cine español

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A buen seguro todos los aficionados al cine habrán identificado el título de esta entrada: es la presentación con la que José Luis López Vázquez acompañaba sus galanteos y genuflexiones ante la imponente vedette Katia Durán (lo de “imponente” tiene guasa, como se puede comprobar en el vídeo que he incluido al final de esta entrada), en Atraco a las tres, la famosísima comedia de José María Forqué. La del oficinista Galindo –sinuoso, fullero, donjuán de pacotilla, eterno aspirante fracasado a salir de un mundo ruin y casposo del que no hay escapatoria posible- es una de las mejores interpretaciones de esta película emblemática, repleta de actores y actrices en estado de gracia, una de las mejores comedias del cine español de todas las épocas.

A sus 87 años, tras una larga enfermedad, acaba de morir López Vázquez, actor genial y sumamente versátil que sobresalió en todos los géneros, protagonista de una carrera artística de más de sesenta años que se desarrolló en teatro, cine y televisión, medios todos ellos en los que brilló (sobre todo en el cine), gracias a una capacidad de trabajo insólita, a un talento inconmensurable y a una vis cómica que hacía de cualquier presencia suya en los géneros cómicos de tradición hispánica –el sainete, el esperpento, la astracanada y todo tipo de filmes más o menos cercanos al fenómeno del landismo- ocasión propicia para el gozo y la risa.

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Las 13 rosas

Cartel de la películaFui a ver Las 13 rosas, la reciente película de Emilio Martínez-Lázaro sobre las jóvenes fusiladas por la represión franquista poco después del término de la Guerra Civil, con el firme propósito de no dejarme conmover. Ya he señalado alguna vez en este blog que tengo la lágrima fácil y me emociono hasta con los anuncios de la radio, de modo que no lo hice por un prurito de impasibilidad o altanería. Más bien tuve presente una observación que más de una vez ha hecho Javier Marías, creo recordar que aplicada al cine español: al llevar este tipo de historias a la gran pantalla, sus productores juegan con ventaja, pues resulta imposible que el espectador no simpatice con los personajes y no apoye su causa.

Con todo, la película me conmovió. Es probable que su recuerdo no sea tan perdurable como lo pretende, pero durante algunos momentos me dejó transido de emoción y de angustia ante el trágico destino de sus protagonistas y lo injusto y cruel de su martirio. Y todo ello a pesar de un comienzo muy flojo, y de su innegable tendencia a abusar de los trucos (no sólo los sentimentales, inevitables hasta cierto punto) y a ceder a la tentación del recurso fácil. Mal comienza, en efecto, Las 13 rosas, pues arranca con unos títulos de crédito un tanto tramposos, que simulan fotos de época y que luego se revelan como planos extraídos de la película, sigue con un mitin del todo inverosímil (mal interpretado y rodado de forma muy desangelada), en el que llevan la voz cantante Virtudes y Carmen, dos de las protagonistas de la historia, y muestra a continuación unas escenas a campo abierto donde los figurantes que desfilan -la típica mezcolanza de falangistas, requetés y soldados regulares, todos ellos cantando el “Yo tenía un camarada”- parecen haber salido de la utilería diez minutos antes de marchar ante la cámara.

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Bajo las estrellas

Cartel de la películaNo siempre es fácil valorar con ecuanimidad una película española, sobre todo cuando ha sido acogida con elogios por la mayor parte de la crítica y cuenta con el aval de festivales cinematográficos prestigiosos. Si, además, su director es paisano del reseñista y la película transcurre en escenarios fácilmente reconocibles para quien firma el comentario, el afán de objetividad se torna una aspiración casi imposible.

Seguro que los aficionados al cine habrán adivinado ya en este cauteloso párrafo inicial el objeto de la reseña, que no es otro que Bajo las estrellas, el primer largometraje del director pamplonés Félix Viscarret, premiado en el Festival de Cine Español de Málaga con los galardones a la mejor película, mejor dirección, mejor actor y mejor guionista novel. Yo fui a verla hace unos días y, si he de ser sincero, no encuentro motivos para tantos y tan diversos premios. Es verdad que el guión contiene muchos aspectos valiosos y que la interpretación del actor protagonista, un Alberto San Juan con oficio y tablas más que sobrados, resulta muy brillante en ocasiones.

