Barcelona

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Ante todo, pido perdón a mis lectores, porque esta entrada la publiqué, sin darme cuenta, antes de tiempo. Planeta Educativo (y probablemente también otros agregadores) la leyeron durante su breve período de existencia indebida, y el resultado es una de esas entradas “fantasma” que tanto afean la blogosfera.

El artículo trataba (y trata) de la actualización de La Bitácora del Tigre a WordPress 2.7, la última y tal vez la mejor de todas las versiones que hasta la fecha han publicado Matt Mullenwegg y el equipo de desarrollo de esta aplicación. No creo exagerar lo más mínimo al decir esto, pues, además de instalarse sin ningún problema (siempre que se sigan con todo cuidado los pasos que marca el tutorial de actualización), WordPress 2.7 mejora de manera muy significativa la experiencia de uso del blog.

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Como una especie de viaducto de Millau o hipérbole de las fiestas locales, el puente de la Constitución-Inmaculada se alarga en Navarra, por aquello de la singularidad foral, desde el día 3 de diciembre, fecha en la que se celebra en nuestra comunidad la fiesta de su patrón, San Francisco Javier, hasta el día 8. Son seis días en los que apetece salir de nuestras fronteras hacia climas más benignos, pues el tiempo atmosférico (al menos en Pamplona, ciudad que según el dicho local sólo tiene dos estaciones, el invierno y la de la RENFE) tiende a situarse por estas fechas en una estrecha franja cuyos límites son lo desagradable y lo francamente abominable.

En esta ocasión, Pilar y yo consagramos nuestro rumbo a Barcelona, donde esperábamos ver unos cuantos museos y pasear por la ciudad, con un pronóstico de al menos 13 grados Celsius y precipitaciones tendentes a cero. Curiosamente, el tiempo se comportó de acuerdo con las predicciones, y casi no hacía falta ponerse otras prendas que la camisa y un ligero sobretodo. Bueno, eso era lo que yo llevaba encima cuando salimos del hotel el día 3, a eso de las seis de la tarde, pero debo de tener el termostato mal ajustado, pues muchos barceloneses y barcelonesas caminaban por las calles embutidos en toda suerte de gabanes, bufandas y guantes. Ay, me dije, no sabéis lo que es el invierno de Pamplona.

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