cine alemán

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Cartel de la películaPor una vez, y sin que sirva de precedente, voy a arriesgarme a formular mi quiniela de los Oscar de Hollywood, cuya edición de 2007 se falla esta madrugada. Comencemos por la categoría de mejor película, para la que yo elegiría Infiltrados, de Martin Scorsese, o incluso Pequeña Miss Sunshine, que tal vez no sea un ejemplo de cine inmortal, pero sí de una película extraordinariamente atractiva y simpática. Aunque no me gustó demasiado Cartas desde Iwo Jima, el premio al mejor director (en realidad, el premio al director más valiente) se lo daría a Clint Eastwood, que ha realizado una película arriesgadísima, de esas que sólo un cineasta absolutamente seguro de sí mismo se atreve a filmar.

Como mejor actor protagonista debería elegir a Forest Whitaker, por El último rey de Escocia. No he visto su película (teníamos pensado acudir esta noche, pero nos ha entrado la pereza), pero creo que Whitaker se merece ese voto de confianza. Además, ni Leonardo di Caprio ni Will Smith, que compiten con él, me impresionaron demasiado en los filmes por los que han sido seleccionados (En busca de la felicidad y Diamantes de sangre, respectivamente). Para el Oscar a la mejor actriz protagonista no tengo la menor duda: yo se lo daría a Helen Mirren, por su papel de la Reina Isabel II de Inglaterra en The Queen, donde realiza una interpretación memorable.

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Cartel de la películaAlejandro Valero, uno de los miembros más destacados de la blogosfera española, señaló hace pocos días en un comentario a mi reseña de la película Cars la posibilidad de que esta película difundiera determinados valores o conductas poco apropiados para el público al que va dirigida. No es una observación para echar en saco roto, pues machaca sobre un clavo que en muchas ocasiones me he dedicado a golpear, en discusiones con amigos y conocidos (saludos a Vico Segura, con quien he polemizado al respecto y que tiene hijos pequeños a los que educar). Me refiero a la tendencia del cine norteamericano en su conjunto, o al menos, de gran parte del cine que hoy se hace en los Estados Unidos, a promover un discurso ideológicamente tendencioso, demasiado proclive a arrimar el ascua a la sardina de lo que suele llamarse “el modo de vida americano”.

En las discusiones sobre este tema yo suelo encontrarme en una posición bastante incómoda, porque, a pesar de mi devoción por el cine norteamericano, no puedo ignorar las críticas que sensatamente se le hacen. Es verdad que no me falta una batería de argumentos para defender mi posición, como la invocación ritual de los nombres de Ford, Welles, Hawks o Lang o, cuando alguno de mis contrincantes generaliza abusivamente con aquello de que “el 90 por ciento del cine norteamericano es basura”, el recurso al argumento irónico, de la mano de la famosa “Revelación de Sturgeon”, que en versión española puede traducirse con una frase lapidaria: “sí, pero es que el 90 por ciento de todo es basura”.

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