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Cartel de la películaCuántas veces ocurre que uno va al cine con la ilusión de ver la séptima maravilla del mundo y sale decepcionado, o al menos poco satisfecho. Y también ocurre lo contrario: entrar a una película por razones extracinematográficas o, simplemente, por pasar el rato, y encontrase ante una sorpresa muy agradable. Viene todo esto a propósito de dos películas muy distintas que he visto hace poco: La sombra de nadie, del director español Pablo Malo, cuyas producciones anteriores desconozco, y Babel, del mexicano Alejandro González Iñárritu, autor de dos filmes anteriores, Amores perros y 21 gramos, que en su día me produjeron una favorable impresión.

De La sombra de nadie tenía escasos datos previos, y fui a verla sobre todo por curiosidad, porque parte de ella está rodada en tierras navarras (el antiguo internado de Lekaroz, en Baztán). Para Babel, en cambio, me había provisto de todo un arsenal informativo, formado por críticas y reseñas, testimonios de amigos y conocidos y el habitual recorrido por la Red. A pesar de que tenía una cierta desconfianza hacia sus motivos y propuestas, La sombra de nadie me gustó, o al menos no me decepcionó. En cambio, Babel me dejó con la desagradable sensación de que hay algo de tramposo y manipulador en ella, y que su director practica un cine muy sobrevalorado.

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El laberinto del fauno

Cartel de la películaLa de Guillermo del Toro es una película absorbente, cautivadora, que atrapa al espectador desde el primer fotograma. Magníficamente realizada e interpretada, con una puesta en escena impecable y una fotografía al mismo tiempo cálida y tenebrosa, es una muestra logradísima de las obsesiones cinematográficas de Guillermo del Toro y de un estilo de hacer cine, tan personal como reconocible, que no hace sino mejorar en cada entrega de su filmografía.

La fascinación del cineasta mexicano por lo monstruoso, presente en filmes como Mimic, El espinazo del diablo o Blade II (no he visto otros éxitos del director como Cronos o Hellboy, pero prometo que voy a hacer lo posible por verlos), alcanza aquí un punto culminante en cuanto a riqueza y complejidad. En efecto, lo monstruoso se presenta en El laberinto del fauno con al menos dos sentidos diferentes y complementarios: como elemento “contrario al orden de la naturaleza”, tal como lo define el DRAE en su primera acepción, pero también con el sentido de algo “enormemente vituperable y execrable”, que es el que tiene en su cuarta acepción.

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Dos películas en una

Cartel de la películaEso, o una película con dos mitades muy distintas (y de muy distinto valor) es lo que me ha parecido Salvador, de Manuel Huerga, la biografía del joven anarquista Salvador Puig Antich, ejecutado por el régimen franquista en marzo de 1974, en un episodio de extrema crueldad que casi siempre ha sido interpretado como una especie de venganza legal de un sistema político acosado, tras el asesinato del presidente del Gobierno, almirante Luis Carrero Blanco a manos de ETA, en diciembre de 1973.

Es el propio Puig Antich quien desde la cárcel, y en sucesivas conversaciones con su abogado defensor, cuenta la historia de su vida, comenzando por sus primeros contactos con los militantes del clandestino Movimiento Ibérico de Liberación, y acabando en el momento de su detención e ingreso en prisión. A partir de este momento, cambia la estructura narrativa del filme, que pasa a relatar la estancia de su protagonista en la cárcel Modelo de Barcelona y los terribles trámites del juicio, condena a muerte y ejecución.

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Cartel de la películaAntes de comenzar mi reseña de la película de Agustín Díaz Yanes, basada en las novelas de Arturo Pérez Reverte, quisiera dar testimonio de la sesión a la que asistí, el pasado día 1 de septiembre, fecha del estreno del filme. La sala de proyección de los multicines Golem de Pamplona, en la sesión de noche, estaba abarrotada, llena hasta la bandera. El público era joven y entusiasta: muchos veinteañeros (y lo sé de buena tinta porque Pilar reconoció en los asientos próximos a unos cuantos ex alumnos), mayoría de espectadoras (¿por Viggo Mortensen o porque ellas son más habituales y mejores lectoras que sus compañeros?) y un evidente clima de ansiedad y expectación. Tras la proyección, seguida en respetuoso silencio por el respetable, sonó un aplauso bastante nutrido, ciertamente no estruendoso, pero desde luego del todo insólito en los pagos cinematográficos que yo frecuento.

