpes bajos (¿es cierto que el primer nombre del grupo fue Patada en los co…, y que su discográfica les propuso una denominación menos heavy, o es una historia apócrifa? No he conseguido confirmar el dato por mucho que he buscado en la Red).

Como Golpes bajos era uno de los grupos que más me gustaba en los 80, y en espera de que algún Homero contemporáneo recupere la épica de verdad (Dan Simmons lo intenta denodadamente, pero no llega a la altura), he decidido continuar aquí el homenaje al dúo (y luego cuarteto) vigués, con el tema original, que he convertido en MP3 a partir de Los alegres 80 I, un libro-disco que publicó El País, hace ya algunos años, en su colección Un país de música 2. Un disco excelente, por otra parte, con piezas tan memorables como la “Escuela de calor”, de Radio Futura, “El pistolero”, de Los Pistones, la toxicómana “Princesa” de un Joaquín Sabina en su plenitud, o la “Embrujada” de Tino Casal.

Mis estimados colegas blogueros, La Bitácora del Tigre tiene el honor de traer a su sección de podcasts “Malos tiempos para la lírica”, en la interpretación de Germán Coppini (una de las voces más personales de todo el pop de los 80) y Teo Cardalda.

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