cine fantástico

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Cartel de la películaLa niebla, dirigida por Frank Darabont en la que constituye su tercera adaptación de los relatos breves de Stephen King, tras Cadena perpetua y La milla verde, es una película que todo buen aficionado al cine fantástico, de terror y de ciencia ficción no debe dejar de ver. La historia de un grupo de ciudadanos atrapados en un supermercado por una extraña niebla de la que emergen criaturas de pesadilla tiene todo el atractivo y el regustillo de las películas de serie B de antaño. Además, se trata de una película inteligente, muy bien contada, con un ritmo narrativo intenso y poderoso, pero en absoluto frenético. Nada que ver con esos filmes para públicos juveniles cuyo mayor atractivo es adivinar, a partir de sus primeras secuencias, quién de entre todos los personajes es el más cretino y por tanto candidato a ser devorado, destripado o descabezado en primer lugar.

En estricta aplicación de las normas del género, La niebla ofrece todo lo que los espectadores exigen a este tipo de historias: por supuesto, acción y sustos (y conviene destacar que hay unos cuantos muy consistentes), bien dosificadas muestras de sangre, violencia y sucesos repulsivos (qué secuencia tan impresionante la del hombretón barbudo que sale de la tienda con una cuerda atada a la cintura y regresa, arrastrado por sus compañeros, como un cadáver sin torso ni cabeza), una estructura narrativa articulada en torno al espacio claustrofóbico en el que conviven y disputan varios personajes, y las inevitables lecturas alegóricas o parabólicas.

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Monstruos coreanos

Cartel de la películaÚltimamente voy de extremo-oriental por la vida. Veo películas americanas habladas en japonés, leo novelas de Haruki Murakami (terminé Tokio Blues hace poco, y ahora mismo estoy disfrutando de Kafka en la orilla) y hasta me atrevo con filmes como el que vi el pasado lunes, The host (cuyo título original es Gwoemul, ‘monstruo’ en coreano), del director surcoreano Joon-ho Bong.

Para ser una película de monstruos, es bastante original, y sanamente rompedora de las asentadas convenciones del género: el bicho, una especie mutante, híbrida de pez y anfibio, y capaz de ciertas acrobacias de simio, se muestra en su primera aparición a plena luz del día, sin las cautelas y las timideces que consagraron clásicos como Tiburón o Alien; los encargados de liquidarlo son gente común y corriente, sin ninguna habilidad especial para la lucha contra lo monstruoso, y prácticamente no existe ninguna concesión a la exhibición de artefactos destructivos o a la glorificación de la eficacia militar. Tampoco es un film que se deleite en lo sangriento, aunque sí en lo repugnante: a falta de sangre, muy escasamente vertida, hay varias secuencias particularmente repulsivas, de un realismo y una falta de pudor insólitos en el cine occidental.

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El laberinto del fauno

Cartel de la películaLa de Guillermo del Toro es una película absorbente, cautivadora, que atrapa al espectador desde el primer fotograma. Magníficamente realizada e interpretada, con una puesta en escena impecable y una fotografía al mismo tiempo cálida y tenebrosa, es una muestra logradísima de las obsesiones cinematográficas de Guillermo del Toro y de un estilo de hacer cine, tan personal como reconocible, que no hace sino mejorar en cada entrega de su filmografía.

La fascinación del cineasta mexicano por lo monstruoso, presente en filmes como Mimic, El espinazo del diablo o Blade II (no he visto otros éxitos del director como Cronos o Hellboy, pero prometo que voy a hacer lo posible por verlos), alcanza aquí un punto culminante en cuanto a riqueza y complejidad. En efecto, lo monstruoso se presenta en El laberinto del fauno con al menos dos sentidos diferentes y complementarios: como elemento “contrario al orden de la naturaleza”, tal como lo define el DRAE en su primera acepción, pero también con el sentido de algo “enormemente vituperable y execrable”, que es el que tiene en su cuarta acepción.

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