La intensa campaña de promoción, el eco mediático de Arturo Pérez-Reverte y la fama adquirida por su serie novelística tienen, sin lugar a dudas, mucho que ver con esta acogida tan llamativa. De hecho, por lo que he podido leer en prensa y a través de Internet (hoy mismo, 6 de septiembre, acabo de ver que Tele 5 ha pagado una página completa de publicidad, en el diario de mayor tirada de España, para agradecer el millón de espectadores que han pasado por taquilla), Alatriste lleva camino de convertirse en uno de los éxitos indiscutibles de la temporada. Las críticas, sin embargo, no parecen tan favorables: he leído pocos juicios abiertamente positivos y sí, en cambio, abundantes exabruptos, amén de unos cuantos análisis que hacen hincapié en aspectos marginales o claramente extracinematográficos.

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Cartel de la películaLa semana que está a punto de terminar me ha deparado dos sorpresas cinematográficas, dos películas que me han llamado mucho la atención, por razones tan distintas como (para mí) inesperadas. Seguro que lo de “sorpresas” extrañará a los lectores de La Bitácora del Tigre en cuanto vean a qué filmes me refiero, pues se trata de Volver, de Pedro Almodóvar, y El código Da Vinci, de Ron Howard, basado en la celebérrima novela de Dan Brown. Habrá que dar, pues, las explicaciones pertinentes.

Comienzo con la película de Pedro Almodóvar, un cineasta que me resulta sumamente antipático, no tanto por su cine (que, en general, se me atraganta), como por sus actitudes públicas, algunas de las cuales (por ejemplo, la acusación pública de que el PP intentó organizar un golpe de Estado la noche anterior a las elecciones del 14 de marzo de 2004) dan cuenta de la clase de endiosamiento irresponsable que caracteriza a ciertos miembros del mundo de la farándula. Yo estoy convencido de que el cine de Almodóvar está infinitamente sobrevalorado; además, su elevación a los altares del Olimpo cinematográfico español, en calidad de representante de las esencias artísticas de nuestro cine, me ha parecido siempre una tomadura de pelo.

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Cartel de la películaÚltimamente parece como si el cine español no fuera capaz de ingeniar una comedia sobre las relaciones de pareja sin acudir a un planteamiento que, a fuer de repetido, ha acabado por convertirse en un cómodo estereotipo, cuando no en una concesión a la corrección política: los hombres son irresponsables, indecisos y cantamañanas (o bien unos perfectos calzonazos), y las mujeres ejemplos indiscutibles de las virtudes de la sensatez y la responsabilidad.

Que el estereotipo tiene una parte considerable de verdad no puede negarlo nadie, sobre todo si, como es mi caso, ha tenido contacto directo con las aulas de Secundaria y Bachillerato, donde, por cada chico sensato y cabal, hay una docena de compañeras ejemplares. También es cierto que a la comedia le sientan bien los tópicos, y que de ellos se han nutrido siempre sus mejores hallazgos, lo cual no quita para que, de vez en cuando, sea bienvenido un cambio de aires.

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Media comedia musical

Cartel de la películaEl comienzo de Los 2 lados de la cama da una idea bastante cabal de por dónde van a ir los tiros en esta nueva comedia de Emilio Martínez-Lázaro, continuación o secuela del exitazo de 2002: Lucía Jiménez, tirada sobre la pulida superficie de un gran piano de cola negro, bajo las luces indirectas de uno de esos restaurantes-bares de copas que ahora están de moda, intenta desesperadamente dar réplica a la Michelle Pfeiffer de Los fabulosos Baker Boys, mientras sus amigos y amigas la contemplan embelesados (bueno, algunos más que otros, y no digo más para no reventar la película).

La idea no es mala, pues otorga a la historia un halo de elegante sofisticación muy apropiado para una comedia que se quiere moderna, desinhibida y capaz de sintonizar con los gustos del público joven. Lo que ocurre es que el guión y la realización ponen a Lucía Jiménez en una tesitura imposible, de la que no hay modo de salir con dignidad, porque, digámoslo claramente, ni la música, ni la realización vocal de la actriz, ni la dirección de Emilio Martínez-Lázaro están a la altura de las que pudimos disfrutar en aquel antológico número (tan exagerado, al menos, como el que nos brinda Lucía Jiménez), que la Pfeiffer interpretaba con voz y ademanes gatunos en la película de Steven Kloves.

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