baremo de méritos

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El sinsentido y la arbitrariedad que ayer denunciaba amargamente Lourdes Domenech en A pie de aula no es más que la punta del iceberg de un fenómeno más perverso y más amplio, que resulta cada vez más insoportable: el estancamiento y fosilización de las administraciones educativas en una serie de prácticas arcaicas e injustas que, lejos de promover la innovación educativa y de fomentar el trabajo de sus mejores profesionales, los desmotiva y llena de indignación.

El problema se sitúa más allá del caso que afecta a Lu, o de cualesquiera otros que se han traído a colación en las varias entradas y en los muchos comentarios publicados tras la denuncia de Lourdes: por ejemplo, las que acaban de ver la luz en La Clase Abierta, Eduideas o Re(paso) de Lengua (por no hablar de la mucho más lejana que yo mismo publiqué hace ya bastantes meses, sobre la necesidad de un reconocimiento oficial para las publicaciones digitales).

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Alguna vez he tratado en este blog de las tribulaciones que a los funcionarios del sistema educativo español nos hace padecer el sistema de provisión de plazas conocido como “concurso de traslados”, institución añeja que concita pasiones desaforadas y odios africanos, y cuyas características, entre el rito de paso, la pesadilla burocrática kakfiana y la tradicional chapuza ibérica, la convierten en una entidad proteica, de límites y perfiles inalcanzables, que sólo alcanza a comprender quien año tras año ha de enfrentarse a ella.

Sobre uno de los muchos aspectos conexos a este asunto -la inexistente valoración de las publicaciones digitales, o al menos de “ciertas” publicaciones digitales, a efectos del concurso de méritos- han vuelto recientemente Miguel Santa Olalla y Francisco Muñoz de la Peña Castrillo, en sendas entradas de sus blogs. Ciertamente, Miguel y Paco son parte interesada (como lo soy yo mismo) en la defensa de los puntos de vista que en dichas entradas formulan, pero es que tienen toda la razón del mundo.

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El pasado jueves 30 de noviembre entregué en el registro del Departamento de Educación del Gobierno de Navarra los papeles del concurso de traslados de Secundaria. Hasta la presente edición, los presentaba en una carpeta de esas azules, corriente y moliente, que suscitaba las afiladas críticas de Pilar (”mira que eres cutre, Eduardo”) y sus no menos mordaces pronósticos (”con la puerta en las narices, te van a dar”).

A pesar de que, como casi siempre, Pilar tiene más razón que una santa, en esto del concurso yo he seguido siendo fiel a mis manías: discreción y austeridad en el continente (la carpeta azul de marras), y orden y claridad en la relación de documentos, por mucho que tales valores se demostraran, año tras año, palmariamente faltos de eficacia. En la edición 2006-2007 del concurso de traslados, sin embargo, me he permitido un toque de modernidad y, animado por el ejemplo de un compañero de Primaria que me enseñó hace unas semanas una carpeta fashion total, actualicé el cartapacio, agrupé los papeles con un par de encuadernaciones muy elegantes, e identifiqué todos los documentos con etiquetas autoadhesivas.

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